martes, 15 de diciembre de 2009

Derecho y Estado en San Agustín

En vano buscaremos en los escritos agustinos una filosofía moral, jurídica y política sistemática y autónoma que forme un cuerpo de doctrina.
Dios es el centro de su pensamiento, al que todo se refiere y del que todo recibe su sentido. El pensamiento jurídico y político de San Agustín está inmerso en su pensamiento general de tal manera que, no se podrá comprender cabalmente si se mantiene una conexión con las ideas centrales de éste. De este modo es conveniente tener presente que Dios es fuente del ser de las cosas en tanto creador, también es fuente de la verdad de las cosas y de su bondad. Por tanto, siendo Dios el Ser Supremo y la Verdad Suprema, también es el Supremo Bien y como tal, fin Ultimo y felicidad del hombre.
La filosofía de San Agustín es esencialmente teológica, así será también su especulación sobre el derecho y el estado.
Por ser el universo producto del Verbo y por estar organizado según las ideas eternas del Verbo, es un universo ordenado. El orden, en términos de San Agustín, es una disposición de cosas semejantes o dispares que atribuye a cada una el lugar que le corresponde. Consecuencia del orden es la paz, la armonía de las partes, su equilibrio en el conjunto.
 “La causa del bien es exclusivamente la bondad de Dios,” mientras que la causa del mal obedece a un defecto, al apartamiento de la criatura racional del sumo bien. “Si el mal es privación, el pecado es, en la voluntad, la ausencia del amor debido a Dios.” El su significación más honda, el pecado original implicaba una subversión del orden de la creación, por cuanto la criatura había pretendido igualarse a su Creador. Lejos de traer consigo menoscabo alguno a la omnipotencia de Dios, las consecuencias de la falta recayeron sobre el propio Adán y su estirpe. La idea de culpa postula necesariamente la de castigo.
Para Sto. Tomás, el pecado original no trajo consigo, una mengua de la naturaleza humana como tal, suprimió en ella los dones “gratuitos” (o sobrenaturales) , en su opinión “el bien de la naturaleza humana puede entenderse en tres conceptos:
1) los mismos principios de la naturaleza por los que es constituida y las propiedades por éstos causadas como las potencias del alma...
2) la inclinación a la virtud, que el hombre tiene por naturaleza...
3) el don de la justicia original, que fue conferido en el primer hombre a toda la raza humana.
El primer bien de la naturaleza ni se quita ni se disminuye por el pecado; el tercero se perdió totalmente por el pecado del primer hombre; y el segundo, la inclinación natural a la virtud, se disminuye por el pecado”
En la opinión de Sto. Tomás se presupone la existencia de una naturaleza cualificada ontológicamente y fundada, con independencia del pecado, en la esencia del hombre. En San Agustín, por el contrario, falta este fundamento metafísico de un orden natural autónomo. De ahí que la naturaleza posterior al pecado sea, según San Agustín, una naturaleza corrupta. Tanto en uno como en otro, luego del pecado, el hombre ha perdido la justicia primitiva y para elevarse nuevamente a la vida sobrenatural necesita el auxilio de la gracia, concedida por lo méritos de Cristo.
San Agustín, también afirma la subsistencia del libre albedrío, si bien debilitado, después del pecado original.
La teoría agustiniana de la Ley Eterna y la Ley Natural
Si según la definición de San Agustín el orden es la adecuada disposición de cosas semejantes o dispares en función de un fin, implica necesariamente un principio regulativo que reduzca a unidad los elementos singulares, haciendo de ellos parte de la totalidad.
El orden es la realización de la ley, y ésta es expresión o cifra del orden. Por consiguiente la consideración de un universo ordenado debe apuntar a la idea de un principio supremo de actividad del cosmos, de una ley universal que rige el movimiento de los seres que lo integran.
La Ley Eterna es la razón y la voluntad de Dios, en cuanto manda conservar el orden natural y prohíbe perturbarlo. En San Agustín, la ley eterna es a la vez producto de la inteligencia y de la voluntad de Dios (sin entrar en disquisiciones como luego hará el nominalismo). La Ley eterna se ofrece como el plan universal divino ideal y realizado en la unidad y multiplicidad de las cosas del universo.
La ley eterna es consecuencia de la acción creadora de Dios: Dios no sólo dio el ser a las cosas sino también les asignó el principio de su actividad para que no caigan en confusión y en caos.
La ley eterna es Inmutable, nota que comparte con la esencia divina. Es universal en cuanto a su vigencia, no hay nada fuera del orden establecido por Dios, sus leyes se extienden a todos los seres, animados e inanimados, racionales e irracionales. Ni siquiera el mal escapa a su imperio. En la polémica contra FAUSTO dirá : “el animal la realiza por impulso de la necesidad, porque no participa racionalmente de ella; el ángel, no la infringe nunca por participar en ella en grado sumo; el hombre, en cambio, situado entre el animal y el ángel, debe someter a su razón aquello que tiene en común con el animal y someter a Dios aquello que tiene en común con el ángel”: cumple, pues la ley eterna de un modo específico en cuanto que ésta se presenta a su espíritu como conjunto de exigencias racionales, que puede negarse a acatar. Esta idea de deber nos conducirá al concepto de Ley Natural.
La ley eterna, es para San Agustín la ley por antonomasia, el fundamento de todas las demás: de ella reciben las leyes temporales su rectitud, y en su virtud pueden éstas también modificarse para adaptarse a las múltiples situaciones concretas de la sociedad. Todo lo justo se deriva de la ley eterna.
Si los irracionales cumplen la ley eterna necesariamente y, de un modo pasivo, ya que obran impulsados por el instinto, el hombre, en cambio, la acata de un modo marcadamente activo, a consecuencia de la participación que en ella tiene, gracias a su razón. Esta participación de la ley eterna en la criatura racional es la ley natural. Según Mausbach, “el orden de las naturalezas se convierte por sí mismo en orden ético... De la relación fundamental entre la creación y Dios dimanan reglas de justicia”. El hombre aprehende la ley eterna en la intimidad de su conciencia, gracias a una iluminación moral semejante a la que en el orden intelectual le permite aprehender las verdades teoréticas. La ley natural es al ley eterna en un aspecto particular de su vigencia: el que atañe a la criatura racional.
Por la ley natural tenemos un conocimiento espontáneo de los supremos ppios. del obrar, mediante la luz de la razón. Esta ley está “inscripta en el alma racional”. “Es la lex intima, ley interior, de la que el hombre trata con frecuencia de huir, teniendo por misión la ley exterior hacer volver a ella”. Su carácter de inmediata evidencia explica el que sea común al género humano. A pesar de ello, fue necesario dar una “formulación más precisa a los preceptos de la ley natural por el pecado que hizo más débil la llamada interior de la concupiscencia” (Decálogo).
San Agustín no sería fiel a su concepción del pecado original y sus consecuencias, si la ley natural fuese suficiente para que el hombre alcance la plenitud de la vida moral. La voluntad necesita, entonces, en el orden práctico, el auxilio sobrenatural de la gracia. Por ello la ley eterna halla su eco más vivo en el corazón de los hombres piadosos.
La cualificación ontológica de la naturaleza tomista, tuvo en efecto, como lógica consecuencia una mayor autonomía del orden moral natural. En San Agustín, en cambio, vemos proyectarse sobre el orden natural los efectos del pecado.
Heráclito y los estoicos, habían puesto de manifiesto la eminente participación en la ley eterna de la criatura racional, que encuentra en su interior la norma del recto obrar , en virtud de la cual los legisladores pueden promulgar las leyes justas. La idea de la lex naturalis fue recogida por los juristas romanos y pasó a formar parte de la jurisprudencia ya sea como jus naturale o como jus gentium . Esta creencia en una justicia natural en el corazón del hombre fue más firme aún en los Padres de la Iglesia, teniendo en cuenta la afirmación de San Pablo en la Epístola a los Romanos, (II, 14-15): “Porque cuando los gentiles, que no tienen Ley, naturalmente hacen las cosas de la Ley;... ellos son la Ley: demuestras la obra de la Ley escrita en sus corazones...”
Los Padres de Oriente realizaron construcciones más perfiladas, gracias a su tendencia especulativa (escuela catequística de Alejandría, San Justino, Clemente de Alejandría). Si bien la profundidad filosófica es menor en los Padres Occidentales, también llegan a conclusiones similares, Tertuliano reconoce en la naturaleza la primera maestra del alma. Tomemos a San Ambrosio: “ Hay en el interior del hombre una ley, y otra fuera, grabada en tablas de piedra. La primera no se escribe, porque es innata; ni se aprende, pues brota del corazón... En un principio fue suficiente la ley natural; pero los hombres no la conservaron incólume, y ello hizo necesaria la ley mosaica.” Siguiendo a Lactancio, San Ambrosio, dio una acepción amplísima al concepto de justicia, incluyendo en ella los deberes de la piedad, con lo cual perdió autonomía el orden de la moralidad estrictamente natural.
La aportación de San Agustín, aseguró al orden natural una gravedad antes desconocida, que se manifiesta en el mayor alcance que tiene para él la infracción a la ley eterna, esta infracción es el pecado, definido como acción, palabra o deseo contrario a la ley eterna. Y la afirmación del libre albedrío humano acentuaba inequívocamente la responsabilidad. Al asentar la ley natural en la ley eterna, puso en conexión el orden moral natural con la totalidad del orden cósmico. Fue San Agustín quien formuló por primera vez la teoría cristiana de la ley eterna y de la ley natural (que luego continuarán Sto. Tomás y Suárez). Cierto es que falta en San Agustín el rigor sistemático y la precisión de las definiciones que existe en el Aquinate.

