lunes, 20 de abril de 2009

Sobre agua de renunciación


Remojar los pies en las aguas de la renunciación, significa para los místicos de la poesía simbólica, el acto fundamental en el sendero hacia la santidad. De este modo, el único motivo por el cual la vida merece la pena ser vivida se inicia con un hecho trascendente y hondamente significativo que es el bautizo; pero no hablemos ya de ese sacramento simbólico de nuestros amadísimos ritos cristianos, hablamos del profundo bautismo íntimo asumido como plena voluntad de emprender el estrecho sendero de la realización del Alma en el Amor Sublime de Cristo.
Al respecto no está de más referir aquí la conocida anécdota atribuida al perspicaz san Atanasio, quien en una de sus homilías relató la visión según la cual este había logrado aproximarse a los portales del Cielo, en donde se encontró con San Pedro, quien como guardián suyo, se encontraba en ella. Refería que en aquella ocasión, en lugar de una complaciente sonrisa, mostraba el santo pescador de hombres un adusto gesto, y encarándosele dijo: “Atanasio, ¿por qué continuamente enviándome estás estos sacos vacíos, sellados con esmero; pero que nada contienen”. Con ello, Atanasio criticaba el mero formalismo en que había caído en no pocos fieles el acto del bautismo desprovisto de la auténtica conversión íntima. Las cosas, naturalmente parecen haber cambiado bastante poco desde aquel entonces.
Empero esta recepción del "hombre del corazón que está encubierto" (I. San Pedro, III, 4) implica la profunda transformación del hombre antiguo. Aquello resultaría imposible sin la humildad y la reconquista de la sencillez, del encanto por lo novedoso que implica la reconquista de la Sagrada Infancia Interior. Hasta aquí el signo del odre nuevo que debe recibir el vino nuevo para su plena realización. La metanoia del alma solo es posible pues en mérito a la humildad del salmista que abandona toda su voluntad a la de Dios.
Bien se ha dicho que humildad proviene de “humus”; vale decir, la tierra fértil que hace posible el nacimiento de un árbol, de una higuera que no solo da sombra, sino que además da frutos “y abundantes primaveras” de tipo espiritual. Es en aquel humus donde muere en principio la semilla antigua y da paso al brote nuevo que dirige sus hojas al Sol, que es la Luz del Mundo. Y que desde entonces quien siga aquella Luz simbólica no andará ya más en las tinieblas.
Con ello no desacreditaría jamás la eficacia del signo sacramental del bautismo de nuestros cultos cristianos como mecanismos eficaces de comunicación entre este mundo visible y los aparentemente “invisibles” mundos espirituales; la majestad de los misterios como medios eficaces de comunicarse la Gracia a los fieles de todo tiempo y espacio. Simplemente manifiesto que es en la mística inocencia del reconocimiento sublime de nuestra insignificancia en tanto entes ajenos a Dios que es posible emprender la sagrada senda de la realización del alma.

miércoles, 15 de abril de 2009

Los peritos impertinentes


En el último número de “Popular Mechanics”, con la re-exposición del conocido y vergonzante caso de Roy Brown, se vuelve a poner en seria duda lo controversial que resultan las conclusiones de no pocos dictámenes periciales de “ciencia forense” en la aplicación de sanciones penales que pretenden satisfacer el ideal “justicia” dentro del contexto del dogma de “contrato social” que han asumido nuestros estados.
En efecto, la finalidad persecutoria, castigadora (punitiva) y, en muchos casos, la presión social de un porcentaje de la nación por una respuesta tan “efectiva” como “demagógica”, se han antepuesto a la finalidad esencial de los estados de salvaguardar la integridad de todos y cada uno de sus ciudadanos. Así, el sistema parece soslayar que dentro de este propósito está el de amparar también los derechos esenciales (vida, salud, libertad) de los propios sospechosos de haber cometido una acción punible, en tanto personas humanas y componentes de la sociedad.
Como saben algunos, en ese emblemático caso, el señor Brown pasó quince años de prisión siendo inocente en razón a una sentencia motivada esencialmente por un dictamen pericial del dentista Edward Mofson.
Es cierto que nuestro sistema posee salvaguardias legales que amparan más efectivamente los derechos de los procesados en estos casos, de tal modo que nuestros sistemas penales normalmente prefieren –al menos en teoría- “liberar a un culpable que encarcelar a un inocente”; todo lo cual no ha sido óbice para sobrepoblar nuestras penitenciarias de santos mártires e inundar las calles de maleantes convictos y confesos. Pero no es menos cierto tampoco que entre nuestros magistrados se ha colado el infeccioso dogma de dejar el veredicto final de las pruebas a dictámenes periciales que, generalmente, tienen pocas oportunidades de ser refutados.
Juegan en contra la sobrecarga procesal que impide un conocimiento juicioso de los asuntos materia de litis, pero también la probada “impericia de los peritos” para la enorme mayoría de procesos, de tal modo que solo suelen ser adecuadamente seguidos aquellos que concitan la expectación de cierto sector del morbo militante y los plumíferos de las redacciones de la sección policiales. Agréguese a ello la limitada cantidad de peritos y que los ya pocos que hay normalmente no se abastecen con la cantidad de tareas encomendadas.
El dogma de la ciencia penal se desbarata cuando nos enteramos que estos sistemas son absolutamente deficientes, que no han sido desarrollados por auténticos científicos y que los procedimientos reales, tanto en el lugar de los hechos como en los laboratorios, poco o nada tienen que ver con la espectacularidad casi marciana que pretenden mostrar las series de televisión policial (tipo CSI) los mismos que, en gran medida, han inoculado ese pernicioso dogma entre los juzgadores.
Las patinadas de la llamada ciencia penal son tan bochornosas que ha tenido estrepitosos gazapos incluso en asuntos tan de dominio público como el 11S o el 11M.
Esperemos pues que la progresiva adecuación de nuestro sistema nuevo procesal penal evalúe seriamente estos garrafales errores que han acaecido en el “todopoderoso” y reverenciado sistema anglosajón ( ese sistema que sigue matando inocentes por criterios que normalmente no suelen ser más que prejuicios y en donde la llamada “ciencia forense” se presta a las convicciones de la masa ignorante y al perro muerto que pretende vender los alguaciles del Oeste que sostienen su respectivo sistema) ¿O acaso el mismo Obama no se ha visto amenazado con convertirse en el nuevo habitante del panteón una vez que pretendió investigar los aquelarres cochambrosos de la CIA?
Tarea pendiente para magistrados. Pero esencialmente para policías y abogados.

