Entre las muchas escenas y frases
memorables que la película “El caballero oscuro” nos dejará a los buscadores de
señales del espectro contemporáneo, me quedo con aquella en la que el Guasón
(encarnación para el comic del recurrente paradigma de la sombra de irredención
humana según el programa nihilista de Hobbes; del miedo al caos o al vacío que
sin embargo impregna todos y cada uno de los actos humanos; o de la
imperturbable falta de fe que desencadena en esa absoluta psicopatía que significa
el desarraigo de todo vestigio de conciencia) incendia una ruma de billetes,
inteligentemente obtenidos como carnada para posibles nuevos socios desalmados
-demostrando de ese modo que para el frenesí de caos poco importan los
simulados objetivos-; para, acto seguido, mencionar la ya célebre frase: “¿Por
qué no te cortamos en pedacitos y alimentamos a tus perros? ¿Hmm? Y así
podremos ver como es de leal un perro hambriento "
Para ese Guasón con tufillo
nietzcheniano (" Aquello que no te mata simplemente te
hace..extraño") poco o nada le importa el dinero. Lo que él desea es “ver
el mundo arder”. El dinero en ese afán es tan solo un medio o un
entretenimiento en medio de ese plan. Algo que muy bien define Alfred en la
misma cinta: "Algunos hombres no están buscando nada lógico, por ejemplo
el dinero. No pueden ser comprados, engañados, ni se puede negociar con ellos
"
Tal cual es el programa económico
de Babilonia La Grande. Porque, ciertamente, el dinero no es más que aquello
que se adopta como instrumento de cambio. No tiene en sí, en cuanto dinero,
ninguna corriente misteriosa, ni fuerza magnética. Su valor es de puro cambio:
será, por tanto, mayor o menor cuanto mayor o menor sea la cantidad de cosas
que con su unidad puedan adquirirse. De aquí, que esté hecho para circular,
porque sólo así llena su función esencial de instrumento para permutar las
riquezas naturales, es decir, los productos de la tierra y de la industria.
El dinero por ello no es pues en
si mismo “malo”, del mismo modo que no puede decirse que “la energía” en sí
misma lo sea. Lo pernicioso de ambos elementos radica en su proterva
utilización en primer lugar, y en la dependencia que ellas puedan generar con
respecto del individuo que las posee. “Dar al César lo que es del César” es un
mandamiento evangélico, pero este decreto jamás podría superponerse al
mandamiento más cardinal: El Amor. “Buscad primero el Reino de Dios y su
justicia, y todo lo demás se os dará por añadidura”.
El pecado del joven rico que nos
presenta el evangelio (Mateo 19, 16-22) consiste pues en depender absolutamente
de su patrimonio de tal modo que le resulta irrealizable abandonarla. Esta
condición revela la incapacidad para este pobre aspirante a la Gracia de
trascender la “dependencia”, pero también nos revela su carencia de Fe en la
Redención Crística como posibilidad en la cual son abarcadas todas las
legítimas necesidades humanas. La sujeción de la carne humana a la apariencia
de lo material hace perder de vista, entonces, a los reales afanes del espíritu
que le otorgarían ese real significado a la existencia, y no solo en cuanto
elemento conformante de la sociedad, sino cardinalmente como creatura divina y
átomo portador del “soplo divino” (nephesh chayim) en el Infinito Universo
creado. He allí también el carácter herético en la edificación de las llamadas
“teologías de la prosperidad” de ciertas ramas protestantes.
El Guasón en su incondicional
identificación con el concepto Caos es ciertamente un místico invertido. Solo
alguien como él y un santo verdadero podrían despreciar el dinero con idéntica
convicción. Y es que ambos saben que todo en el solo es apariencia, saben que
su poder está en directa proporción a la dependencia que alguien pueda tener de
él. Ambos están al corriente que el problema no se trata de una colección de
billetes que parecen comprarlo casi todo, el problema es la sed humana que no
se sacia en nada y que a cambio de más identificación más dolor es el que
obtiene.
Sin embargo, en ambos extremos de
la condición humana los derroteros serán distintos: El simbólico “guasón”
imagina que el caos de cada individuo, el egoísmo y la inconsciencia tendrán la
victoria final en esa anarquía zoológica que supone que es la creación humana.
El místico cree y sabe por la experiencia, en cambio, que dicha tendencia
magnética y absorbente puede y debe ser derrotada desde la contemplación y la
batalla que es la “metanoia” del ejercicio cristiano. Tal es la promesa y la
alianza.
Pero entre un guasón y un santo
estarán los muchos: los que simplemente no comprenden ninguna de las
posibilidades que ofrece el descubrimiento de la verdad y que son arrastrados
por la marea de la identificación y por el subsecuente dolor. Ellos son en
primer lugar los que, como ya había observado Aristóteles, comerciaron con el
dinero buscando el lucro: los cambistas o banqueros, con su arte llamada
"nummularia" (Aristóteles, y después de él Santo Tomás y los
escolásticos, llaman pecuniativa artificial a este arte, cuya función propia es
la producción artificial del lucro por el comercio de dinero. Y manifiesta que
esta pecuniativa fundada en el enriquecimiento por el cambio de dinero es
vituperable, como es vituperable y necio el concepto de muchos que imaginan que
sólo el dinero es riqueza). Y en segundo lugar, todos los que caen derrotados
en la fantasía que supone la riqueza dineraria.
Y es el mismo Aristóteles quien
sostiene que el creer que sólo el dinero es riqueza constituye una fatuidad,
puesto que no puede ser verdadera riqueza aquella cuyo valor depende de la
voluntad de los hombres.
La crisis actual nos lo restriega
más que nunca. El derrumbe de la pirámide de Madoff y sus émulos a nivel
mundial, El salvataje de banqueros mafiosos en EEUU y de un sistema sostenido
de dinero inexistente son solo signos catastróficos en ese reino ilusorio que
es Babilonia la Grande: el sistema actual que condena a muerte y a esclavitud a
la gran masa.
Este sistema crea además
necesidades ficticias sin las cuales “la vida sería imposible” y reduce a la
humanidad en su conjunto a una sarta de animales que compran y venden como
desaforados, olvidando por completo su realización en otros planos de la
conciencia. De este modo, el amo del dinero en este reino es la Codicia que ha
inventado la usura: la causa evidente que subyace detrás de el niño abandonado
en la calle, del travesti que se prostituye en las noches en cualquier urbe
contemporánea, del mafioso de un cartel que mata policías en México, o del
político que vende selvas tropicales a multinacionales. Y mientras esa
concupiscencia brutal subsista será imposible la llegada de la “Civitas Dei” en
este planeta o apenas en el corazón de del hombre.
Necesitamos ser pues como El
Guasón, pero al revés: Lo que nos interesa a nosotros es ver el mundo arder…en
fervor divino.
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