La idea del estado en San Agustín
Esencia y justificación del estado
Con acento aristotélico, San Agustín proclama la sociabilidad natural del hombre. “Es propia del hombre la palabra, que le permite expresar el bien y el mal, lo justo y lo injusto: la comunidad de estas ideas fundamenta la familia y el estado”
La primera sociedad natural es la familia, fundada en el matrimonio, a partir de ella nace la ciudad., definida por San Agustín, como la “multitud de hombres unida por cierto vínculo de sociedad”. A diferencia de la familia, la ciudad tiene una dimensión pública que resulta de la mayor complejidad de su fin, común a una multitud de hombres. Este fin común se pone de manifiesto en la palabra “República”, que designa lo común a todos los ciudadanos.
El estado se presenta como una institución de derecho natural, que surge de la proliferación de la comunidad familiar y se inserta, a su vez, en una sociedad mayor: la del linaje humano. El concepto central del pensamiento de Agustín es la paz, consecuencia del orden, éste es el sustento de toda su filosofía jurídica y política . La paz es la tranquilidad en el orden, y el orden es la disposición de cosas semejantes o dispares que atribuye a cada uno el lugar correspondiente. Todos los hombres buscan la paz “aun los que desean la guerra , quieren vencer y llegar a una gloriosa paz”. El deseo de paz de la creatura racional no es más que un aspecto de la tendencia universal de las cosas hacia el orden. La paz de la ciudad se caracteriza por la ordenada concordia de los ciudadanos en el mando y la obediencia.
El pecado transformó la índole de las relaciones de subordinación, la ignorancia y la concupiscencia del hombre caído hicieron necesaria la coacción. También es consecuencia del pecado el gobierno despótico y violento, fruto de las pasiones humanas. “En la autoridad cabe distinguir dos aspectos: el directivo que hubiese existido aun sin la caída original y el coercitivo deriva del pecado original, así el hombre por desobedecer los preceptos suaves de Dios, ha de soportar autoridades férreas y tiranías”. Lo mismo ocurrió con el trabajo que sólo después del pecado original adquirió su carácter de dura necesidad generadora de fatigas.
En el orden actual de la naturaleza caída, el principal cometido del poder es asegurar la paz social. Por ello, tiene el poder a su cargo regular la vida terrena inspirándose en la ley eterna, que se manifiesta en la conciencia humana como ley natural, que debe ser adecuada a las circunstancias concretas de cada momento histórico: “las leyes temporales” , en la terminología de San Agustín, significa las leyes positivas humanas, promulgadas en estas condiciones obligan a los súbditos.
Sin embargo, la paz que el estado asegura es externa e inestable, no puede haber verdadera paz fuera del orden de la vida cristiana. Sólo la paz de Dios es verdadera y auténtica paz.
Limitada al orden natural, la función del estado deberá estar sometida a las exigencias del orden sobrenatural; “la patria está por encima de los padres, y no ha de escucharse a éstos si ordenan algo contra ella; pero Dios está por encima de la patria, por lo que no ha de prestarse oídos a la patria, si contra Dios ordena algo”
El estado ya no es un bien absoluto como en la antigüedad sino que aparece articulado en un sistema de problemas y valores religiosos más altos.

Relación entre el estado y la justicia
Para Cicerón la república es “cosa del pueblo” entendiendo por pueblo “la reunión fundada en el consentimiento del derecho y en la utilidad común”, para Cicerón no puede haber estado sin justicia. La justicia es la virtud que da a cada uno lo que es suyo. “¿Qué clase de justicia es pues, la del hombre que al mismo hombre le quita el Dios verdadero y le sujeta a los impuros demonios?” Esto es lo que ocurre en el estado pagano en general. El concepto de justicia que aplica aquí San Agustín es el propio de la patrística, aquí justicia equivale al cumplimiento de los deberes para con Dios y el prójimo, identificándose con la práctica de la religión cristiana. Desde esta perspectiva sólo el pueblo cristiano realizará verdaderamente la justicia; solo él merecerá el nombre de pueblo y su organización política el nombre de “República”. La consecuencia sería que ni Roma ni ningún estado pagano fue pueblo ni república. Por eso San Agustín elimina del concepto de justicia cuando define pueblo y república. Pueblo es la “reunión de una multitud racional unida por la comunión y la conformidad de los objetos que ama” , esta definición permite reconocer al estado una justificación natural, independiente de la que el cristiano pueda conferirle. La justicia aparecerá en otra parte de la Ciudad de Dios “sin la justicia que son los reinos sino grandes latrocinios” Junto al concepto teológico de justicia esbozado más arriba aparece la justicia entendida como virtud civil o justicia natural cuyo contenido es más restringido.

Esencia y justificación del estado a la luz de la Teología agustiniana de la historia
La Ciudad de Dios es un Teología de la historia. Los sujetos de la historia universal son la Ciudad de Dios y la Ciudad Terrena, ambas son entidades místicas supratemporales, su oposición comenzó con la caída de los ángeles rebeldes antes de la creación del mundo y durará hasta el día del Juicio Final.
La Ciudad de Dios está integrada por los ángeles buenos y los hombre santos de todos los tiempos. La Ciudad Terrestre está formada por los ángeles malos y los hombres perversos de todas las épocas. Sin embargo ambas ciudades tienen una proyección temporal y terrena. Ambas también tienen por padre a Adán, la separación se produjo con Caín y Abel.
Recordemos la definición de Ciudad, congregación de seres racionales unidos entre sí por la comunión y conformidad de los objetos que aman. Lo que caracteriza a la Ciudad Celeste es el amor a Dios, mientras que la Ciudad Terrena ama los bienes perecederos y engañosos con absoluto desprecio de Dios. Ambas se hallan en lucha, en una impera la caridad en la otra la soberbia.
No se deben confundir con la Iglesia y el estado. Tampoco cabe equiparar la con la Ciudad de Dios con la Iglesia católica, puesto que ésta recién aparece cuando la instituye Cristo y, anteriormente hubo santos. Pero desde el advenimiento de Cristo, la Iglesia es el núcleo en torno al cual va realizándose en la tierra la Ciudad de Dios.
Qué posición ocupa el estado en este escenario donde ambas ciudades se enfrentan? Es en principio, neutral. Por su esencia, el estado es extraño e indiferente a los fines sobrenaturales del hombre, pero no está necesariamente opuesto a su logro. Su existencia responde a una inclinación natural del hombre. Su función es hacer posible una convivencia relativamente pacífica y justa. Abarca en su seno a miembros tanto de la Ciudad Celeste como de la Terrestre. Por imperfecto que sea su orden, resulta indispensable para los miembros de la Ciudad de Dios. “La Ciudad Celestial, en su peregrinación por la tierra no duda de sujetarse a las leyes del Estado”.
El estado en cuanto tal, no es fruto del pecado. Pero en sus formas históricas concretas se halla constantemente expuesto a ser presa del pecado, siempre será muy fuerte la tentación a abusar del poder. Sin embargo, el estado puede acercarse a la Ciudad de Dios, favoreciendo indirectamente sus fines, porque la Ciudad de Dios, lejos de implicar un menoscabo del estado, le presta la base auténtica de su solidez, ya que las virtudes cristianas son infinitamente más eficaces para asegurar la paz que el simple temor a la coacción estatal.

El cristianismo confiere al estado y al individuo la plenitud de su dignidad ética.
La espera del reino trascendente de Dios constituyó el trasfondo de la actitud espiritual de la ancianidad de Agustín: cuanto más brillantes eran los colores con que pintaba la bienaventuranza de la contemplación de Dios, tanto más oscuras se hacían las sombras que cubren la existencia terrena. “La misma vida de los mortales, toda ella, es pena, porque toda es tentación “.
En la Ciudad de Dios, San Agustín contempla la historia universal a la luz de la eternidad.

jueves, 10 de diciembre de 2009

Los heraldos negros que nos manda la muerte

De conformidad a la doctrina criminológica vigente, el asesino masivo se clasifica en dos tipos cardinales: el asesino grupal (el Reverendo Jim Jones sería uno de los casos más conocidos) y el asesino serial (el más difundido por los medios a causa de la trascendencia psicosocial que suele tener su itinerario criminal). Estos dos tipos esenciales se subdividen a su vez en diferentes categorizaciones de toda índole; siendo uno de las más sugestivas la categoría de asesino grupal confrontada a una víctima grupal, vale decir, la organización de carácter criminal que ejecuta exterminios selectivos como respuesta a intereses determinado.
En realidad, esa es una jerarquía bastante próxima al concepto de genocidio, y de hecho es el denominador común en el accionar de grupos terroristas, regímenes draconianos y no pocos fundamentalismos culturalmente condicionados.
Muy cercana de esta categoría encontramos a los tristemente célebres “Escuadrones de la Muerte”; bastante mencionados en los últimos días, a causa de las denuncias que en ese sentido se han presentado en el norte del Perú y a las impactantes cifras que ha exhibido “Human Right Watch ” sobre el particular modelo criminal de masas en Brasil.
A diferencia de casos significativos como “Las mujeres de Ciudad Juárez”, los asesinos masivos de esta categoría suelen ser agentes de las propias fuerzas del orden. Esto torna sumamente compleja la investigación y, peor aún, la esperanza de una sanción en conformidad al esquema democrático de derecho que han asumido la mayoría de los países contemporáneos en los que estos homicidas masivos. Salvo en casos de auténticas dictaduras no suelen ser grupales (La masacre de Barrios Altos, por ejemplo); sino mas bien seriales (se ejecutan a las víctimas selectivamente y con intervalos de tiempo y espacio muchas veces planificados hasta en el mínimo detalle, como parece ser en efecto, lo acontecido en Brasil y Trujillo).
Es curioso que mientras en el patrón psíquico del asesino en serie exista, muchas veces, la bruma de un particular sentido de justicia que es capaz de transgredir no solo los límites del “Contrato Social”, sino también los de la propia conciencia, como detonante (posteriormente, como ya se sabe, se torna en un “pasatiempo” altamente ingobernable) del homicidio masivo; en los Escuadrones de la Muerte se hace presente también una justificación análoga (un “querer hacer verdadera justicia” por encima de un aparente sistema mediocre o corrupto, la presencia del famoso “síndrome de Batman”, etc). Naturalmente, esta percepción es delimitada por la propia psicopatología íntima, casi siempre se trata de una proyección de la personal ingobernabilidad de sus agentes; y -a menos que el agente sea un verdadero psicópata- desembocará en un grave derrumbe emocional de mediano plazo.
No voy a caer en la candidez de negar la existencia de estos escuadrones como parte de una política muchas veces auspiciadas desde las jerarquías de la seguridad ciudadana, ni tampoco voy a justificar las consecuencias de una formación policial mal monitoreada psicológicamente. Lo real es que la existencia de semejantes aparatos genocidas son síntoma concretos de la ingobernabilidad social, como reflejo, a su vez, de la propia ingobernabilidad de los individuos que la conforman. Ontológicamente son tan delincuentes las víctimas (malhechores, cacos y faites de todo jaez) como los agentes homicidas (personal del cuerpo policial, como se sabe). Y lo son no solo por el hecho de que en ambos casos se han saltado con garrocha lo “típico, antíjurídco y culpable” que prescribe la ciencia penal; sino porque en ambos casos poseen la compulsiva obsesión de haber obrado “en justicia y virtud”, frente a una sensación de la realidad fuera del alcance de su control; vale decir, la enfermedad moral que distingue un criminal de un ciudadano honorable. A esto añadimos el fervoroso apoyo social que no pocos miembros de la sociedad han mostrado a favor de los Escuadrones en cuestión. ¿Evolución del mono con cuchillo al mono con metralleta? Todo un tema para los expertos, sobretodo si tenemos en cuenta que genocidios asolapados son también las acciones internacionales emprendidas sobre Irak y Afganistán. Eso es el llano en llamas, el apocalipsis maya y la hecatombe universal en vivo y en directo.
Lamentablemente existe el criterio de que el agente del orden está eximido de responsabilidad penal por aniquilar delincuentes. Me ha tocado debatir inclusive con cierto teólogo criminalista que me esgrimió a favor de de semejantes escuadrones el texto de Rom 13, 4: "Si haces el mal, teme, que no en vano lleva la espada, pues ministro de Dios es". Y a Moisés también se le dijo, Exod 22, 18: "No dejarás con vida a los malvados".
Ahora bien, es cierto que yo he usado estos versículos en propio desempeño alguna vez; pero es irresponsable cobijarse bajo estas sentencias olvidando que las mismas están sujetas al respeto de la Ley. Todo agente sabe en qué circunstancias puede hacer uso efectivo de su arma de reglamento, y la ciencia penal es lo suficientemente atinada en ese sentido como para permitirse deslices lamentables. Bíblicamente, el ejercicio de la fuerza no está desligado a la sujeción a la Ley Terrena (Prov 8, 15:"Por mí reinan los reyes y los legisladores ordenan lo que es justo").
Olvidan pues los pro escuadrones de la muerte que el adagio crístico “el que ha espada mata, a espada muere” no solo es aplicable a los delincuentes; sino también a los que, arbitrariamente, se toman atribución sobre aquellas vidas, saltando la barrera de la legitimidad y el propio plan de salvación. ¿No es un principio del derecho penitenciario la rehabilitación del reo? ¿Acaso un delincuente convertido no puede llegar inclusive a la santidad?
Ahora, que exista una estrategia antidelictiva mediocre, que el sistema penitenciario deje mucho que desear o que no se posea un suficiente contingente, es otro tema de estudio. Pero lo que quiero decir, en síntesis, es que bajo ninguna circunstancia es dispensable la presencia de los escuadrones de la muerte como mecanismo de control que garantice la paz social. Sino que todo lo contrario.