El profeta y la profecía


La disciplina de la metanoia, la perseverancia virtuosa del corazón que se regocija en la Paz del Absoluto, esa odisea del alma en pos de su Morada Suprema, en suma, exige no solo de asistencia de una disciplinada vocación mística, capaz de alimentarse en los pequeños instantes cotidianos de diversos motivos que sean capaces de perfeccionar su fe y su disposición para la Gracia, por un lado, y de la asistencia paciente de de un pastor valiente y comprometido con la Obra del Maestro por el otro.
No. Esa senda estrecha demanda además de la fuerza vivificante que solo puede ser concedida por la Palabra Profética. Es allí donde radica aquel impulso capaz de empujar los sutiles engranajes que transportan al amoroso sendero de la reunión en la Casa Paterna. Es en ella donde se señala, sin titubeo, las faltas y omisiones en los que pudiera incurrir un corazón que ya demasiado ardiente en su búsqueda y, mirando las estrellas, no se hubiera prevenido de los hoyos del camino; o que también, apresado por la pereza que desgasta el sublime impulso, se haya solazado en los embelecos de las múltiples tentaciones del desierto.
Esa voz estará allí también para señalar, acusar y denostar en contra de los enemigos de la Obra del Padre, los que se han conjurado en su adoración de todos los ídolos (el materialismo, la vanidad, el relativismo, etc.) y que pretenden impedir con sus mil adminículos la plena realización del ser humano en su aspecto material (ese derecho divino a disfrutar de una vida digna y saludable en la perfecta caridad universal y que tan bien prefigura la Doctrina social de las Iglesia), pero sobretodo espiritual (la única empresa útil que constituye la santidad). Y es entonces que, como decía Pascal, “es la caridad la que juzga los verdaderos milagros”.
El auténtico profeta no es, ni siquiera aproximadamente, un agorero del porvenir o un taumaturgo del oráculo que tiene la garantía de la inerrancia divina. Ese mero aspecto –si bien es real y sin discusión- lo es en un sentido secundario a la verdadera acción profética. Porque el profeta es el que “habla por otro”, y ese otro no es sino Dios mismo queriendo manifestar su Voluntad en la permanente perfección de su obra salvadora. Al profeta en este camino le resultará preciso señalar, denunciar y protestar, aun a riesgo de no parecer simpático a las muchedumbres esclavizadas ante la Gran Bestia del Mundo. Porque resultaría muy fácil para cualquiera caer en la tentación de ser el “popular de la fiesta”, vestirse de lentejuelas y celebrar, junto a todos, la bacanal de la inmundicia y el carnaval del hedonismo, retozar en el aquelarre de la indiferencia y embuchar hasta hartarse en el banquete de las frivolidades rebelaisianas. A todo ello el profeta resulta un auténtico “aguafiestas”; porque al pesimista a sueldo que –con los modales de Cioran- pregona la inapetencia por la vida (aunque, como el susodicho, no tienen la osadía de suicidarse), le responderá con la promesa de un Reino tan divino como cierto y asequible. Al chapucero nihilista le cantará el “iustitiæ Domini rectæ lætificantes cordial, et iudicia ejus dulciora super mel et favum: nam et servus tuus custodit ea” del salmo XVIII.
Por eso profetas, en este mundo, hay pocos. Pero su palabra es, tanto como ayer, indispensable en la misión redentora de Dios, en un mundo de extorsionadores, mentirosos, explotadores o cuatreros de las ovejas y -cuando todo esto parece fallar- aviesos asesinos que se esconden en la cobardía multitudinaria de los circos que malfinancian con el fruto de su desvergüenza.

