Para todo fariseo efectivamente
“el infierno son los otros”.
Y es que este miope no alcanza a
ver que ese lugar ominoso, en donde quedan a punto crocante las almas
disolutas, no simplemente son todo prójimo y hermano mío con sus acciones malas
malas (tres veces malas). ¡El infierno es, en primer lugar, “uno mismo”!
Me refiero al infierno
comprendido como caos psíquico de miedo, egoísmo y de mala voluntad que todos
llevamos dentro en cantidades inconmensurables, y contra la cual hemos de
batallar diariamente con nuestras armas espirituales de la philokalia y la metanoia.
Porque resulta que, en tiempos de
Halloween todos los cristianos emprendemos una cruzada, casi con los tintes
folclóricos de Salem, en contra de los promotores de la “fiesta pagana” de
marras. Y eso está muy bien, porque semejante punto color hormiga del calendario
que, en una sociedad saludable, solo debería servir -a lo sumo- para estimular en
los niños pequeños en su aspecto lúdico, se convierte en aquelarre de
promotores de espectáculos bochornosos y festín diabólico para dueños de
moteles carreteros.
¿Se adora al diablo el 31 de
octubre? Pues es seguro que así es (y con todo lo que el protocolo exige
además). De lo que no estoy seguro es que si ese día se le adora más que en
otras fechas del calendario y, además, por quienes precisamente se declaran, de
lengua para afuera, sus “enemigos”. ¿O no es cierto que algunos hacemos de la
Cuaresma, y aun de la Semana Santa, una prolongación del Carnaval de Río de
Janeiro? ¿O acaso no deberíamos considerar el incluir varias escenas de nuestra
Navidad contemporánea en el tríptico del infierno de El Bosco? Y si a santa
Teresa de Ávila le daba más temor una persona triste que un ejército de
demonios, a mí me produce más pavor un pastor que estropajea los evangelios en
el púlpito que un mocoso escuchando Marilyn Manson.
Que se adora demonios entre
escobas y calabazas de maquillaje estrafalario es una verdad de Perogrullo. Y
en este sentido es muy concreto lo que se dice “Non potestis mensae Domini participes esse et mensae daemoniorum :
No podéis participar de la mesa del Señor y de la mesa de los demonios" (I
Cor X, 21). Pero, ocurre que, más asolapadamente algunos adoramos ese demonio
solemne que es la billetera todopoderosa (Efes 5, 5) en las modernas sinagogas
satánicas que hasta tarjeta de crédito nos ofrecen, y anteponemos todas las
trampas de la dádiva neoliberal al ejercicio de la fe, a la santa caridad con
el prójimo y a la celestial esperanza que todo lo provee.
Otros, que hablan pestes de
Drácula y sus huestes, gustosos le ofrecen toda su aguardo y devoción a figuras políticas
de calculada imagen y prefabricado discurso, olvidándose por completo de
aquello de “Nolite confidere in
principibus in filiis hominum quibus non est salus: No confiéis en los
príncipes, ni en los hijos de los hombres, en los cuales no está la salvación"
(Salmo 145, 2-3). O, en el peor de los casos, se adoran tanto a si mismos, que
de ser posible se prenderían velas en cuanto se miraren al espejo. Porque, sin
medias tintas, se consideran dioses estos discípulos fidelísimos de Nabucco (Ez
28, 2), que solo les falta una marcha de Verdi para subirse corriendo al altar
y salir en procesión. De ellos bien dice el Aquinatense: “Y así obran los que
creen más en su propio sentir que en los preceptos de Dios…se rinden culto como
a dioses; porque siguiendo las delectaciones de la carne, rinden culto a su
cuerpo en lugar de rendírselo a Dios. Dice el Apóstol de ellos en Filip 3, 19:
"Su dios es el vientre".
Por todo ello, es indispensable
pues que el mismo ardor con que combatimos el Halloween, combatamos también la
reunión de diantres que hacen suculenta parrillada en las inmediaciones de
nuestro propio corazón. No sea que, como ya nos advirtió Nietzsche a los
criminólogos, de tanto perseguir a los monstruos terminemos convirtiéndonos en
uno de ellos.
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