martes, 24 de noviembre de 2009

Qua hora fur venturus esset

Tal como acontece en los homicidios; en el robo, la falsedad genérica y el embuste existen inconmensurables causas que se extravían en lo recóndito del plano mental, emocional o instintivo del individuo potencialmente infractor antes de estos poder manifestarse como delitos consumados propiamente dichos. Si bien todos ellos han existido en grado latente, y por lo general, constituyen un ejercicio libre del egoísmo en la esfera subconsciente.
Inconsciente sí. Porque es lo propio de la Conciencia, la facultad del entendimiento divino que nos faculta a comprender en uno mismo todos aquellos apetitos desordenados que nos conducen a la ingobernabilidad de la existencia, al crimen y al pecado. Y si bien es cierto que algunas patologías de índole psicológica devastan esa capacidad de discernimiento; ocurre la gran mayoría de veces que es la simple mecanicidad de los acontecimientos íntimos –en cuantas ramificaciones del egoísmo, en cuanto pecado capital- la que desencadena un hecho criminal.
Santo Tomás de Aquino señalaba en ese sentido: “Muchos creen excusarse por la ignorancia, si no observan esa ley. Pero en contra de ellos dice el Profeta en el Salmo IV, 6: "Son muchos los que dicen: ¿Quién nos mostrará lo que es el bien?", como si ignorasen qué es lo que se debe hacer, pero él mismo responde (ibídem, 7): "Marcada está en nosotros la luz de tu rostro, Señor", o sea, la luz del entendimiento, por la que se nos hace evidente qué debemos hacer. En efecto, nadie ignora que aquello que no quiere que se le haga a él no debe hacérselo a otro, y otras cosas semejantes”.
Nadie pues puede decir que se halla sustraído de hacer uso de esa iluminación que es la Conciencia. “Signatum est super nos lumen vultus tui Domine dedisti laetitiam in corde meo”. Esta es la luz que nos conduce a la verdad. No solo a la verdad entendida como atributo externo de nuestra realidad, de nuestro entorno, de nuestras circunstancias. Sino a esa realidad cognoscible que habita en lo profundo de nosotros mismos y sobre la cual gravita todo lo anterior. Para conectar con esta “lumen” se precisa de una absoluta sinceridad. El filósofo gnosticista hindú Krishnamurti nos refiere el camino a conectar con ella con este emplazamiento: “Si realmente queréis hallar la verdad, debéis ser extremadamente sinceros, no solo a nivel verbal, sino a todos los niveles; tenéis que tener las ideas muy claras, y no las podéis tener si no estáis dispuestos a enfrentaros con los hechos”. Tentación y discernimiento: Allí la perfecta ocasión de transcendencia espiritual y revelación profunda que ya nos refería Kempis.
Los apetitos de la carne son pues todos los instintos nefandos, caóticos y aún criminales que constituyen ese conjunto de sombras de la Conciencia, las nubosidades que opacan lo radiante del Lumen Christi. De esas tinieblas íntimas refiere el propio San Pablo de Tarso: “Video autem aliam legem in membris meis repugnantem legi mentis meae et captivantem me in lege peccati quae est in membris meis, infelix ego homo quis me liberabit de corpore mortis huius” (Rom VII, 23-24). Ante ellos la sinceridad, y la negación. Nadie puede decirse libre de ellas hasta el momento de la muerte.

domingo, 22 de noviembre de 2009

Hallazgo de la vida

Existe una derrota cotidiana que hace suya la expresión de la muchedumbre.
La humanidad derrotada por la inacabable violencia interior que provoca en todos el deseo consciente o subconsciente no puede sino manifestarse en síntomas de insatisfacción en casi todos los actos humildes que configuran el oficio de lo cotidiano.
La tristeza como manifestación pasiva del odio y el odio como manifestación activa de la tristeza pueden perfectamente ser identificados, en este contexto, para la percepción de un espíritu sensible como un auténtico presagio de los sufrimientos del Purgatorio, como cuotas diarias de pago que nos garanticen una permanencia inmarcesible por alguno de los círculos dantescos, o cual torturas generosamente aplicadas por uno mismo en la trama de un macabro ritual.
De unos pocos es, en realidad, el privilegio de haber “hallado la vida”. Porque hallar la vida es precisamente el mismo reencuentro con todo lo aparentemente gris de la sustancia cotidiana, pero revestida ya con la luz que presupone una mirada nueva que ha nacido de la esperanza. Y este renacer a la esperanza es también el rescate mismo de la inocencia. César Vallejo dice en uno de sus poemas en prosa: “Hoy es la primera vez que me doy cuenta de la presencia de la vida. ¡Señores! Ruego a ustedes dejarme libre un momento, para saborear esta emoción formidable, espontánea y reciente de la vida, por la primera vez, me extasía y me hace dichoso hasta las lágrimas…Mi gozo viene de lo inédito de mi emoción. Mi exultación viene de que antes no sentí la presencia de la vida. No la he sentido nunca…Ahora yo no conozco a nadie ni nada. Me advierto en un país extraño, en el que todo cobra relieve de nacimiento, luz de epifanía inmarcesible…¡Cuán poco tiempo he vivido! Mi nacimiento es tan reciente que no hay unidad de medida para contar mi edad ¡Si acabo de nacer! ¡Si aún no he vivido todavía! Señores: soy tan pequeñito, que el día apenas cabe en mí”.
Impecable ejemplo de hallazgo vital en Vallejo, ese entrañable místico de los purgatorios.
Porque la muerte cotidiana de las masas tiene su origen en la manía inútil de recoger cada amanecer el pesado trasto de los cachivaches del pasado, para salir luego a la calle, luego de tomar un desayuno sin ganas, con todo ese bulto mugriento a cuestas. Cual esquizofrénicos nos empeñamos en permanecer cual odres viejos, llenos de vinagre, y sin permitir que la fragancia nueva del “afán de cada día” nos embargue, ni mucho menos que la Esperanza de Dios vierta su miel en nuestra redoma.
Aquella locura de aferrarse a la gabela de lo contingente es, sin lugar a dudas, una patología de los sentidos, una debilidad de la carne demasiado embelesada por las apetencias de este mundo, sueño de un espíritu poco adiestrado en la Fe. La poesía sánscrita reflexiona en este sentido: “matra-sparshas tu kaunteya sitoshna-sukha-duhkha-dáh ágamápáyino ´nitás táms titikshasva bhárata: La aparición temporal del frío y del calor, de la felicidad y la aflicción, y su desaparición a su debido tiempo, son como la aparición y desaparición de las estaciones del invierno y del verano: Éstas surgen de la percepción proveniente de los sentidos. Uno debe aprender a tolerarlas sin disturbarse”.
Con mayor precisión lo expresó Jesucristo: “No os preocupéis por el día de mañana. Puesto que a cada día le basta su afán”. Y es ciertamente el entrenamiento esta disciplina de los sentidos y del propio ánimo cotidiano lo que, en definitiva, permitirá fortalecer nuestra Fe, prodigándola de mayor conciencia y de continuidad de propósitos. Es en ella donde, como el poema de Vallejo, hallamos la vida y la inefable dicha de saborearla, siempre nueva, siempre fresca, siempre dulce, siempre didáctica. Un escalón saludable hacia la Morada Eterna.
Pero es indispensable alimentar el descubrimiento de esta magia y ciencia cotidiana con la Esperanza de nuestra Resurrección en Dios, para que entonces verdaderamente, aquel dulce periplo se convierta, además, en una aventura santificante, y podemos proclamar de corazón aquello de "Nam et si ambulavero in medio umbrae mortis non timebo mala quoniam tu mecum es virga tua et baculus tuus ipsa me consolata sunt".