La ceremonia de las oposiciones


Por naturaleza propia, la intelectualidad, en tanto instrumento descontrolado, juguete del ego y la concupiscencia humana, en un despliegue vanidoso de tránsito hacia la nada radical, acostumbra elaborar complicados edificios argumentales con el fin de podrir las raíces mismas de la fe.
El intelecto sabiamente dirigido por el alma, en cambio, sabrá hallar en la purísima intuición que le revela el Absoluto, la verdad que tan solo “ha sido revelada a los humildes y sencillos de este mundo”. Porque la verdadera sabiduría solamente es revelada por Dios a los pobres de espíritu, a los que no viven sino por la Voluntad del Padre, y los que se complacen con sus designios en perfecto anhelo de santidad: “Beati pauperes spiritu, quoniam ipsorum est regnum caelorum” (Mateo V,3).
Muy bien se ha dicho, por esto, que la aparente rivalidad de los ídolos del mundo es, en realidad, la conjura de todos ellos en contra del Absoluto, una fachenda de supuestos conceptos en disputa que solo pretende arrebatarle el protagonismo natural que le corresponde a lo Divino. Bien se ha dicho por esto que el lema demoniaco es “divide y vencerás”, porque ¿acaso no puede el demonio operar esa división sobre sí mismo a fin de sabotear la Unidad Perfecta de lo Divino?
De este modo, la presunta rivalidad, entre una idea política –como los absolutismos pretendidamente dialécticos del materialismo izquierdoso-y otra –como la tirante sumisión del liberalismo o la Escuela económico política de Chicago a los vaivenes de un sistema infeccioso- son dos caras del mismo Incubo: la extirpación del alma. Y es de observar que en ambas caras de este enorme y escalofriante diantre existe un abanico de pretendidas libertades para sus subordinados; libertades que finalmente no son sino una sinuosa ruta con un único destino posible que es el mar de los sargazos, el reino de lo relativo, de lo improbable y lo confuso. El vacío hondo de un alma en tétrica orfandad, en suma. (“Sé lo que hay al final: un montón de roca mas” dice una canción de Christina Rosenvinge en alguno de esos temas suyos, que son velados despliegues de ácido sobre la llamada “Generación X”).
La mente alejada de Dios es propiedad del mundo en cualquiera de las devociones idolátricas que éste presenta en su hoguera de vanidades. La mente divinizada, por el contrario, se ha liberado de ese relativismo que existe en el azaroso parque de diversiones fútiles, para regocijarse mas bien en lo Real. No es raro que entonces el conflicto aparezca, y que ante la duda no quede sino la opción de la radicalidad para quien de veras siente el ímpetu de su primogenitura: “Qui amat animam suam, perdet eam; et, qui odit animam suam in hoc mundo, in vitam aeternam custodit eam.” (Juan XII, 25).
Resulta preciso pues que, en el sendero de la santidad, el devoto se vista de la coraza del valor y aprenda a discernir, si es posible, con esa “santa intolerancia” que tanto menciona san José María Escrivá, de esos afanes mundanos, para preferir las solicitudes divinas.
No se ha prometido un lecho de plumas a los que así lo hacen con portentoso valor: “Si mundus vos odit, scitote quia me priorem vobis odio habuit. Si de mundo fuissetis, mundus quod suum erat diligeret; quia vero de mundo non estis, sed ego elegi vos de mundo, propterea odit vos mundus. Mementote sermonis mei quem ego dixi vobis: Non est servus maior domino suo. Si me persecuti sunt, et vos persequentur; si sermonem meum servaverunt, et vestrum servabunt”. Si el mundo os aborrece, sabed que a mí me aborreció antes que a vosotros. Si fuerais del mundo, el mundo amaría lo suyo; mas porque no sois del mundo, antes yo os elegí del mundo, por eso os aborrece el mundo. Acordaos de la palabra que yo os he dicho: No es el siervo mayor que su señor. Si a mí me han perseguido, también a vosotros perseguirán. (Juan XV, 18-2o).
Pero, como bien dijeron otros mas prudentes que quien esto escribe, estas aflicciones del mundo no son nada en comparación a la inefable dicha del Reino Celeste.
Sabed, sin embargo, hermanos que esta Soberanía se manifiesta también en el tiempo presente para quien de verdad se atreve a vivir de acuerdo a los valores del Dios Absoluto y se complace haciendo Su Voluntad. Porque en la Perfección no puede abundar sino lo Perfecto, y es en Él donde únicamente se conocen la mercedes de una existencia auténticamente vivida.

¿El improbable sendero de la fraternidad?


