Tal vez Spe Salvi es la Enclicica
de Bendicto XVI que con mayor lucidez permite el diálogo de la teología
cristiana con los más preclaros filósofos modernos y contemporáneo; sirviendo,
además, de excelente vehículo para la indagación en la cuestión de la esperanza
(esa última calamidad en la caja de Pandora, según Nietzche), el don-virtud del
Espíritu Santo.
De todos los que pasan por allí
tal vez sea la mención de Marx la que mas revuelo ha generado entre los
aficionados a los brillantes razonamientos de Su Santidad. Y si bien el
economista de Tréveris ya había sido mentado en otra encíclica -"Deus est
Caritas"- , en esa ocasión profundiza en el espíritu de Marx. Este
análisis se realiza en dos niveles; primero valorando su decidida apuesta por
la justicia y por la igualdad, así como también reconociendo los agudos
análisis de Engels sobre la situación de la clase proletaria, pero criticando
la mística de plático que inunda el marxismo, traducida en los dogmas del materialismo
histórico y dialéctico que la fundamentan.
Leemos así:
20.“Con precisión puntual, aunque de modo unilateral y parcial, Marx ha
descrito la situación de su tiempo y ha ilustrado con gran capacidad analítica
los cambios hacia la revolución, y no sólo teóricamente: con el partido
comunista, nacido del manifiesto de 1848, dio inicio también concretamente a la
revolución. Su promesa, gracias a la agudeza de sus análisis y a la clara
indicación de los instrumentos para el cambio radical, fascinó y fascina
todavía de nuevo. Después, la revolución se implantó también de manera más
radical en Rusia”
Pero es enfático en afirmar:
21. Pero con su victoria se puso de manifiesto también el error
fundamental de Marx. Él indicó con exactitud cómo lograr el cambio total de la
situación. Pero no nos dijo cómo se debería proceder después. Suponía
simplemente que, con la expropiación de la clase dominante, con la caída del
poder político y con la socialización de los medios de producción, se
establecería la Nueva Jerusalén. En efecto, entonces se anularían todas las
contradicciones, por fin el hombre y el mundo habrían visto claramente en sí
mismos. Entonces todo podría proceder por sí mismo por el recto camino, porque
todo pertenecería a todos y todos querrían lo mejor unos para otros. Así, tras
el éxito de la revolución, Lenin pudo percatarse de que en los escritos del
maestro no había ninguna indicación sobre cómo proceder. Había hablado
ciertamente de la fase intermedia de la dictadura del proletariado como de una
necesidad que, sin embargo, en un segundo momento se habría demostrado caduca
por sí misma. Esta « fase intermedia » la conocemos muy bien y también sabemos
cuál ha sido su desarrollo posterior: en lugar de alumbrar un mundo sano, ha
dejado tras de sí una destrucción desoladora. El error de Marx no consiste sólo
en no haber ideado los ordenamientos necesarios para el nuevo mundo; en éste,
en efecto, ya no habría necesidad de ellos. Que no diga nada de eso es una
consecuencia lógica de su planteamiento. Su error está más al fondo. Ha
olvidado que el hombre es siempre hombre. Ha olvidado al hombre y ha olvidado
su libertad. Ha olvidado que la libertad es siempre libertad, incluso para el
mal. Creyó que, una vez solucionada la economía, todo quedaría solucionado. Su
verdadero error es el materialismo: en efecto, el hombre no es sólo el producto
de condiciones económicas y no es posible curarlo sólo desde fuera, creando condiciones
económicas favorables.
Como dice Francesc Torrealva, Con
suma finura intelectual,(Benedicto XVI) no cae en la trampa de criticar a Marx
por sus consecuencias históricas, pues siempre se podría argüir que los
sistemas totalitarios que derivaron de él fueron, de hecho, una adulteración o
peor todavía una instrumentalización de la filosofía de Marx. Y en parte, se
debe reconocer, que así fue...La crítica va a la entraña de su pensamiento, al
nivel más antropológico. "El ser humano no se puede reducir a un simple
conglomerado de determinaciones sociales y económicas y, menos aún, a pura
materia en movimiento. En él subsiste una semilla de eternidad que nada puede
colmar en este mundo."
El estudio de Benedicto XVI nos
permite a su vez, profundizar en otro concepto manejado desde la lógica
marxista y que ha devenido en sinónimo del valor cristiano por antonomasia (al
menos en el católico y post-gnóstico) que es el de la solidaridad. Un buen
análisis del mismo ha sido desarrollado por Jorge Enrique Mujica:
El concepto de solidaridad fue
desarrollado inicialmente por P. Lerou en el ámbito del socialismo originario.