viernes, 6 de noviembre de 2009

Remate de Levi Strauss fuera de temporada

Claude Levi Strauss no solo tuvo nombre de jeans, sino también la popularidad de quienes usan esta prenda con particular desenfado.
Por ello, todos sabemos que no faltaran en su tránsito hacia ese lugar que el Dante le hubiera reservado –entre el Purgatorio y ese lugar donde se pierde toda esperanza-, rimbombantes epitafios, letárgicos discursos y, tal vez, hasta una lágrima estructuralista.
Recuerdo haber disfrutado una conversación con algunos discípulos suyos. Tan suyos que terminaron atacándose entre ellos y dejándome de lado con mi “rosa de Alejandría”. De tal modo que siempre me ha parecido que los antropofilósofos cuando pretenden olisquear entre la religión a fin de definirla en sus cuadernos cuadriculados de la teoría no llegan sino a aproximarse a las formas más inmaduras de la fe: el fariseísmo nominal, el fanatismo totémico y, a lo sumo, el dogmatismo puramente racional. Lo cual demuestra que la “idolatría” intelectual de los modernos “Maestros de la Ley” alcanza a lo sumo estas formas de religiosidad.
Sí, porque a esos estados más elevados de la experiencia mística no pueden acceder los cabecillas intelectuales con esa forma de vandalismo que supone ese autoritarismo conceptual que pretenden para la Academia (la catedral de su fanatismo). Les haría mucho bien a los discípulos de Levi Strauss (y de Durkheim y de Malinowski) aplicar sus razonamientos con respecto al fanatismo trivial sobre ellos mismos y sus adeptos.
Para Levi Strauss, a diferencia de los otros mencionados, las emociones configuran meros efectos de las creencias y de los ritos. Y, en ese sentido, era muy oportuna la apreciación realizada en su obra La pensée sauvage, fundamento de una teoría de las superestructuras (Lévi- Strauss; 1998: 192- 193), en la que determina la relación entre el espectáculo deportivo y la religión. Cualquier observador bien versado en la experiencia religiosa podría suponer muy bien que semejante analogía solo es posible entre un estado inferior de manifestación de fe; porque, en efecto, el fanatismo deportivo es más apropiado para estudiar a un adepto de los “avivamientos de la risa pentecostales” o al talibanismo, pero mas no para un Pío de Petralcina, digamos. El fundamentalismo levistraussiano consideraba que ambos patrones –de fanatismo, ya lo dijimos- reproducen estructuras simétricamente inversas. La inversión de la simetría justifica la inserción de los elementos sincrónicos en determinada diacronía. Vale decir, que para el intelectual ateo de marras, la sociedad industrial protege el predominio de las competencias deportivas sobre el ritual religioso a partir de la más idónea inserción de su simetría por encima de la religiosa. Veamos:
Entonces, el juego se nos manifiesta como disyuntivo: culmina en la creación de una separación diferencial entre jugadores individuales o entre bandos, que al principio nada designaba como desiguales. Sin embargo, al fin de la partida, se distinguirán en ganadores y perdedores. De manera simétrica e inversa, el ritual es conjuntivo, pues instituye una unión (podríamos decir aquí que una comunión) o, en todo caso, una relación orgánica, entre dos grupos (que se funden, en el límite, uno con el personaje del oficiante, y el otro con la colectividad de los fieles), y que estaban disociados al comienzo... En el caso del ritual... se establece una asimetría preconcebida y postulada entre profano y sagrado, fieles y oficiante, muertos y vivos, iniciados y no iniciados, etc., y el “juego” consiste en hacer pasar a todos los participantes al lado del bando ganador, por medio de acontecimientos cuya naturaleza y ordenamiento tienen un carácter verdaderamente estructural (...) se comprende, entonces, que los juegos de competencia prosperen en nuestras sociedades industriales...” (Lévi- Strauss; 1998: 58- 59).
Levi Strauss no fue ateo, como no lo es Noam Chomsky. Nuestro antropofilósofo era un talibán del dogma intelectualoide. En tal sentido no es raro que se sintiera alertado –como buen fanático- de otras formas de fundamentalismo más agresivas como pudiera ser los estados más inmaduros del islam. Sostenía por ello: “Hemos sido contaminados por la intolerancia islámica. Hablan de reintroducir la enseñanza de la historia de las religiones en la escuela. Es una nueva concesión hecha al islam, a la idea de que la religión debe penetrar en dominios que no son los suyos. Me parece que la laicidad pura y dura había dado buenos resultados.” ¿Laicidad pura y dura? ¿No es ese el grito de batalla del talibanismo agnóstico? ¿No es esa la intolerancia agresiva de los liberaloides, de los derechohumanistas con minúsculas, de los relativistas morales que huyen de la cruz y el ajo?
Solo un fanático ateo podría meter en un mismo saco a un kamikaze del Corán mal leído y a un venerable santo sufí.
Con todo, el redundante, percibía en el budismo y el ecologismo primitivo un atisbo de sociedad idónea y pura. Pero nunca pudo percibir en sus conceptos que estas “estructuras” no provienen de formas menores de la “razón”, sino más bien en formas más evolucionadas de la fe consciente. Como no tuvo el valor de emprender ese itinerario del que San Buenaventura nos habla, se nos murió el pobrecito con la nostalgia en el corazón.
El intelectual puede conocer al fanático, al fariseo, al teórico de las escrituras; pero jamás se aproximará objetivamente al místico. Solo los místicos pueden comprender esto y esto no es segregacionismo esotérico, es rigor científico. Me explico con palabras de otro autor: Por ejemplo, las matemáticas son del mundo subjetivo. Nadie ha visto una ecuación matemática nunca. Los que determinan lo que es verdadero de lo falso, son los entendidos en ese campo, los maestros matemáticos, “por apreciación consensuada intersubjetiva”. Para saber si un iniciado ha realizado avances significativos en el campo espiritual, son los maestros de la tradición espiritual que sea quienes certifican si los ha realizado, de la misma manera que los maestros en matemáticas.
¿Y quiénes son estos místicos matemáticos a quienes se les ha revelado percibir la verdad? Pues precisamente los humildes y sencillos a los que se refiere el evangelio, y con ellos, todo lo que el mundo tiene por despreciable…Pero es preciso renunciar a la vanidad intelectual para comprenderlo. Digamos como Pablo a los corintios, luego del estrepitoso fracaso "intelectual" en Atenas.

jueves, 5 de noviembre de 2009

Violencia de las horas

Durante el tiempo en el que mi servicio a la seguridad ciudadana era, por así decirlo, constante y laboriosa, fui “privilegiado” testigo de la progresiva ola de crueldad que se ha cernido sobre Huancayo a medida que esta ciudad ha prosperado en sus aspectos económico, tecnólogico y cultural. No hay instrumentos precisos para medir el incremento de la sevicia en una urbe, es cierto; así como es cierto que no existe tampoco un consenso que nos de luces irrefutables sobre el origen de la crueldad y la pandemia que significa su cotidiana presencia en nuestra sociedad contemporánea. Pero, ¿acaso la creciente frecuencia de actos delictivos y el hecho de que estos sean paulatinamente cada vez más sañudos en su ejecución, no nos han dado la voz de alerta a quienes aquí moramos? ¿No resulta suficiente hacer un balance estadístico de las primeras planas de los diarios locales durante los últimos meses para concluir que caminamos decididamente a una sociedad de “permanente riesgo y alerta”?
Fue Francis Bacon el primero en cifrar las esperanzas de la humanidad en el desarrollo de la ciencia. Así, éste filósofo que nos ha dado tantas luces sobre diversos aspectos del conocimiento humano –y fundamentalmente sobre el método científico-, cayó en la fácil tentación de adorar a la “vaca sagrada de la ciencia” concediéndole demasiadas atribuciones; las mismas que la historia se ha encargado de desbaratar, dicho sea de paso. Porque, como bien dijo Theodor Adorno, la historia de la ciencia sin conciencia puede resumirse perfectamente en “el paso de la honda hacia la bomba de hidrógeno”.
Lo que quiero decir es que resulta vano considerar que nuestros pueblos avanzarán resueltamente hacia los privilegios de la paz social con programas simplificados de desarrollo tecnológico o con la tentadora apariencia de la “modernidad”. Sabemos bien que un desastre natural o económico, un accidente de la contingencia universal o un mero apagón –como se demostró alguna vez en Nueva York, y más recientemente en Brasil- pueden tirar por la borda argumentos tan simplones. Las innegables virtudes de un modelo de vida de vanguardia nos pueden simplificar también hasta conducirnos a la vulnerabilidad extrema: una simple falla en los sistemas de internet podría echar a perder todo un día de trabajo.
Pero en donde verdaderamente queda expuesta con absoluto vértigo toda la magnitud de nuestra perplejidad como sociedad, es precisamente en el crimen. Porque ni todo el progreso, ni todos los edulcorantes que ofrece la vida actual a los actos cotidianos han conseguido liberarnos del miedo y de la inseguridad.
En la “riqueza” subjetiva de del acto criminal hay también un contenido metatextual que interroga a la sociedad en su conjunto para desgarrar el velo que cubre su hipocresía. El personaje que decide cobrarse una venganza y que para ella tortura, viola y/o asesina a otro individuo, no solo comete un hecho delictivo y una afrenta casi metafísica en contra de uno (considerando el sentido multiforme de esa existencia humana, su origen y su trascendencia final), sino que lo hace también en contra de todo el entorno social, restregándole una miseria evidente: puesto que “nada es ya seguro, y el sistema solo se encarga de maquillar y hacer tolerante la pesadilla”.
Por esto siempre la atenta observación de este fenómeno nos conducirá a la teología, cuando no a la metafísica. Porque, ocurra lo que ocurra, el entorno material y sus sistemas jamás podrán garantizar pos sí mismos una auténtica redención al individuo. El sistema puede, a lo sumo, instituir un sistema jurídico, organizar una ciencia criminal o implantar un régimen determinado para remediar los síntomas; pero finalmente nada de esto satisface la sensación de contingencia y vulnerabilidad de individuo como enorme interrogante frente al universo.

viernes, 30 de octubre de 2009

El halloween perpetuo

Jean Paul Sartre, ese existencialista al que la historia ya va sepultando a veinte metros de su propia náusea, decía que el infierno son “los otros”. Y con esa frase, hemos comprendido que el existencialismo –que puede ser a veces la antesala de la santidad- resulta generalmente el fariseísmo de la nada elevada a la décima potencia.
Para todo fariseo efectivamente “el infierno son los otros”.
Y es que este miope no alcanza a ver que ese lugar ominoso, en donde quedan a punto crocante las almas disolutas, no simplemente son todo prójimo y hermano mío con sus acciones malas malas (tres veces malas). ¡El infierno es, en primer lugar, “uno mismo”!
Me refiero al infierno comprendido como caos psíquico de miedo, egoísmo y de mala voluntad que todos llevamos dentro en cantidades inconmensurables, y contra la cual hemos de batallar diariamente con nuestras armas espirituales de la philokalia y la metanoia.
Porque resulta que, en tiempos de Halloween todos los cristianos emprendemos una cruzada, casi con los tintes folclóricos de Salem, en contra de los promotores de la “fiesta pagana” de marras. Y eso está muy bien, porque semejante punto color hormiga del calendario que, en una sociedad saludable, solo debería servir -a lo sumo- para estimular en los niños pequeños en su aspecto lúdico, se convierte en aquelarre de promotores de espectáculos bochornosos y festín diabólico para dueños de moteles carreteros.
¿Se adora al diablo el 31 de octubre? Pues es seguro que así es (y con todo lo que el protocolo exige además). De lo que no estoy seguro es que si ese día se le adora más que en otras fechas del calendario y, además, por quienes precisamente se declaran, de lengua para afuera, sus “enemigos”. ¿O no es cierto que algunos hacemos de la Cuaresma, y aun de la Semana Santa, una prolongación del Carnaval de Río de Janeiro? ¿O acaso no deberíamos considerar el incluir varias escenas de nuestra Navidad contemporánea en el tríptico del infierno de El Bosco? Y si a santa Teresa de Ávila le daba más temor una persona triste que un ejército de demonios, a mí me produce más pavor un pastor que estropajea los evangelios en el púlpito que un mocoso escuchando Marilyn Manson.
Que se adora demonios entre escobas y calabazas de maquillaje estrafalario es una verdad de Perogrullo. Y en este sentido es muy concreto lo que se dice “Non potestis mensae Domini participes esse et mensae daemoniorum : No podéis participar de la mesa del Señor y de la mesa de los demonios" (I Cor X, 21). Pero, ocurre que, más asolapadamente algunos adoramos ese demonio solemne que es la billetera todopoderosa (Efes 5, 5) en las modernas sinagogas satánicas que hasta tarjeta de crédito nos ofrecen, y anteponemos todas las trampas de la dádiva neoliberal al ejercicio de la fe, a la santa caridad con el prójimo y a la celestial esperanza que todo lo provee.
Otros, que hablan pestes de Drácula y sus huestes, gustosos le ofrecen toda su aguardo y devoción a figuras políticas de calculada imagen y prefabricado discurso, olvidándose por completo de aquello de “Nolite confidere in principibus in filiis hominum quibus non est salus: No confiéis en los príncipes, ni en los hijos de los hombres, en los cuales no está la salvación" (Salmo 145, 2-3). O, en el peor de los casos, se adoran tanto a si mismos, que de ser posible se prenderían velas en cuanto se miraren al espejo. Porque, sin medias tintas, se consideran dioses estos discípulos fidelísimos de Nabucco (Ez 28, 2), que solo les falta una marcha de Verdi para subirse corriendo al altar y salir en procesión. De ellos bien dice el Aquinatense: “Y así obran los que creen más en su propio sentir que en los preceptos de Dios…se rinden culto como a dioses; porque siguiendo las delectaciones de la carne, rinden culto a su cuerpo en lugar de rendírselo a Dios. Dice el Apóstol de ellos en Filip 3, 19: "Su dios es el vientre".
Por todo ello, es indispensable pues que el mismo ardor con que combatimos el Halloween, combatamos también la reunión de diantres que hacen suculenta parrillada en las inmediaciones de nuestro propio corazón. No sea que, como ya nos advirtió Nietzsche a los criminólogos, de tanto perseguir a los monstruos terminemos convirtiéndonos en uno de ellos.