Como se ha sostenido tantas veces, el ideal de la fraternidad universal halló su perfección en el modelo católico (entendido en cuanto “universal”) propuesto en las primeras comunidades cristianas y del que es posible hallar estelas no solo en las epístolas paulinas, sino en la misma prédica de los evangelios (“vendrán al Reino de Dios gente de oriente y de occidente”).
A San Pablo le correspondió puramente dar forma a esta expectativa fraterna, de tal modo que pudiera el cristianismo naciente, más que como una vía mística o filosófica de vida proponer además una política que, de otro lado, tampoco le fue ajena desde un principio -si bien las características de dicha política son bastante distintas de lo que normalmente se tiende a entender como tal, es decir, desde una perspectiva digamos maquiavélica-. El “gobierno de los pueblos” cristiano es naturalmente teocrático, pero también profundamente conocedor de la realidad humana en la que habrá de desenvolverse, y no evade las ocasiones de proponer soluciones originales para las cuestiones políticas de su tiempo. Y resulta que estas soluciones no han perdido vigencia para quienes han tenido el privilegio de saborear la leche y la miel de la vía mística cristiana.
Si para Pablo, en el Cuerpo que es la Iglesia no halla diferencia el romano del griego, ni el pagano del judío, puesto que todos se hacen uno por el privilegio del Nuevo Pacto; en Juan esta fraternidad es aún más audaz: “Que todos sean Uno así como Dios es Uno”. La fraternidad cristiana es pues, en el discípulo de Patmos, un signo del mandamiento nuevo por el que es indispensable amar al prójimo como a sí mismo, al punto que no es posible ya el distinguir las diferencias entre uno y otro; todo el bien al que se aspira para el alma y el cuerpo propios, son equivalentes al amor que se pretende para cualquiera de los hermanos, y más aún, para cualquier prójimo (“por cuanto todo lo que hicisteis con ellos lo hicisteis conmigo”). La fraternidad cristiana es pues la Perfecta Unidad Mística de un Cuerpo Armonioso –que es la Iglesia-, pero aún más, acepta en su fraternidad a quien no pueda pertenecer a este cuerpo; por un gesto que no solo es de caridad, sino de activa prédica y ejercicio de la fe.
Así lo comprendieron los mejores predicadores de la Colonia que suscribieron los ideales de Fray Bartolomé de las Casas, si bien sus denuedos fueron insuficientes para defender con similar tesón la causa del esclavismo africano –y en este punto no podemos perder de vista la perspectiva histórica de los acontecimientos-; y es ese también el espíritu de la Doctrina Social de la Iglesia, que es ante todo, fraterna y solidaria.
Los recientes conflictos sociales, los acontecimientos confrontacionales de naciones, tribus y razas en el planeta completo nos recuerdan entonces la exacta dimensión que nos aleja del Reino Fraternal. La construcción de este, sin embargo, no parece resultar sencilla en la medida que el ideal fraterno ha sido reemplazado por modelos laicos de “fraternidad”, que si bien proponen paradigmas plausibles, compensa el enorme sacrificio de la vocación solidaria con un esquema de libertad irrestricto al amparo del relativismo moral (todos tienen su verdad y todo es verdad) cuando no, desplazando la plena realización del ser humano en el plano no simplemente material ni psicológico, sino además espiritual, a un mero utilitarismo en función de los requerimientos de la Nación, la Sociedad, el Trabajo, la Historia, o cualquiera de los múltiples ídolos del dogma contemporáneo, es decir, el becerro dorado pop.
Con respecto al conflicto amazónico que oportunamente acallaron las noticias policiales y faranduleras de tinte naranja, no puede sino percibirse la falta de amor, la que procrea la eterna indiferencia que nos impide escuchar “al otro”; y ¿no es la ominosa carencia de caridad (con el otro y consigo mismo) la que destruye el ecosistema en pos de la ambición de los que “acumulan riquezas aquí en la tierra”, caudales que se apolillarán por obra y gracia de los gorgojos políticos que viven de la carroña, y que se robarán esos ladrones modernos que son cualquier transnacional cogida al vuelo o el discurso petate de alguna política de patas sucias? ¿Acaso no es el desconocimiento del reflejo del alma en cada hijo de Dios el que promueve la muerte de los hermanos, el que es capaz de echar un capote sobre cuerpos “desaparecidos”, el que es indiferente al llanto de cualquier Cristo vestido en usanza amazónica o en librea militar. Pero sobretodo qué pensar de todo aquel que luego de esto presuroso se dirige a rezar ante cualquier fetiche de barro, a fin de disimular la culpa –como si en la jurisdicción de los Cielos se aceptaran cohechos con la misma frecuencia que algunos tribunales terrestres -.

martes, 14 de abril de 2009

La libertad de transformar


