El primero que me habló
exclusivamente de la risa en lenguaje filosófico fue Bergson. Era una
necesidad, porque en aquel entonces yo tenía como veinte años de edad y venía
de haber abandonado todas mis iglesias –o mejor dicho, todos mis dogmas, como
comprendí luego- y me sentía un poquito huérfano, tal y como solo pueden
sentirse quienes han renunciado alguna vez a sus puntales de tipo político o
religioso luego de una prolongada crisis existencial que no te la paraba ni
Mandrake; y así, queriendo cambiar un poco la atmósfera corrosiva que me
atribulaba, decidí aplicar uno de esos tips “prácticos” que infestan las
revistas tipo “Mens Health”: decidí hacerme caricaturista. Presenté unos
cuantos garabatos, que tenía acumulados de mis ratos de ocio universitario, al
segundo diario más importante de mi ciudad (que para ese entonces habían dos),
y listo: me convertí oficialmente en un “periodista de humor gráfico”, que era
el adjetivo que mi eterno esnobismo había ideado para esas circunstancias especiales.
De la noche a la mañana, sin
embargo, la gente NO me tomó por ilustrado gacetillero como quería, sino mas
bien como una suerte de Melcochita de lápiz tinta. Esto, empezando por los
cotorros de la sala de redacción, quienes comenzaron a solicitarme
exclusivamente cada vez que necesitaban a alguien para que les cuente un
chiste, absolutamente ignorantes, ellos, de mis cuitas existenciales; y luego
también por los coleguitas del campus, que me entronizaron al rol de inventor
de “chapas”, cada vez que un puñetero de la clase así lo requería.
El asunto se hizo tan grave que
ya cada vez me resultaba asaz difícil que alguien me tomara en serio; incluso
si por allí se me ocurría hablar sobre los deshielos árticos, con muerte de
osito y todo.
Por ese entonces, digo, se me
apareció Bergson en la edición de los clásicos filosóficos de Thor para
explicarme algunas cuantas verdades sobre la risa (era necesario, repito; tenía
que ser gracioso o quedarme desempleado). Bergson dijo aquello de que el hombre
no solo no es el único animal que ríe, sino también el único que puede provocar
voluntariamente la risa. Hecho. Pero por propia experiencia corregí al pensador
que el hombre también es el único animal que se acomoda a una mecánica de la
risa, confundiendo el mensaje humorístico con el mensajero. Por lo antes dicho,
la humanidad parece no distinguir mucho estas categorías. Resuelta que el
payaso es más una etiqueta que un disfraz. Y eso ya lo notó Eugenio Derbez
cuando le tocó declarar en una corte, en la que no pararon de reírse ni el
ujier ni los magistrados. Y eso que el buen Derbez no había contado una sola
gracia, ni había hecho una de sus habituales muecas.
Pedir que el respetable
evolucione con respecto de ese objeto falseado del humor-es decir, confundir el
chiste con el “chistoso”, esa efigie graciosa-, es muy difícil. No otro es el
eterno drama del que hablan los poemas y las canciones de payasos. Ya se sabe,
nadie se pregunta que hay debajo de la nariz roja- y ni debería, si es que no
quiere malograrse el chiste-. Pero, al menos las efigies dejarán de ser cuando
la gente se pregunte algo tan simple cómo “¿de qué diablos me estaré riendo?”.
Pero en serio; y eso es demasiado pedir.
Los humoristas han reducido la
risa a unas cuantas fórmulas clásicas ( la exageración, el cambio de contexto,
la paradoja cruel; etc) A todas estas el redundante Bergson le agregaba otras
igualmente interesantes como la famosa “repetición mecánica para seres animados
de circunstancias propias de los seres desprovistos de conciencia” – y que
Chespirito fue uno de los últimos en aplicar, mas no sé si por ser un
comediante nato o por esa afición a las matemáticas que se le conoce
(verbigracia, las chiripiolcas o los eternos “¿Y cómo dije? ¿Y cómo es’”); y
claro, “la puesta en evidencia de los defectos, en cuanto antónimos de la
virtud” (algo que viene desde Moliere).
Cuando se entienden estas leyes
que mueven a la risa lo verdaderamente cómico para un bufo es darse cuenta que
la gente se sigue riendo hasta ahora con las mismas fórmulas de siempre: las
cosquillas cerebrales.
Pero nos reímos. Y eso es muy
bueno, considerando los innegables beneficios salutíferos de la hilaridad.
Aprendida la lección, aprendí a disfrutar de mi nueva condición chocarrera,
medicinal y sociológica.
Sociológica porque en
Latinoamérica, particularmente, yo creo que nos reímos para no morirnos más
rápido; y esta actitud nos acerca a cierta sabiduría cotidiana.
Sofocleto dijo aquello de que la
risa es el camino de vuelta de todos aquellos que transitan llorando, quejándose
y lamentándose: “el cómico se ríe porque sabe que es lo más sensato,
considerando que al final del camino no hay nada “(así era el existencialismo
feliz de don Sofo). Y eso parece válido; no tanto porque no haya nada al final
del camino, sino porque esencialmente mientras estamos acá ( y ojo que se
supone que no sabemos por qué, ni para qué estamos) por lo menos deberíamos
disfrutar de la estancia. O, como decía Cantinflas, “seamos felices, porque si
hemos venido aquí para ser infelices, pos mejor nos regresamos”. Punto.
Por eso, ahora considero que el
destino me puso la risa para liberarme del tenebroso sino de un existencialismo
que pendía sobre mí con la lobreguez de su atmósfera vital. Para eso, supongo,
vino Bergson, luego el “Elogio de la Locura” y también Rabelais: para enseñarme
que el camino a la sabiduría comienza con una simple y gratuita sonrisa.
Y claro, la comedia, como todo
arte que refleja su tiempo, hoy es violenta, procaz y hortera.