jueves, 29 de octubre de 2009

El médico que demostró la naturaleza del corazón calvinista


El día de hoy se conmemora un aniversario más de uno de las mas ominosos capítulos de la historia del protestantismo: el infame asesinato del médico Miguel de Servet en manos de la inquisición que Juan Calvino instauró en Ginebra.
Y si bien este hecho acaeció un veintisiete de octubr de 1553, se constituyó, para la historia, en el momento cumbre de una cadena de crímenes, expoliaciones e injusticias cometidas por los protestantes; quienes enarbolaron la rabia criminal en nombre de una fe que, si bien nació como un justo reclamo a las necesidades de su tiempo (a menesteres burgueses, para ser sinceros), terminó convirtiéndose en el ajenjo apocalíptico y en la pira de azufre que cantaron todos los profetas.
Ese día Juan Calvino pasó, de virtual sucesor de San Agustín para las cuestiones teológales, en un impecable heredero de Nerón para los fines del imperio de Babilonia. Y, si bien el legado del “reformador” es equiparable a lo hecho por Mahoma, el caos calvinista, con su incesante sucesión de sectas, nada tiene que ver con la mística sufí que tanto estimuló luego las epifanías de la mística cristiana.
Por eso es bueno recordarles a los fariseos protestantes de hoy su legado homicida. Porque muchos de ellos ignoran que, a diferencia de los católicos, no nacieron perseguidos, sino perseguidores. Y porque al igual que ayer no pueden ocultar de esas antiestéticas covachas a las que llaman templos ese olor de carne podrida. Hoy mismo que escribo estas líneas, preclaros miembros de la iglesia evangélica de Huancayo se lanzan acusaciones mutuas de robo, violación y hasta de asesinato (de la benefactora Abigail); lo que ha llevado al conocido pastor Néstor Puicón a decir : “no vaya a ser que, así como nos creemos tan perfectos en muchas cosas, sea que también seamos capaces de cometer crímenes perfectos”. No está de más decir que en el resto del mundo la cosa no varía mucho.
Lo que si no fue perfecto fue el crimen de Miguel de Servet. El ilustre médico español era en realidad un cristiano de corriente gnóstica a quien le debemos para occidente el descubrimiento de la circulación pulmonar; dicho descubrimiento lo realizó en ese afán tan gnóstico de buscar el pneuma (la chispa divina) que por aquel entonces se identificaba con el aire respirado (Dios insufló el alma a Adán en las fosas nasales), así que, si el alma estaba en la sangre, la mejor manera de comprenderla y estudiarla era adentrarse en la ciencia de la circulación sanguínea ; y es allí donde descubre, a diferencia de lo que el dogma de Galeno establecía, que la transmisión de la sangre del ventrículo derecho del corazón al ventrículo izquierdo no se produce a través de los poros del tabique del corazón, sino a través de un “magno artificio”, por el que la sangre es inducida desde el ventrículo derecho hacia los pulmones para su oxigenación, franqueando luego al ventrículo izquierdo; como, en efecto, ocurre.
Sucede que Servet al llegar a Ginebra de paso al norte de Italia, donde consideraba que sus ideas teológicas podían ser bien acogidas (escapaba del juicio católico), fue arrestado y juzgado por herejía por las autoridades protestantes. Servet había tenido debates en asuntos teologales con Calvino, los mismos que el acusador Nicolás de la Fontaine presentó oportunamente. El Ayuntamiento de Ginebra tras una deliberación en la que participaron cuatro iglesias protestantes –de Zurich, Berna, Basilea y Schaffhausen-, declaró a Servet culpable de no aceptar la Trinidad y de no aprobar el bautizo de los niños.
El teólogo Calvino que tanto adoran los protestantes modernos, pidió para Servet la decapitación; sus fieles devotos –mucho más “cristianos”, sin duda- reclamaron en cambio la hoguera para el gnóstico. Calvino presentando había presentado treinta y ocho fragmentos extraídos de las obras de Servet que constituyeron el principal argumento “en parte blasfemias impías, en parte errores irreverentes e insensatos, y del todo en desacuerdo con la Palabra de Dios y la fe ortodoxa” que Servet en vano debatió con el intransigente Calvino.
Muriendo entre las llamas Servet gritó: “¡Oh, Jesús, Hijo del Dios Eterno, apiádate de mí!”
Es importante que los reverendos le recuerden eso a sus pupilos, cada vez que el demonio del fariseísmo quiera apoderarse de sus conciencias. Es bueno que la masa de protestante (muchas veces poco informada, y otras tantas verdaderamente ignorante) deje de hacerse al (luterano) sueco con su historia.
Ahora bien, es cierto que hubo también una inquisición católica. Pero es útil anunciar a todos lo que los estudios revisionistas traen al respecto: un programa de la BBC refutó hace no mucho el mito del Santo Oficio como paradigma del terror. Lo cierto es que el Santo Oficio se enfrentó a una gigantesca maquinaria propagandística promovida por el mundo protestante gracias a la imprenta.
Transcribo a continuación la información que se dio al respecto del tema en otro medio:
“Expertos de la talla de Henry Kamen, Stephen Haliczer o los profesores españoles José Álvarez-Junco y Jaime Contreras reconstruyen en el reportaje El mito de la Inquisición española el verdadero paisaje de una institución, aunque no defendible a los ojos del siglo XX, sí intencionadamente desvirtuada. Una institución controlada por abogados reacios a aplicar la tortura y mucho menos inquisidores que sus homólogos de Francia, Alemania o Inglaterra, donde sin necesidad de un tribunal específico se asesinó tres veces más herejes, brujas o personajes más o menos excéntricos.
Para el profesor de la Universidad de Illinois, Stephen Haliczer, los propios archivos de la Inquisición son elocuentes: En cerca de 7.000 casos, apenas se aplica algo parecido a la tortura en un 2%. En 350 años de historia represiva, y mientras la leyenda habla de millones de asesinatos, la cifra real de víctimas se sitúa entre 5.000 y 7.000 personas.”
Por su parte Ellen Rice comenta sobre el particular: “Los Reyes Católicos, comenzaron la inquisición en la esperanza de que la unidad religiosa fomentara la unidad política, y otros jefes de estado anunciaran el trabajo que España estaba haciendo para por el advenimiento de una Cristiandad unificada. El documental claramente y sin ambages narra el contexto histórico, que indica que los españoles no estaban haciendo algo inusual teniendo en cuenta las normas contemporáneas. El mito de la Inquisición, que los españoles llaman la "leyenda negra" no surgió en 1480. Comenzó unos cien años después, exactamente un año después de la derrota protestante en la batalla de Muhlberg por cuenta del nieto de Fernando de Aragón, el Emperador, Carlos V.
En 1567 una feroz campaña de propaganda comenzó con la publicación de un panfleto protestante escrito por una supuesta víctima de la Inquisición llamado Montanus. Este personaje (un protestante, por supuesto) pinta a los españoles como bárbaros que abusan de las mujeres y sodomizan a los muchachos jóvenes. El protagonista pronto crea estos "enemigos encapuchados" que torturan a sus víctimas en horribles aparatos como ser la "Dama de Hierro", llena de cuchillos (y que nunca fue usada en España).
Los historiadores en este documental declaran falso un documento de la Inquisición que declara el genocidio de millones de herejes. Lo que está documentado es que de 3000 a 5000 personas murieron durante los 350 años que duró la Inquisición. También se documentan los "autos de fe", sentencias públicas a herejes en las plazas de los pueblos. Pero el gran mito del control del pensamiento por hermandades siniestras es refutado por la evidencia de los archivos. Ahora bien 3000 a 5000 ejecuciones documentadas, palidecen en comparación con los 150,000 quemas de brujas documentadas en otras partes de Europa durante los mismos siglos.
La destrucción de las mentiras que se han tejido con respecto al santo Oficio se unen a las refutaciones de otros mitos grotescos como es el de Guerra de los Treinta años y la Paz de Westfalia, y que últimamente están saliendo a la luz para el bien de todos.
Asunto importante para tener una perspectiva más objetiva de la realidad y para dejar los fariseísmos de lado; por lo menos hasta el momento en que todos los cristianos con la sabiduría que la historia nos concede, podamos restablecer el Reino Celeste de la Nueva Jerusalén en este plano.