La poesía es un intento de aproximación a lo absoluto por medio de los símbolos, decía el viejo Juan Ramón Jiménez. Y bien, es que reflexionar con respecto al misterio de la creación artística remonta a los corazones contemplativos a inspirados hacia aquel lugar de la propia razón en donde desaparece todo cuanto existe de contingente y mediocre de lo cotidiano, para dar paso, en mérito de la Suprema voluntad al acto de transformar.
Sí, de transformar; porque en los términos estrictamente metafísicos, y que luego fueron asumidos por los patrones estéticos de la escolástica latina, no es al artista a quien le compete la Creación, porque éste es atributo exclusivo de aquello que en griego koiné se ha denominado “Hagios” y que entre nosotros se refiere como “Absoluto”. A nuestra razón y la emoción humana perfectamente conjugadas compete exclusivamente ese otro vocablo que se denomina “transformar”. Transformar impresiones pre existentes en objetos nuevos y sensibles, más o menos perfectos (llamémosles “estéticos”); le toca transmutar aquellas emociones e impulsos primitivos, que lucen disgregados y amorfos, en palabras que hilvanarán luego el vino destilado de un poema que surge tal vez para cumplir un rol de exorcismo interior, para transformar esa materia prima en melodías que decodificarán la memoria , en talladuras o acuarelas que oportunamente perfeccionará el tiempo, ese gran censor de las artes , pero también alguna emoción receptora (y bastará una sola para el gran artista), y se cerrará así en este perfecto ciclo de la comunicación íntima. Pues, como decía Novalis, cuando un poeta canta estamos en sus manos: él es el que sabe despertar en nosotros aquellas fuerzas secretas; sus palabras nos descubren un mundo maravilloso que antes no conocíamos.
Lamentablemente el mundo del arte contemporáneo, tan patógeno como casi todo lo que osa asomar por la ventana de los tiempos que corren; tiempos en que todo parece haberse diseñado para desafiar y, en última instancia, negar ese grato impulso transformador al que nos estuvimos refiriendo. Si Tagore dijo que la poesía es el eco de la melodía del universo en el corazón de los humanos; los métodos modernos son la molesta interferencia que se han concebido para impedir esa consonancia. Porque con ello se infunde en el alma de nuestros modernos alquimistas del verbo el enfermante sentido de la comparación, sentido que a la larga solo produce la putrefacción casi irreversible del alma. Se estimula el vicio mortal de la competencia bajo los cánones de una supuesta Academia Suprema que tiene más en común con don Corleone que con Alighieri. El sistema artístico moderno, aparte de buscar el hedonismo y la molicie del espíritu, invita además a la almoneda del alma en el mercado de los valores; se encorseta la libertad de creación a dogmas mórbidos y castrantes, con los mismos modales que la más común de las sectas.
A todos esos males del arte contemporáneo, la verdad, yo prefiero la inspiración pura, transparente y sincera de Nilthon Vílchez Bruno. Porque nuestro amigo no necesita ensalzar la locura ninguna psicopatología para satisfacer la peste que diezma la creatividad en casi la unanimidad los círculos. Nilthon nos ofrece la magia simple de unos versos amorosos colocados significativamente a lado de la vieja incógnita humana, prefiere la añoranza de un paisaje infantil con perfume de llantén verde y lealtad vital a hurgar en los recovecos mugrientos que tanto estiman los profesores coprófagos, nuestro amigo prefiere la sabiduría de los adagios populares e incluso la raigambre de los remedios hechos en casa.
Nos recuerda con esto, aquello que siempre supieron los pocos sabios que en el mundo han sido: que la verdad siempre es simple. Palmario y bello como los refranes, como los conjuros de los abuelos que llegan en el momento preciso, como ver tornarse el sol en arrebol y concebir el misterio del universo en una paleta de colores. Y es en esa transparencia del alma donde es posible ser y crecer de verdad, desprovisto no solo de angustias, sino esencialmente de esos sentimientos viles que han signado a los artistas de este tiempo. Y bien es sabido que un alma que alberga sentimientos viles no brilla, y un alma sin brillo es un peso para quien lo soporta. Y porque un poema, como dijo Robert Penn Warren, no es algo que se ve, sino la luz que nos permite ver. Y lo que vemos es la vida.
Y eso lo digo porque a mí también me produce desazón la miserable celebridad y la negación evidente de la vida en tantos de aquellos de los que el mundo aplaude.
Cuando no existía imprentas, ni premios loquesea, ni círculos compinches, ni mafias politicoides, ni lobbies madrileños, ¿Qué había?...Había poesía. Y eso era bastante. Y así, a pesar de todo, nos ha llegado el perfume de la poesía griega, la verdad de los versos del Indostán y la gracia de las coplas anteriores a Gutenberg. Porque, además, amigos míos, estos poemas supieron imprimirse allí donde no operan las logias de la pose ni la presunción que es siempre vacía: el corazón del pueblo.
Y esa es la poesía que yo quiero; esa también la que deseo para mi pueblo triste. Esa para la que reivindico para los corazones atarantados de las aulas.

