miércoles, 21 de octubre de 2009

Los billetes del Guasón


Entre las muchas escenas y frases memorables que la película “El caballero oscuro” nos dejará a los buscadores de señales del espectro contemporáneo, me quedo con aquella en la que el Guasón (encarnación para el comic del recurrente paradigma de la sombra de irredención humana según el programa nihilista de Hobbes; del miedo al caos o al vacío que sin embargo impregna todos y cada uno de los actos humanos; o de la imperturbable falta de fe que desencadena en esa absoluta psicopatía que significa el desarraigo de todo vestigio de conciencia) incendia una ruma de billetes, inteligentemente obtenidos como carnada para posibles nuevos socios desalmados -demostrando de ese modo que para el frenesí de caos poco importan los simulados objetivos-; para, acto seguido, mencionar la ya célebre frase: “¿Por qué no te cortamos en pedacitos y alimentamos a tus perros? ¿Hmm? Y así podremos ver como es de leal un perro hambriento "
Para ese Guasón con tufillo nietzcheniano (" Aquello que no te mata simplemente te hace..extraño") poco o nada le importa el dinero. Lo que él desea es “ver el mundo arder”. El dinero en ese afán es tan solo un medio o un entretenimiento en medio de ese plan. Algo que muy bien define Alfred en la misma cinta: "Algunos hombres no están buscando nada lógico, por ejemplo el dinero. No pueden ser comprados, engañados, ni se puede negociar con ellos "
Tal cual es el programa económico de Babilonia La Grande. Porque, ciertamente, el dinero no es más que aquello que se adopta como instrumento de cambio. No tiene en sí, en cuanto dinero, ninguna corriente misteriosa, ni fuerza magnética. Su valor es de puro cambio: será, por tanto, mayor o menor cuanto mayor o menor sea la cantidad de cosas que con su unidad puedan adquirirse. De aquí, que esté hecho para circular, porque sólo así llena su función esencial de instrumento para permutar las riquezas naturales, es decir, los productos de la tierra y de la industria.
El dinero por ello no es pues en si mismo “malo”, del mismo modo que no puede decirse que “la energía” en sí misma lo sea. Lo pernicioso de ambos elementos radica en su proterva utilización en primer lugar, y en la dependencia que ellas puedan generar con respecto del individuo que las posee. “Dar al César lo que es del César” es un mandamiento evangélico, pero este decreto jamás podría superponerse al mandamiento más cardinal: El Amor. “Buscad primero el Reino de Dios y su justicia, y todo lo demás se os dará por añadidura”.
El pecado del joven rico que nos presenta el evangelio (Mateo 19, 16-22) consiste pues en depender absolutamente de su patrimonio de tal modo que le resulta irrealizable abandonarla. Esta condición revela la incapacidad para este pobre aspirante a la Gracia de trascender la “dependencia”, pero también nos revela su carencia de Fe en la Redención Crística como posibilidad en la cual son abarcadas todas las legítimas necesidades humanas. La sujeción de la carne humana a la apariencia de lo material hace perder de vista, entonces, a los reales afanes del espíritu que le otorgarían ese real significado a la existencia, y no solo en cuanto elemento conformante de la sociedad, sino cardinalmente como creatura divina y átomo portador del “soplo divino” (nephesh chayim) en el Infinito Universo creado. He allí también el carácter herético en la edificación de las llamadas “teologías de la prosperidad” de ciertas ramas protestantes.
El Guasón en su incondicional identificación con el concepto Caos es ciertamente un místico invertido. Solo alguien como él y un santo verdadero podrían despreciar el dinero con idéntica convicción. Y es que ambos saben que todo en el solo es apariencia, saben que su poder está en directa proporción a la dependencia que alguien pueda tener de él. Ambos están al corriente que el problema no se trata de una colección de billetes que parecen comprarlo casi todo, el problema es la sed humana que no se sacia en nada y que a cambio de más identificación más dolor es el que obtiene.
Sin embargo, en ambos extremos de la condición humana los derroteros serán distintos: El simbólico “guasón” imagina que el caos de cada individuo, el egoísmo y la inconsciencia tendrán la victoria final en esa anarquía zoológica que supone que es la creación humana. El místico cree y sabe por la experiencia, en cambio, que dicha tendencia magnética y absorbente puede y debe ser derrotada desde la contemplación y la batalla que es la “metanoia” del ejercicio cristiano. Tal es la promesa y la alianza.
Pero entre un guasón y un santo estarán los muchos: los que simplemente no comprenden ninguna de las posibilidades que ofrece el descubrimiento de la verdad y que son arrastrados por la marea de la identificación y por el subsecuente dolor. Ellos son en primer lugar los que, como ya había observado Aristóteles, comerciaron con el dinero buscando el lucro: los cambistas o banqueros, con su arte llamada "nummularia" (Aristóteles, y después de él Santo Tomás y los escolásticos, llaman pecuniativa artificial a este arte, cuya función propia es la producción artificial del lucro por el comercio de dinero. Y manifiesta que esta pecuniativa fundada en el enriquecimiento por el cambio de dinero es vituperable, como es vituperable y necio el concepto de muchos que imaginan que sólo el dinero es riqueza). Y en segundo lugar, todos los que caen derrotados en la fantasía que supone la riqueza dineraria.
Y es el mismo Aristóteles quien sostiene que el creer que sólo el dinero es riqueza constituye una fatuidad, puesto que no puede ser verdadera riqueza aquella cuyo valor depende de la voluntad de los hombres.
La crisis actual nos lo restriega más que nunca. El derrumbe de la pirámide de Madoff y sus émulos a nivel mundial, El salvataje de banqueros mafiosos en EEUU y de un sistema sostenido de dinero inexistente son solo signos catastróficos en ese reino ilusorio que es Babilonia la Grande: el sistema actual que condena a muerte y a esclavitud a la gran masa.
Este sistema crea además necesidades ficticias sin las cuales “la vida sería imposible” y reduce a la humanidad en su conjunto a una sarta de animales que compran y venden como desaforados, olvidando por completo su realización en otros planos de la conciencia. De este modo, el amo del dinero en este reino es la Codicia que ha inventado la usura: la causa evidente que subyace detrás de el niño abandonado en la calle, del travesti que se prostituye en las noches en cualquier urbe contemporánea, del mafioso de un cartel que mata policías en México, o del político que vende selvas tropicales a multinacionales. Y mientras esa concupiscencia brutal subsista será imposible la llegada de la “Civitas Dei” en este planeta o apenas en el corazón de del hombre.
Necesitamos ser pues como El Guasón, pero al revés: Lo que nos interesa a nosotros es ver el mundo arder…en fervor divino.

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