miércoles, 21 de octubre de 2009

Los billetes del Guasón


Entre las muchas escenas y frases memorables que la película “El caballero oscuro” nos dejará a los buscadores de señales del espectro contemporáneo, me quedo con aquella en la que el Guasón (encarnación para el comic del recurrente paradigma de la sombra de irredención humana según el programa nihilista de Hobbes; del miedo al caos o al vacío que sin embargo impregna todos y cada uno de los actos humanos; o de la imperturbable falta de fe que desencadena en esa absoluta psicopatía que significa el desarraigo de todo vestigio de conciencia) incendia una ruma de billetes, inteligentemente obtenidos como carnada para posibles nuevos socios desalmados -demostrando de ese modo que para el frenesí de caos poco importan los simulados objetivos-; para, acto seguido, mencionar la ya célebre frase: “¿Por qué no te cortamos en pedacitos y alimentamos a tus perros? ¿Hmm? Y así podremos ver como es de leal un perro hambriento "
Para ese Guasón con tufillo nietzcheniano (" Aquello que no te mata simplemente te hace..extraño") poco o nada le importa el dinero. Lo que él desea es “ver el mundo arder”. El dinero en ese afán es tan solo un medio o un entretenimiento en medio de ese plan. Algo que muy bien define Alfred en la misma cinta: "Algunos hombres no están buscando nada lógico, por ejemplo el dinero. No pueden ser comprados, engañados, ni se puede negociar con ellos "
Tal cual es el programa económico de Babilonia La Grande. Porque, ciertamente, el dinero no es más que aquello que se adopta como instrumento de cambio. No tiene en sí, en cuanto dinero, ninguna corriente misteriosa, ni fuerza magnética. Su valor es de puro cambio: será, por tanto, mayor o menor cuanto mayor o menor sea la cantidad de cosas que con su unidad puedan adquirirse. De aquí, que esté hecho para circular, porque sólo así llena su función esencial de instrumento para permutar las riquezas naturales, es decir, los productos de la tierra y de la industria.
El dinero por ello no es pues en si mismo “malo”, del mismo modo que no puede decirse que “la energía” en sí misma lo sea. Lo pernicioso de ambos elementos radica en su proterva utilización en primer lugar, y en la dependencia que ellas puedan generar con respecto del individuo que las posee. “Dar al César lo que es del César” es un mandamiento evangélico, pero este decreto jamás podría superponerse al mandamiento más cardinal: El Amor. “Buscad primero el Reino de Dios y su justicia, y todo lo demás se os dará por añadidura”.
El pecado del joven rico que nos presenta el evangelio (Mateo 19, 16-22) consiste pues en depender absolutamente de su patrimonio de tal modo que le resulta irrealizable abandonarla. Esta condición revela la incapacidad para este pobre aspirante a la Gracia de trascender la “dependencia”, pero también nos revela su carencia de Fe en la Redención Crística como posibilidad en la cual son abarcadas todas las legítimas necesidades humanas. La sujeción de la carne humana a la apariencia de lo material hace perder de vista, entonces, a los reales afanes del espíritu que le otorgarían ese real significado a la existencia, y no solo en cuanto elemento conformante de la sociedad, sino cardinalmente como creatura divina y átomo portador del “soplo divino” (nephesh chayim) en el Infinito Universo creado. He allí también el carácter herético en la edificación de las llamadas “teologías de la prosperidad” de ciertas ramas protestantes.
El Guasón en su incondicional identificación con el concepto Caos es ciertamente un místico invertido. Solo alguien como él y un santo verdadero podrían despreciar el dinero con idéntica convicción. Y es que ambos saben que todo en el solo es apariencia, saben que su poder está en directa proporción a la dependencia que alguien pueda tener de él. Ambos están al corriente que el problema no se trata de una colección de billetes que parecen comprarlo casi todo, el problema es la sed humana que no se sacia en nada y que a cambio de más identificación más dolor es el que obtiene.
Sin embargo, en ambos extremos de la condición humana los derroteros serán distintos: El simbólico “guasón” imagina que el caos de cada individuo, el egoísmo y la inconsciencia tendrán la victoria final en esa anarquía zoológica que supone que es la creación humana. El místico cree y sabe por la experiencia, en cambio, que dicha tendencia magnética y absorbente puede y debe ser derrotada desde la contemplación y la batalla que es la “metanoia” del ejercicio cristiano. Tal es la promesa y la alianza.
Pero entre un guasón y un santo estarán los muchos: los que simplemente no comprenden ninguna de las posibilidades que ofrece el descubrimiento de la verdad y que son arrastrados por la marea de la identificación y por el subsecuente dolor. Ellos son en primer lugar los que, como ya había observado Aristóteles, comerciaron con el dinero buscando el lucro: los cambistas o banqueros, con su arte llamada "nummularia" (Aristóteles, y después de él Santo Tomás y los escolásticos, llaman pecuniativa artificial a este arte, cuya función propia es la producción artificial del lucro por el comercio de dinero. Y manifiesta que esta pecuniativa fundada en el enriquecimiento por el cambio de dinero es vituperable, como es vituperable y necio el concepto de muchos que imaginan que sólo el dinero es riqueza). Y en segundo lugar, todos los que caen derrotados en la fantasía que supone la riqueza dineraria.
Y es el mismo Aristóteles quien sostiene que el creer que sólo el dinero es riqueza constituye una fatuidad, puesto que no puede ser verdadera riqueza aquella cuyo valor depende de la voluntad de los hombres.
La crisis actual nos lo restriega más que nunca. El derrumbe de la pirámide de Madoff y sus émulos a nivel mundial, El salvataje de banqueros mafiosos en EEUU y de un sistema sostenido de dinero inexistente son solo signos catastróficos en ese reino ilusorio que es Babilonia la Grande: el sistema actual que condena a muerte y a esclavitud a la gran masa.
Este sistema crea además necesidades ficticias sin las cuales “la vida sería imposible” y reduce a la humanidad en su conjunto a una sarta de animales que compran y venden como desaforados, olvidando por completo su realización en otros planos de la conciencia. De este modo, el amo del dinero en este reino es la Codicia que ha inventado la usura: la causa evidente que subyace detrás de el niño abandonado en la calle, del travesti que se prostituye en las noches en cualquier urbe contemporánea, del mafioso de un cartel que mata policías en México, o del político que vende selvas tropicales a multinacionales. Y mientras esa concupiscencia brutal subsista será imposible la llegada de la “Civitas Dei” en este planeta o apenas en el corazón de del hombre.
Necesitamos ser pues como El Guasón, pero al revés: Lo que nos interesa a nosotros es ver el mundo arder…en fervor divino.

miércoles, 14 de octubre de 2009

El pulmón de Susan


Interesante, en la perspectiva de la acción punible, es el caso de Susan Hoefken. El caso comienza con la sospechosa “notitia criminis” que da cuenta del apócrifo hurto de un pulmón -pieza de la muestra denominada “El cuerpo Humano, real y fascinante”- con fecha seis de octubre en instalaciones de cuyas medidas de seguridad se podría desconfiar bastante poco a decir de quienes asistieron a la referida exposición cultural.
Digo que esta inaugural denuncia -mediática además- resultaba sospechosa desde el primer instante porque, dadas las circunstancias indicadas, normalmente son pista segura que el autor se encuentra o entre los encargados de la seguridad (en complicidad comúnmente) o entre los organizadores. Sin embargo el bien hurtado no constituía de por si estímulo suficiente para que una banda, lo suficientemente organizada como para burlar tales condiciones de seguridad, se interesara en ella. Quedaban dos alternativas lógicas: o se trataba de un niño cleptómano sumamente audaz o bien la solución la tenían los propios organizadores.
El asunto se vio más claro a las cuarenta y ocho horas cuando la señora Hoefken “milagrosamente” encuentra –con medios de prensa alrededor- dicha pieza en el estacionamiento comercial “Plaza Camacho. ¿Cómo es posible que esta señora dedujera que una bolsa tirada en el estacionamiento fuera precisamente la pieza que faltaba en su muestra? ¿Por qué nadie lo percibió antes que ella, aun suponiendo que la bolsa fuera abandonada ese mismo día, sobretodo si resulta obvio que un estacionamiento no es precisamente un lugar discreto para disimular un acto de esta naturaleza (el deshacerse de una pieza que constituye evidencia de delito)?
Si santo Tomás de Aquino dice refiriéndose al conocido versículo neotestamentario “Illud autem scitote quoniam si sciret pater familias qua hora fur venturus esset, vigilaret utique et non sineret perfodi domum suam” (Si el padre de familia supiera a qué hora vendría el ladrón…Mt XXIV, 43 ) comete un acto de traición, puesto que "sobre el ladrón vendrá la confusión" (Eccli V, 17) ¿Qué podríamos deducir de una agraviada que sabe a qué hora, cómo y dónde retornará el ladrón a devolver el bien hurtado?
Comúnmente se ha establecido que quienes hurtan compulsivamente son personas que necesitan afecto. El diagnóstico psiquiátrico lo define como “robo de afecto o atención”. Por lo general el manilargo pierde el interés en el bien hurtado al poco tiempo de haberlo poseído, porque la falsa sensación de seguridad y control se diluye en cuanto obtiene el botín. Retorna entonces a él (o ella) su preexistente angustia. Por lo común este individuo tiene además otras adicciones.
En el caso de la Hoefken no acontece exactamente este tipo de cleptomanía, si bien comparte algunas características. Su interés no consistió, en la acción de poseer lo ajeno, sino en generar una reacción que además le permitiera un determinado “lucro”. Ese lucro parece ser la “mayor asistencia que pueda generar el evento que organiza la culpa generada en los otros al endilgarles un crimen que no cometieron”; sin embargo, esto es solo lo aparente, la motivación fatal de su sombra es la exigencia emocional que tiene de tener un absoluto control de los hechos y de las emociones. Esto le ha permitido ocupar cargos de control en la esfera profesional indudablemente, pero es obvio que esto solo enciende su angustia, lo cual le conduce –estoy casi seguro- a aligerarse en la dependencia a otras adicciones.
Esa necesidad paradójica de control le hace traspasar los límites. Y esto último es la palabra clave que separa a un delincuente o de un hombre en perfecta disciplina de metanoia interior.
Naturalmente el hecho tendrá que ser dilucidado por las autoridades competentes y las instancias jurídicas que asuman el caso.
Pero nos queda claro que es en las instancias íntimas del ser humano (la no solución de una urgente carencia afectiva en la infancia, una competencia por la atención paterna, posiblemente, en ese caso) el motor secreto que activa los instintos, pensamientos y emociones adversas que se transforman en delitos. La urgente solución de estos con didáctica psicológica y devoción liberadora es el más perfecto camino de rehabilitación como se ha demostrado ya.
Y puesto que todos estamos más o menos expuestos a estas tinieblas que empañan el “lumen”, no podemos pues tirar la primera piedra.