 (Discurso leído en la presentación del poemario "Mis Primeras Soledades" de Nilthon Vílchez el martes 14 de abril; apropiado también para la celebración del día del poeta)

martes, 7 de abril de 2009

Hypatia y la antipatía


Los talibanes de cierto fundamentalismo que pretende ser científico (pero que pasa por el alto el rigor que exige la perspectiva histórica y sociopolítica) han pintado a Hypatía, la genial matemática, astrónoma y filósofa que descolló en Alejandría en el siglo IV, como una mártir de las ciencias que fue inmolada por “cristianos bárbaros e incultos, presas del fanatismo de su fe”. Así, el historiador McCabe no vacila en referir: “El Imperio romano se estaba convirtiendo al cristianismo, y era muy frecuente que los cristianos celosos sólo vieran herejía y maldad en las matemáticas y la ciencia: "los 'matemáticos' debían ser destrozados por las bestias salvajes, o bien quemados vivos" (p. 271).
Ignoran o pretenden disolver en sutiles juegos verbales estas personas que el análisis objetivo de la historia se ha de hacer en perspectiva a sus respectivos contextos a fin de no caer en una falta de apasionamiento sumamente perniciosa para los fines de su disciplina. ¿Sería inteligente analizar las guerras púnicas con los alcances del Pacto de Ginebra? ¿Las conclusiones doctrinales de Vaticano II serían exigibles para sentenciar la excomunión a Lutero? ¿No sería una estupidez mencionar la Convención de Derechos Humanos para evaluar la conquista de América? Como se ve, los hechos históricos, con toda la torpeza y la grandeza de su curso, se suceden en una evolución dialéctica que, en gran medida, nos ilustra con sus dolorosas lecciones esos errores que se necesita trascender para constituir un presente más conveniente.
¿A qué viene este rollo? A que esta próximo el estreno de la película “Ágora” del director español Alejandro Amenábar, y el asunto que no debería pasar de una anécdota meramente estética, ya es utilizado por ciertos primates ilustrados del resentimiento para descargar toda su batería en contra del cristianismo que “hoy como ayer pretende aniquilar a los que piensan distinto”. Eso, por supuesto es un sofisma, del que la misma Hypatía se habría reído de buena gana. Lo cierto es que Amenábar es un prominente adalid del lobby gay, y pretende utilizar a la pobre Hypatía (que solo tuvo la culpa de estar mal asesorada políticamente) como emblema de los afanes del terrorismo rosado.
El recurso se cae por si solo de estrafalario; y en ese sentido es muy relevante lo que ha dicho el filósofo y escritor español José Ramón Ayllón a la página web “Primeros Cristianos”: “Hypatía fue asesinada más por motivos políticos que religiosos”. Lo cual es más convincente tomando en cuenta que, en principio Alejandría de aquel entonces era una de las principales urbes de su tiempo, en donde confluían judíos, cristianos y paganos helenistas. Que Juan de Éfeso, en el siglo V, los veía como "una horda de bárbaros, directamente inspirada por Satán", y el propio obispo Cirilo les reprochó su carácter levantisco y pendenciero, en su homilía pascual del año 419. Que pocos años después, en 422, el prefecto imperial fue muerto en un tumulto. Y que Lawrence Durrell los retrata entregados a las facciones y algaradas, a veces con episodios sangrientos.
Hypatía fue pues una víctima más de unas circunstancias socioculturales en un marco histórico preciso. El mismo Ayllón nos explica el contexto de su homicidio: “Una noche, los judíos asesinaron a un buen número de cristianos. Como respuesta, el obispo Cirilo logró expulsar a la población hebrea de la ciudad. Pero entonces la economía se resintió, y entre el gobernador y el obispo creció la enemistad. Hasta que un día unos cristianos exaltados asesinaron a Hypatía, a la que atribuían influencia anticristiana sobre el gobernador”.
Ahora bien, que a causa de ello se pretenda desacreditar a los cristianos resulta un desatino de ignorancia supina, porque siguiendo la misma lógica habríamos de descalificar a la humanidad por completo: A los griegos por matar a Sócrates, a los ingleses por matar a Tomás Moro, a los franceses por matar a Juana de Arco…y así al infinitum del absurdo. Ayllón remata su brillante alocución recordando que las ciencias tal como las conocemos no serían nada sin el impulso que ellas recibieron por parte del cristianismo en la Edad Media.
Pasan por alto también estos fundamentalistas que la propia Hypatía recibió entre sus discípulos a estudiantes de todas las creencias religiosas, que posiblemente solo los cristianos más fanáticos e incultos hayan podido desmerecerla teniendo en cuenta el valioso aporte de las doctrinas platónicas a la edificación del posterior pensamiento cristiano (especialmente el escolástico), y que su posición ideológica seguramente era muy afín a ciertas tendencias cristianas preconciliares, particularmente de los gnósticos.
Resulta improbable además que un “cristiano” elimine a otro por desarrollar ecuaciones indeterminadas o por sustentar un tratado de geometría sobre las cónicas de Apolonio. Es más exacto decir que un ciudadano de Alejandría mata a un rival político en un contexto donde el homicidio es moneda corriente –casi de transacción diofántica-. En este sentido no se debe olvidar que ha quedado demostrado que los magistrados solían consultarla en primer lugar para su administración de los asuntos de la ciudad, esto está sustentado por McCabe (p. 269). Por esta influencia se sabe que prefecto de la ciudad la tenía en especial predilección, dejando incluso de asistir a la iglesia como había sido su costumbre; a causa de esto la gente la acusó de ser la causa de que Orestes y el obispo no se habían hecho amigos. Esto es pues, mas por un interés político que religioso.
Quizá consciente de este carácter más político que doctrinal en el asesinato de Hypatía el historiador Cristiano Sócrates el Escolástico no vacila en llamar a los asesinos “atolondrados, impetuosos y violentos cuyo capitán y guía era Pedro, un lector de esa iglesia”. Y es que los asesinos eran una facción del cristianismo preconciliar, disperso en diversas sectas, específicamente parabolanos, monjes fanáticos de la iglesia de San Cyrilo de Jerusalén, quizá ayudados por monjes nitrios.
Cuando personajes excepcionales como Hypatía pretenden ser utilizados por los fanáticos de hoy (los que encierran pastores como Ake Green y excomulgan en su Inquisición Rosa a todo el que no se trague su discurso pornográfico) a uno le da risa.
Tal vez podríamos remontarnos justo un siglo antes de aquel marzo de 415, cuando un grupo de paganos asesinaron a Catalina, una erudita alejandrina cristiana.
La diferencia es que ahora el dogma es de quienes utilizan burdamente a Hypatía y no la convicción de quienes pretendemos ser seguidores de Catalina de Alejandría.
Esos son los verdaderos misterios de la vida.

