A lo lejos, el canto de un pájaro rompe la meditación inconsciente y,
en seguida, el golpe de las trenzas de lluvia sobre el suelo.
No se oye, más allá de eso, ni siquiera un suspiro humano. Nuestra
especie vaga escondida bajo techos y paredes, temerosa y frágil como el hombre
de las cavernas. Nada ha cambiado.
Cuando adolescente, disfrute alguna vez de un baño perfecto y
despreocupado bajo la fuerte llovizna. Aquella vez, el chaparrón me sorprendió
caminando bastante lejos de casa, y en vano traté de protegerme por demasiado
tiempo. Poco a poco, las gotas fueron cubriendo mi cabello, mi piel y mi ropa
hasta convertirme en un pobre muchacho remojado. “Que más da”, pensé. Así que dejé
de cubrirme bajo los aleros de las casas, para entregarme alegremente a ese aguacero
que caía sin pausa. Me fui llenando, entonces, de un placer pocas veces sentido,
de una agradable sensación de plenitud y de unidad con todo lo creado. Una
suerte de nirvana violento y pasajero.
Desde entonces, no he vuelto a repetir aquella experiencia mas que una sola vez.
No me explico la causa de por qué algo que me resultara tan agradable no se me antojó repetirla ya casi nunca más.
Los años pasan y, aunque soy el mismo, tampoco lo
soy.
Esta tarde, mientras cae la lluvia, recuerdo entre brumas, la alegría
de aquella pasajera gloria bajo el agua.