viernes, 18 de septiembre de 2009

El permanente regocijo del salmista


Es cierto que es un síntoma de la naturaleza humana contemporánea un discutible afán místico que subyace de un modo u otro en las diversas manifestaciones que conforman este signo de los tiempos. Es real esa cierta nostalgia sutil por el reencuentro divino que adivinamos en la soledad que grita su estado desde las redes sociales o que se abandona a la multitud del desenfreno o del vértigo habitual para no oír su propia voz recóndita.
Sin embargo, la más grande tentación en este recorrido sinuoso de una fe que no se reconoce como tal es la subjetividad. Porque, si bien el solipsismo -esa suerte de egoísmo sacralizado por la desmedida competencia a la que obliga “este reino” ha sido, sin lugar a dudas, el endémico derrotero de la supervivencia humana-, es en este siglo, con su desmedido culto al ego, donde todo ha devenido finalmente en utilitario. Aún el propio Dios. Muchas de las apariencias religiosas contemporáneas son objetivamente formas de utilizar a Dios en lugar de adorarle en verdad. De este sino no escapa ni la “new age” con todo su relativismo inane, ni las teologías de la prosperidad protestante donde el relativo “poder” se antepone al Absoluto “Dios”. En buena cuenta estas maneras de adorar a Dios son meras perversiones. Son la idolatría que engendra un espíritu pobre, sincero seguramente, pero excesivamente complaciente con su culto de la personalidad.
Muchas de las oraciones modernas por esto carecen de la ciencia que solo es atributo de una auténtica comunión con el Paráclito. Una genuina plegaria ha de manifestar no solo la verdad del hombre, sino esencialmente la verdad de Dios y, más aún, la verdad de las relaciones de Dios y el hombre. Entonces allí la fe es esclarecimiento correcto de esa verdad triple y única que fue encarnada en Cristo. La verdadera oración pues viene inspirada, por el hecho mismo de que es la Fe un carácter del Santo Espíritu.
Así pues, son los Salmos, obra de este Paráclito, el más perfecto instrumento de oración de la Iglesia. Aun los santos y eminentes Doctores se han inspirado continuamente en sus revelaciones para expresar ellos mismos ese noble plectro que es de Dios, va hacia Dios y está en Dios. La oración se torna pues éxtasis místico perfecto de reunión del Todo en el Todo.
“Jubilate Deo, universa terra, psalmun dicite nomine ejus” dice el salmo 65. Y bien, son precisamente los salmos, aquí y ahora, la oración más actual, más universal y más íntima. Actual porque si bien las palabras son las mismas que aquellas que en los tiempos en los que fueron escritas, su sentido se ha enriquecido y hecho fecundo con el tiempo. La esperanza de la llegada del Mesías es para nosotros la llegada de la Consumación de su Reino aquí “sicut en caelo et in terra” y las exclamaciones de ayer no tardan mucho para hacerse vigentes en nuestras voces. Es allí donde radica la universalidad de sus preces. Sometidos permanecemos a las mismas angustias del salmista: la pobreza, el exilio, la persecución, la enfermedad, el temor, la angustia, el pecado. Y ya en naturaleza real o simbólica reencontramos en sus versículos aquel lenguaje inspirado que comunica en Dios y hacia Dios nuestros propios desasosiegos: “Eructavit cor meum verbum bonum, dico ego opera mea Regi; lingua mea calamus scribae velociter scribentis” (Salmo 44). Y ya en sentido simbólico es donde hayamos el sentido interior de sus mensajes. ¿Acaso no es la figura del exilio el alejamiento de la “casa, no hecha por mano de hombre, eterna en los cielos” (2 Cor 4, 1), ¿No es la lepra el simbolismo de nuestra vida sometida por los afectos, miedos y miserias psíquicas de todo tipo que nos someten al pecado? ¿No es la figura del largo peregrinaje ese mismo sendero estrecho al que Cristo nos invita a seguir, esto es, nuestro propio empeño hacia la santificación?
Y finalmente, ya en los mismos Salmos es donde encontramos los resplandores de la mística del corazón: “Domine labia mea aperies et os meum adnuntiabit laudem tuam, quoniam si voluisses sacrificium dedissem utique holocaustis non delectaberis sacrificium Deo spiritus contribulatus cor contritum et humiliatum Deus non spernet” (Sal 50, 18-19).
Por todo esto, son los salmos el permanente y más genuino regocijo de un alma devota que anhela su reencuentro con lo divinal.

lunes, 20 de abril de 2009

Sobre agua de renunciación


Remojar los pies en las aguas de la renunciación, significa para los místicos de la poesía simbólica, el acto fundamental en el sendero hacia la santidad. De este modo, el único motivo por el cual la vida merece la pena ser vivida se inicia con un hecho trascendente y hondamente significativo que es el bautizo; pero no hablemos ya de ese sacramento simbólico de nuestros amadísimos ritos cristianos, hablamos del profundo bautismo íntimo asumido como plena voluntad de emprender el estrecho sendero de la realización del Alma en el Amor Sublime de Cristo.
Al respecto no está de más referir aquí la conocida anécdota atribuida al perspicaz san Atanasio, quien en una de sus homilías relató la visión según la cual este había logrado aproximarse a los portales del Cielo, en donde se encontró con San Pedro, quien como guardián suyo, se encontraba en ella. Refería que en aquella ocasión, en lugar de una complaciente sonrisa, mostraba el santo pescador de hombres un adusto gesto, y encarándosele dijo: “Atanasio, ¿por qué continuamente enviándome estás estos sacos vacíos, sellados con esmero; pero que nada contienen”. Con ello, Atanasio criticaba el mero formalismo en que había caído en no pocos fieles el acto del bautismo desprovisto de la auténtica conversión íntima. Las cosas, naturalmente parecen haber cambiado bastante poco desde aquel entonces.
Empero esta recepción del "hombre del corazón que está encubierto" (I. San Pedro, III, 4) implica la profunda transformación del hombre antiguo. Aquello resultaría imposible sin la humildad y la reconquista de la sencillez, del encanto por lo novedoso que implica la reconquista de la Sagrada Infancia Interior. Hasta aquí el signo del odre nuevo que debe recibir el vino nuevo para su plena realización. La metanoia del alma solo es posible pues en mérito a la humildad del salmista que abandona toda su voluntad a la de Dios.
Bien se ha dicho que humildad proviene de “humus”; vale decir, la tierra fértil que hace posible el nacimiento de un árbol, de una higuera que no solo da sombra, sino que además da frutos “y abundantes primaveras” de tipo espiritual. Es en aquel humus donde muere en principio la semilla antigua y da paso al brote nuevo que dirige sus hojas al Sol, que es la Luz del Mundo. Y que desde entonces quien siga aquella Luz simbólica no andará ya más en las tinieblas.
Con ello no desacreditaría jamás la eficacia del signo sacramental del bautismo de nuestros cultos cristianos como mecanismos eficaces de comunicación entre este mundo visible y los aparentemente “invisibles” mundos espirituales; la majestad de los misterios como medios eficaces de comunicarse la Gracia a los fieles de todo tiempo y espacio. Simplemente manifiesto que es en la mística inocencia del reconocimiento sublime de nuestra insignificancia en tanto entes ajenos a Dios que es posible emprender la sagrada senda de la realización del alma.

miércoles, 15 de abril de 2009

Los peritos impertinentes


En el último número de “Popular Mechanics”, con la re-exposición del conocido y vergonzante caso de Roy Brown, se vuelve a poner en seria duda lo controversial que resultan las conclusiones de no pocos dictámenes periciales de “ciencia forense” en la aplicación de sanciones penales que pretenden satisfacer el ideal “justicia” dentro del contexto del dogma de “contrato social” que han asumido nuestros estados.
En efecto, la finalidad persecutoria, castigadora (punitiva) y, en muchos casos, la presión social de un porcentaje de la nación por una respuesta tan “efectiva” como “demagógica”, se han antepuesto a la finalidad esencial de los estados de salvaguardar la integridad de todos y cada uno de sus ciudadanos. Así, el sistema parece soslayar que dentro de este propósito está el de amparar también los derechos esenciales (vida, salud, libertad) de los propios sospechosos de haber cometido una acción punible, en tanto personas humanas y componentes de la sociedad.
Como saben algunos, en ese emblemático caso, el señor Brown pasó quince años de prisión siendo inocente en razón a una sentencia motivada esencialmente por un dictamen pericial del dentista Edward Mofson.
Es cierto que nuestro sistema posee salvaguardias legales que amparan más efectivamente los derechos de los procesados en estos casos, de tal modo que nuestros sistemas penales normalmente prefieren –al menos en teoría- “liberar a un culpable que encarcelar a un inocente”; todo lo cual no ha sido óbice para sobrepoblar nuestras penitenciarias de santos mártires e inundar las calles de maleantes convictos y confesos. Pero no es menos cierto tampoco que entre nuestros magistrados se ha colado el infeccioso dogma de dejar el veredicto final de las pruebas a dictámenes periciales que, generalmente, tienen pocas oportunidades de ser refutados.
Juegan en contra la sobrecarga procesal que impide un conocimiento juicioso de los asuntos materia de litis, pero también la probada “impericia de los peritos” para la enorme mayoría de procesos, de tal modo que solo suelen ser adecuadamente seguidos aquellos que concitan la expectación de cierto sector del morbo militante y los plumíferos de las redacciones de la sección policiales. Agréguese a ello la limitada cantidad de peritos y que los ya pocos que hay normalmente no se abastecen con la cantidad de tareas encomendadas.
El dogma de la ciencia penal se desbarata cuando nos enteramos que estos sistemas son absolutamente deficientes, que no han sido desarrollados por auténticos científicos y que los procedimientos reales, tanto en el lugar de los hechos como en los laboratorios, poco o nada tienen que ver con la espectacularidad casi marciana que pretenden mostrar las series de televisión policial (tipo CSI) los mismos que, en gran medida, han inoculado ese pernicioso dogma entre los juzgadores.
Las patinadas de la llamada ciencia penal son tan bochornosas que ha tenido estrepitosos gazapos incluso en asuntos tan de dominio público como el 11S o el 11M.
Esperemos pues que la progresiva adecuación de nuestro sistema nuevo procesal penal evalúe seriamente estos garrafales errores que han acaecido en el “todopoderoso” y reverenciado sistema anglosajón ( ese sistema que sigue matando inocentes por criterios que normalmente no suelen ser más que prejuicios y en donde la llamada “ciencia forense” se presta a las convicciones de la masa ignorante y al perro muerto que pretende vender los alguaciles del Oeste que sostienen su respectivo sistema) ¿O acaso el mismo Obama no se ha visto amenazado con convertirse en el nuevo habitante del panteón una vez que pretendió investigar los aquelarres cochambrosos de la CIA?
Tarea pendiente para magistrados. Pero esencialmente para policías y abogados.