Un Berkeley pre cuántico


La prefiguración de una filosofía emparentada con la física más de vanguardia suele escarapelar el pellejo de algunos profesores empotrados en los viejos dogmas. Y es que una cosa es te digan que su existencia se resume a un montículo de partículas más o menos ordenadas de un modo eficaz en una suerte de mezcla de tinka con big bang batido en una coctelera darwinista -y que te da carta libre para toda suerte de tropelías de la que no sales sino convertido en Ciorán (el patético suicida que jamás se suicidó) o como émulo de Hugh Hefner, en el mejor de los casos; ósea, la Nada Radical. Y otra cosa muy distinta es descubrir que en este aparente caos oficia sutilmente el Plan Supremo de Algo Supremo, que la incertidumbre se redime por la voluntad, y que en esa arquitectura impecable todos somos parte de un Todo, como en los fractales. Y es que según la Mecánica Cuántica, los conceptos de dualidad onda-partícula, la indeterminación entre la energía y el tiempo y el carácter no-local de la realidad que consiste en que los objetos físicos pueden interactuar e intercambiar información instantáneamente aunque estén separados a distancias prácticamente infinitas, son parte esencial de la naturaleza del mundo físico. Estos efectos, han sido medidos y comprobados muchas veces en muchos experimentos que hoy en día ya son clásicos. Verbigracia: los experimentos sobre la no-localidad de Alain Aspect basados en el Teorema de las Desigualdades de John Bell y el fenómeno de Quantum Entanglement, el efecto Casimir basado en la interacción del vacío y la energía del punto cero (causado por los procesos virtuales de creación-aniquilación de partículas que ocurren en el vacío físico), el Efecto Túnel, el Efecto Mossbauer, etc. En ellos, dado que el observador final de la realidad física es la conciencia y dadas las pequeñas distancias donde ocurren los fenómenos físicos que soportan la existencia de la conciencia, resulta entonces plausible que exista una teoría de la conciencia donde se apliquen las mismas leyes de la Mecánica Cuántica que han tenido tanto éxito explicando la realidad física a nivel atómico y subatómico.
Pero claro, para los disc-jockeys mas cool de la Caverna semejantes aguafiestas fisicocuánticos deberían ser despellejados en algún rincón de Guantánamo para evitar complicaciones, habráse visto. Y en ese trance macanudo se queda cavilando en la nada el gato negro que es la reencarnación involutiva de Sartre y se hasta se retuerce de terror el perro arrepentido que últimamente ya estaba pensando en acogerse a las tarifas de Telmex.
Cerca de todo aquello estuvo Berkeley, con toda su radicalidad. El singular Obispo de Canterbury, cuyo lema "esse est percipi" para estar hecho a la medida de las indagaciones de Heisemberg. A Berkeley lo esquilmaron casi todos, pero ahora en que nos damos cuenta de la fantasía endeble en que habitamos, volvemos por allá; a ese Reino que "no es de este mundo", como bien dijo Cristo.
Berkeley con su famosa disputa sobre los algoritmos con Halley, logró demostrar eficazmente que aquéllos que se quejan sin razón de la incomprensibilidad científica de la religión, aceptan una ciencia que, en su raíz misma, es incomprensible y cuyas conclusiones se apoyan en raciocinios que la propia lógica no acepta.
Berkeley, en efecto se anticipó a la física cuántica; de la que por cierto parecen haberse aprovechado para bien los charlatanes del mercado, por un lado; pero también los necios reaccionarios, por el otro. Berkeley afirma: "Es evidente para cualquiera que examina los objetos del conocimiento humano, que estos son, o bien ideas impresas en los sentidos; o bien aquellos que percibimos poniendo atención a las pasiones y operaciones de la mente; o finalmente ideas formadas con la ayuda de la memoria y de la imaginación ya sea comprendiendo, dividiendo o escasamente representando aquellos objetos percibidos originalmente en las formas ya mencionadas. Por mi vista tengo las ideas de la luz, colores con sus varios grados y variaciones. Por mi tacto percibo lo duro y lo suave, calor y frío, movimiento y resistencia y de todos ellos más o menos en cuanto a grados o cantidad. El olfato me proporciona olores, el paladar sabores, el oído transmite sonidos a la mente en toda su variedad de tono y composición. Y como muchos de estos, se observa, se acompañan unos a otros aparecen marcados con un solo nombre y considerados como una sola cosa. Así por ejemplo un cierto color, olor, figura y consistencia aparecen a menudo combinados y se consideran como algo distintivo dado por el nombre "manzana"; otras colecciones de ideas constituyen una piedra, un árbol, un libro y objeto similares que como son agradables o desagradables excitan las pasiones de amor, odio, alegría, tristeza y así otros sentimientos. "
Una correcta percepción de la cuántica nos permitirá comprender que efectivamente la única Realidad es el Amor Absoluto que Juan de Patmos llama Dios, amor del que somos imagen y semejanza; por lo tanto lo percibido es apariencia de esa Mega Conciencia. Sucede simplemente que a causa del egoísmo nos hemos sumergido en los códigos aparentes de ese otro mundo irreal, donde no nos puede esperar sino el dolor. aquella es la Ciudad de los Hombres a la que se refería Agustín; La Superior es la Civitas Dei, la que está en la armonía de la conciencia individual con la Conciencia Suprema que es el Amor de Dios que todo lo sustenta. Aquel sería el esbozo de nuestra redención cuántica, y por la que, sin duda, volveremos tantas veces como sea preciso; ya que es algo que no ha podido ser comprendido cabalmente por los propios místicos cristianos, salvo las grandes excepciones.

Dos perspectivas de la libertad y la solidaridad

Tal vez Spe Salvi es la Enclicica de Bendicto XVI que con mayor lucidez permite el diálogo de la teología cristiana con los más preclaros filósofos modernos y contemporáneo; sirviendo, además, de excelente vehículo para la indagación en la cuestión de la esperanza (esa última calamidad en la caja de Pandora, según Nietzche), el don-virtud del Espíritu Santo.
De todos los que pasan por allí tal vez sea la mención de Marx la que mas revuelo ha generado entre los aficionados a los brillantes razonamientos de Su Santidad. Y si bien el economista de Tréveris ya había sido mentado en otra encíclica -"Deus est Caritas"- , en esa ocasión profundiza en el espíritu de Marx. Este análisis se realiza en dos niveles; primero valorando su decidida apuesta por la justicia y por la igualdad, así como también reconociendo los agudos análisis de Engels sobre la situación de la clase proletaria, pero criticando la mística de plático que inunda el marxismo, traducida en los dogmas del materialismo histórico y dialéctico que la fundamentan.