Fue concebido como un concepto laico opuesto a la idea cristiana del amor. En
ese contexto, la solidaridad fue pensada como una nueva respuesta, efectiva y
racional, a los problemas sociales.
Karl Marx creyó que había llegado
el momento de dar una solución práctica a la pobreza en el mundo. Según él, el
cristianismo había tenido milenio y medio para mostrar su eficacia, y no la
había logrado. Era hora de recorrer otros caminos.
Así, el socialismo se presentó
como solidaridad, como una forma del todo original y a-religiosa por la que la
igualdad entre todos los hombres, la paz y el final de la pobreza, serían
logradas. ¿Sucedió efectivamente así? Hoy conocemos la tristeza y la desolación
que una teoría sin Dios y una praxis atea dejaron en los países que abrazaron o
a los que se les impuso el socialismo.
¿Qué falló? ¿Efectivamente el
cristianismo había sucumbido y se había mostrado ineficaz? No cabe duda que la
intención socialista plasmada en el concepto de solidaridad era del todo justa.
Sin embargo, carecía de una base y de una visión más amplia del hombre mismo.
Marx “indicó cómo lograr el cambio total de la situación. Pero no nos dijo cómo
se debería proceder después. Suponía […] que […] con la socialización de los
medios de producción, se establecería la Nueva Jerusalén. En efecto, por fin el
hombre y el mundo habrían visto claramente en sí mismos. Entonces todo podría
proceder por sí mismo por el recto camino, porque todo pertenecería a todos y
todos querrían lo mejor unos para otros” (Benedicto XVI, Spe Salvi n. 21).
El error del marxismo estribó en
el olvido de que “el hombre es siempre hombre. Ha olvidado al hombre y ha
olvidado su libertad. Ha olvidado que la libertad es siempre libertad, incluso
para el mal. Creyó que, una vez solucionada la economía, todo quedaría
solucionado. Su verdadero error es el materialismo” (Benedicto XVI, Spe Salvi
n. 21)
Esa base que le faltaba al
concepto de solidaridad estaba ya en la idea cristiana de amor. Fue
precisamente por este motivo que la solidaridad pudo ser acogida dentro del
catolicismo y mostrarse como una consecuencia de esa caridad que es médula de
toda la fe cristiana. Fue así que la solidaridad fue bautizada.
El amor o caridad cristiana, más
que ineficacia, había puesto de manifiesto la necesidad y urgencia de ser
comprendida correctamente y asumir con responsabilidad sus implicaciones. La
caridad ya llevaba implícito el efecto de “dar” sobre el que giraba la
solidaridad. Pero el “dar” cristiano de la caridad no se vinculaba
exclusivamente al aspecto material, lo comprendía pero partía y tendía a otro más
necesario y de acuerdo a la naturaleza del hombre, el espiritual.
Desde el momento en que la
solidaridad entró a formar parte del patrimonio cristiano, su significación se
enriqueció al ampliarse. Ahora, “solidaridad significa que uno se hace responsable
de los otros, el sano del enfermo, el rico del pobre, los países del norte de
los países del sur. Significa que se es consciente de la responsabilidad mutua
y que somos conscientes de que recibimos en tanto que damos, y que siempre
podemos dar sólo lo que nos ha sido dado y que por eso jamás nos pertenecemos
solamente a nosotros” (en J. Ratzinger, Caminos de Jesucristo, Cristiandad, p.
117).
La solidaridad cristiana es mucho
más que un dar materialista pero tampoco permanece en un acompañar pasivo sin
hechos concretos que influyan positivamente en alguien, de acuerdo a su
dignidad de ser humano. La solidaridad cristiana es acción porque parte de la
contemplación; es palabra pero también es obra. Es compañía, es presencia, pero
también es consecuencia hecha acción que repercute para bien.
La Eucaristía es el testimonio
más grande de solidaridad. Como consecuencia del amor, en ella se encuentran al
unísono el “dar” espiritual y material del único Dios que se hace presencia y
se da como alimento. La Eucaristía es el acto más grande de solidaridad. No
podía ser de otra manera: es Dios mismo quien acompaña y sacia.
El cristiano, como imagen y
semejanza de Dios, está llamado a vivir esa solidaridad. Es obvio que no podrá
imitarse la actitud divina mientras no hayamos interiorizado previamente el
ejemplo de ese Dios que se hace solidaridad en la Eucaristía. La meditación de
su entrega generosa será la fuente y el motor que nos lleven a asumir este
compromiso y, precisamente así, podremos vivir auténticamente la
caridad-solidaridad cristiana respecto a nuestros prójimos y a nuestros
próximos.