El profeta y la profecía


La disciplina de la metanoia, la perseverancia virtuosa del corazón que se regocija en la Paz del Absoluto, esa odisea del alma en pos de su Morada Suprema, en suma, exige no solo de asistencia de una disciplinada vocación mística, capaz de alimentarse en los pequeños instantes cotidianos de diversos motivos que sean capaces de perfeccionar su fe y su disposición para la Gracia, por un lado, y de la asistencia paciente de de un pastor valiente y comprometido con la Obra del Maestro por el otro.
No. Esa senda estrecha demanda además de la fuerza vivificante que solo puede ser concedida por la Palabra Profética. Es allí donde radica aquel impulso capaz de empujar los sutiles engranajes que transportan al amoroso sendero de la reunión en la Casa Paterna. Es en ella donde se señala, sin titubeo, las faltas y omisiones en los que pudiera incurrir un corazón que ya demasiado ardiente en su búsqueda y, mirando las estrellas, no se hubiera prevenido de los hoyos del camino; o que también, apresado por la pereza que desgasta el sublime impulso, se haya solazado en los embelecos de las múltiples tentaciones del desierto.
Esa voz estará allí también para señalar, acusar y denostar en contra de los enemigos de la Obra del Padre, los que se han conjurado en su adoración de todos los ídolos (el materialismo, la vanidad, el relativismo, etc.) y que pretenden impedir con sus mil adminículos la plena realización del ser humano en su aspecto material (ese derecho divino a disfrutar de una vida digna y saludable en la perfecta caridad universal y que tan bien prefigura la Doctrina social de las Iglesia), pero sobretodo espiritual (la única empresa útil que constituye la santidad). Y es entonces que, como decía Pascal, “es la caridad la que juzga los verdaderos milagros”.
El auténtico profeta no es, ni siquiera aproximadamente, un agorero del porvenir o un taumaturgo del oráculo que tiene la garantía de la inerrancia divina. Ese mero aspecto –si bien es real y sin discusión- lo es en un sentido secundario a la verdadera acción profética. Porque el profeta es el que “habla por otro”, y ese otro no es sino Dios mismo queriendo manifestar su Voluntad en la permanente perfección de su obra salvadora. Al profeta en este camino le resultará preciso señalar, denunciar y protestar, aun a riesgo de no parecer simpático a las muchedumbres esclavizadas ante la Gran Bestia del Mundo. Porque resultaría muy fácil para cualquiera caer en la tentación de ser el “popular de la fiesta”, vestirse de lentejuelas y celebrar, junto a todos, la bacanal de la inmundicia y el carnaval del hedonismo, retozar en el aquelarre de la indiferencia y embuchar hasta hartarse en el banquete de las frivolidades rebelaisianas. A todo ello el profeta resulta un auténtico “aguafiestas”; porque al pesimista a sueldo que –con los modales de Cioran- pregona la inapetencia por la vida (aunque, como el susodicho, no tienen la osadía de suicidarse), le responderá con la promesa de un Reino tan divino como cierto y asequible. Al chapucero nihilista le cantará el “iustitiæ Domini rectæ lætificantes cordial, et iudicia ejus dulciora super mel et favum: nam et servus tuus custodit ea” del salmo XVIII.
Por eso profetas, en este mundo, hay pocos. Pero su palabra es, tanto como ayer, indispensable en la misión redentora de Dios, en un mundo de extorsionadores, mentirosos, explotadores o cuatreros de las ovejas y -cuando todo esto parece fallar- aviesos asesinos que se esconden en la cobardía multitudinaria de los circos que malfinancian con el fruto de su desvergüenza.

La ceremonia de las oposiciones


Por naturaleza propia, la intelectualidad, en tanto instrumento descontrolado, juguete del ego y la concupiscencia humana, en un despliegue vanidoso de tránsito hacia la nada radical, acostumbra elaborar complicados edificios argumentales con el fin de podrir las raíces mismas de la fe.
El intelecto sabiamente dirigido por el alma, en cambio, sabrá hallar en la purísima intuición que le revela el Absoluto, la verdad que tan solo “ha sido revelada a los humildes y sencillos de este mundo”. Porque la verdadera sabiduría solamente es revelada por Dios a los pobres de espíritu, a los que no viven sino por la Voluntad del Padre, y los que se complacen con sus designios en perfecto anhelo de santidad: “Beati pauperes spiritu, quoniam ipsorum est regnum caelorum” (Mateo V,3).
Muy bien se ha dicho, por esto, que la aparente rivalidad de los ídolos del mundo es, en realidad, la conjura de todos ellos en contra del Absoluto, una fachenda de supuestos conceptos en disputa que solo pretende arrebatarle el protagonismo natural que le corresponde a lo Divino. Bien se ha dicho por esto que el lema demoniaco es “divide y vencerás”, porque ¿acaso no puede el demonio operar esa división sobre sí mismo a fin de sabotear la Unidad Perfecta de lo Divino?
De este modo, la presunta rivalidad, entre una idea política –como los absolutismos pretendidamente dialécticos del materialismo izquierdoso-y otra –como la tirante sumisión del liberalismo o la Escuela económico política de Chicago a los vaivenes de un sistema infeccioso- son dos caras del mismo Incubo: la extirpación del alma. Y es de observar que en ambas caras de este enorme y escalofriante diantre existe un abanico de pretendidas libertades para sus subordinados; libertades que finalmente no son sino una sinuosa ruta con un único destino posible que es el mar de los sargazos, el reino de lo relativo, de lo improbable y lo confuso. El vacío hondo de un alma en tétrica orfandad, en suma. (“Sé lo que hay al final: un montón de roca mas” dice una canción de Christina Rosenvinge en alguno de esos temas suyos, que son velados despliegues de ácido sobre la llamada “Generación X”).
La mente alejada de Dios es propiedad del mundo en cualquiera de las devociones idolátricas que éste presenta en su hoguera de vanidades. La mente divinizada, por el contrario, se ha liberado de ese relativismo que existe en el azaroso parque de diversiones fútiles, para regocijarse mas bien en lo Real. No es raro que entonces el conflicto aparezca, y que ante la duda no quede sino la opción de la radicalidad para quien de veras siente el ímpetu de su primogenitura: “Qui amat animam suam, perdet eam; et, qui odit animam suam in hoc mundo, in vitam aeternam custodit eam.” (Juan XII, 25).
Resulta preciso pues que, en el sendero de la santidad, el devoto se vista de la coraza del valor y aprenda a discernir, si es posible, con esa “santa intolerancia” que tanto menciona san José María Escrivá, de esos afanes mundanos, para preferir las solicitudes divinas.
No se ha prometido un lecho de plumas a los que así lo hacen con portentoso valor: “Si mundus vos odit, scitote quia me priorem vobis odio habuit. Si de mundo fuissetis, mundus quod suum erat diligeret; quia vero de mundo non estis, sed ego elegi vos de mundo, propterea odit vos mundus. Mementote sermonis mei quem ego dixi vobis: Non est servus maior domino suo. Si me persecuti sunt, et vos persequentur; si sermonem meum servaverunt, et vestrum servabunt”. Si el mundo os aborrece, sabed que a mí me aborreció antes que a vosotros. Si fuerais del mundo, el mundo amaría lo suyo; mas porque no sois del mundo, antes yo os elegí del mundo, por eso os aborrece el mundo. Acordaos de la palabra que yo os he dicho: No es el siervo mayor que su señor. Si a mí me han perseguido, también a vosotros perseguirán. (Juan XV, 18-2o).
Pero, como bien dijeron otros mas prudentes que quien esto escribe, estas aflicciones del mundo no son nada en comparación a la inefable dicha del Reino Celeste.
Sabed, sin embargo, hermanos que esta Soberanía se manifiesta también en el tiempo presente para quien de verdad se atreve a vivir de acuerdo a los valores del Dios Absoluto y se complace haciendo Su Voluntad. Porque en la Perfección no puede abundar sino lo Perfecto, y es en Él donde únicamente se conocen la mercedes de una existencia auténticamente vivida.

¿El improbable sendero de la fraternidad?


Como se ha sostenido tantas veces, el ideal de la fraternidad universal halló su perfección en el modelo católico (entendido en cuanto “universal”) propuesto en las primeras comunidades cristianas y del que es posible hallar estelas no solo en las epístolas paulinas, sino en la misma prédica de los evangelios (“vendrán al Reino de Dios gente de oriente y de occidente”).
A San Pablo le correspondió puramente dar forma a esta expectativa fraterna, de tal modo que pudiera el cristianismo naciente, más que como una vía mística o filosófica de vida proponer además una política que, de otro lado, tampoco le fue ajena desde un principio -si bien las características de dicha política son bastante distintas de lo que normalmente se tiende a entender como tal, es decir, desde una perspectiva digamos maquiavélica-. El “gobierno de los pueblos” cristiano es naturalmente teocrático, pero también profundamente conocedor de la realidad humana en la que habrá de desenvolverse, y no evade las ocasiones de proponer soluciones originales para las cuestiones políticas de su tiempo. Y resulta que estas soluciones no han perdido vigencia para quienes han tenido el privilegio de saborear la leche y la miel de la vía mística cristiana.
Si para Pablo, en el Cuerpo que es la Iglesia no halla diferencia el romano del griego, ni el pagano del judío, puesto que todos se hacen uno por el privilegio del Nuevo Pacto; en Juan esta fraternidad es aún más audaz: “Que todos sean Uno así como Dios es Uno”. La fraternidad cristiana es pues, en el discípulo de Patmos, un signo del mandamiento nuevo por el que es indispensable amar al prójimo como a sí mismo, al punto que no es posible ya el distinguir las diferencias entre uno y otro; todo el bien al que se aspira para el alma y el cuerpo propios, son equivalentes al amor que se pretende para cualquiera de los hermanos, y más aún, para cualquier prójimo (“por cuanto todo lo que hicisteis con ellos lo hicisteis conmigo”). La fraternidad cristiana es pues la Perfecta Unidad Mística de un Cuerpo Armonioso –que es la Iglesia-, pero aún más, acepta en su fraternidad a quien no pueda pertenecer a este cuerpo; por un gesto que no solo es de caridad, sino de activa prédica y ejercicio de la fe.
Así lo comprendieron los mejores predicadores de la Colonia que suscribieron los ideales de Fray Bartolomé de las Casas, si bien sus denuedos fueron insuficientes para defender con similar tesón la causa del esclavismo africano –y en este punto no podemos perder de vista la perspectiva histórica de los acontecimientos-; y es ese también el espíritu de la Doctrina Social de la Iglesia, que es ante todo, fraterna y solidaria.
Los recientes conflictos sociales, los acontecimientos confrontacionales de naciones, tribus y razas en el planeta completo nos recuerdan entonces la exacta dimensión que nos aleja del Reino Fraternal. La construcción de este, sin embargo, no parece resultar sencilla en la medida que el ideal fraterno ha sido reemplazado por modelos laicos de “fraternidad”, que si bien proponen paradigmas plausibles, compensa el enorme sacrificio de la vocación solidaria con un esquema de libertad irrestricto al amparo del relativismo moral (todos tienen su verdad y todo es verdad) cuando no, desplazando la plena realización del ser humano en el plano no simplemente material ni psicológico, sino además espiritual, a un mero utilitarismo en función de los requerimientos de la Nación, la Sociedad, el Trabajo, la Historia, o cualquiera de los múltiples ídolos del dogma contemporáneo, es decir, el becerro dorado pop.
Con respecto al conflicto amazónico que oportunamente acallaron las noticias policiales y faranduleras de tinte naranja, no puede sino percibirse la falta de amor, la que procrea la eterna indiferencia que nos impide escuchar “al otro”; y ¿no es la ominosa carencia de caridad (con el otro y consigo mismo) la que destruye el ecosistema en pos de la ambición de los que “acumulan riquezas aquí en la tierra”, caudales que se apolillarán por obra y gracia de los gorgojos políticos que viven de la carroña, y que se robarán esos ladrones modernos que son cualquier transnacional cogida al vuelo o el discurso petate de alguna política de patas sucias? ¿Acaso no es el desconocimiento del reflejo del alma en cada hijo de Dios el que promueve la muerte de los hermanos, el que es capaz de echar un capote sobre cuerpos “desaparecidos”, el que es indiferente al llanto de cualquier Cristo vestido en usanza amazónica o en librea militar. Pero sobretodo qué pensar de todo aquel que luego de esto presuroso se dirige a rezar ante cualquier fetiche de barro, a fin de disimular la culpa –como si en la jurisdicción de los Cielos se aceptaran cohechos con la misma frecuencia que algunos tribunales terrestres -.