Leemos así:
20.“Con precisión puntual, aunque de modo unilateral y parcial, Marx ha descrito la situación de su tiempo y ha ilustrado con gran capacidad analítica los cambios hacia la revolución, y no sólo teóricamente: con el partido comunista, nacido del manifiesto de 1848, dio inicio también concretamente a la revolución. Su promesa, gracias a la agudeza de sus análisis y a la clara indicación de los instrumentos para el cambio radical, fascinó y fascina todavía de nuevo. Después, la revolución se implantó también de manera más radical en Rusia”
Pero es enfático en afirmar:
21. Pero con su victoria se puso de manifiesto también el error fundamental de Marx. Él indicó con exactitud cómo lograr el cambio total de la situación. Pero no nos dijo cómo se debería proceder después. Suponía simplemente que, con la expropiación de la clase dominante, con la caída del poder político y con la socialización de los medios de producción, se establecería la Nueva Jerusalén. En efecto, entonces se anularían todas las contradicciones, por fin el hombre y el mundo habrían visto claramente en sí mismos. Entonces todo podría proceder por sí mismo por el recto camino, porque todo pertenecería a todos y todos querrían lo mejor unos para otros. Así, tras el éxito de la revolución, Lenin pudo percatarse de que en los escritos del maestro no había ninguna indicación sobre cómo proceder. Había hablado ciertamente de la fase intermedia de la dictadura del proletariado como de una necesidad que, sin embargo, en un segundo momento se habría demostrado caduca por sí misma. Esta « fase intermedia » la conocemos muy bien y también sabemos cuál ha sido su desarrollo posterior: en lugar de alumbrar un mundo sano, ha dejado tras de sí una destrucción desoladora. El error de Marx no consiste sólo en no haber ideado los ordenamientos necesarios para el nuevo mundo; en éste, en efecto, ya no habría necesidad de ellos. Que no diga nada de eso es una consecuencia lógica de su planteamiento. Su error está más al fondo. Ha olvidado que el hombre es siempre hombre. Ha olvidado al hombre y ha olvidado su libertad. Ha olvidado que la libertad es siempre libertad, incluso para el mal. Creyó que, una vez solucionada la economía, todo quedaría solucionado. Su verdadero error es el materialismo: en efecto, el hombre no es sólo el producto de condiciones económicas y no es posible curarlo sólo desde fuera, creando condiciones económicas favorables.
Como dice Francesc Torrealva, Con suma finura intelectual,(Benedicto XVI) no cae en la trampa de criticar a Marx por sus consecuencias históricas, pues siempre se podría argüir que los sistemas totalitarios que derivaron de él fueron, de hecho, una adulteración o peor todavía una instrumentalización de la filosofía de Marx. Y en parte, se debe reconocer, que así fue...La crítica va a la entraña de su pensamiento, al nivel más antropológico. "El ser humano no se puede reducir a un simple conglomerado de determinaciones sociales y económicas y, menos aún, a pura materia en movimiento. En él subsiste una semilla de eternidad que nada puede colmar en este mundo."
El estudio de Benedicto XVI nos permite a su vez, profundizar en otro concepto manejado desde la lógica marxista y que ha devenido en sinónimo del valor cristiano por antonomasia (al menos en el católico y post-gnóstico) que es el de la solidaridad. Un buen análisis del mismo ha sido desarrollado por Jorge Enrique Mujica:
El concepto de solidaridad fue desarrollado inicialmente por P. Lerou en el ámbito del socialismo originario. Fue concebido como un concepto laico opuesto a la idea cristiana del amor. En ese contexto, la solidaridad fue pensada como una nueva respuesta, efectiva y racional, a los problemas sociales.
Karl Marx creyó que había llegado el momento de dar una solución práctica a la pobreza en el mundo. Según él, el cristianismo había tenido milenio y medio para mostrar su eficacia, y no la había logrado. Era hora de recorrer otros caminos.
Así, el socialismo se presentó como solidaridad, como una forma del todo original y a-religiosa por la que la igualdad entre todos los hombres, la paz y el final de la pobreza, serían logradas. ¿Sucedió efectivamente así? Hoy conocemos la tristeza y la desolación que una teoría sin Dios y una praxis atea dejaron en los países que abrazaron o a los que se les impuso el socialismo.
¿Qué falló? ¿Efectivamente el cristianismo había sucumbido y se había mostrado ineficaz? No cabe duda que la intención socialista plasmada en el concepto de solidaridad era del todo justa. Sin embargo, carecía de una base y de una visión más amplia del hombre mismo. Marx “indicó cómo lograr el cambio total de la situación. Pero no nos dijo cómo se debería proceder después. Suponía […] que […] con la socialización de los medios de producción, se establecería la Nueva Jerusalén. En efecto, por fin el hombre y el mundo habrían visto claramente en sí mismos. Entonces todo podría proceder por sí mismo por el recto camino, porque todo pertenecería a todos y todos querrían lo mejor unos para otros” (Benedicto XVI, Spe Salvi n. 21).
El error del marxismo estribó en el olvido de que “el hombre es siempre hombre. Ha olvidado al hombre y ha olvidado su libertad. Ha olvidado que la libertad es siempre libertad, incluso para el mal. Creyó que, una vez solucionada la economía, todo quedaría solucionado. Su verdadero error es el materialismo” (Benedicto XVI, Spe Salvi n. 21)
Esa base que le faltaba al concepto de solidaridad estaba ya en la idea cristiana de amor. Fue precisamente por este motivo que la solidaridad pudo ser acogida dentro del catolicismo y mostrarse como una consecuencia de esa caridad que es médula de toda la fe cristiana. Fue así que la solidaridad fue bautizada.
El amor o caridad cristiana, más que ineficacia, había puesto de manifiesto la necesidad y urgencia de ser comprendida correctamente y asumir con responsabilidad sus implicaciones. La caridad ya llevaba implícito el efecto de “dar” sobre el que giraba la solidaridad. Pero el “dar” cristiano de la caridad no se vinculaba exclusivamente al aspecto material, lo comprendía pero partía y tendía a otro más necesario y de acuerdo a la naturaleza del hombre, el espiritual.
Desde el momento en que la solidaridad entró a formar parte del patrimonio cristiano, su significación se enriqueció al ampliarse. Ahora, “solidaridad significa que uno se hace responsable de los otros, el sano del enfermo, el rico del pobre, los países del norte de los países del sur. Significa que se es consciente de la responsabilidad mutua y que somos conscientes de que recibimos en tanto que damos, y que siempre podemos dar sólo lo que nos ha sido dado y que por eso jamás nos pertenecemos solamente a nosotros” (en J. Ratzinger, Caminos de Jesucristo, Cristiandad, p. 117).
La solidaridad cristiana es mucho más que un dar materialista pero tampoco permanece en un acompañar pasivo sin hechos concretos que influyan positivamente en alguien, de acuerdo a su dignidad de ser humano. La solidaridad cristiana es acción porque parte de la contemplación; es palabra pero también es obra. Es compañía, es presencia, pero también es consecuencia hecha acción que repercute para bien.
La Eucaristía es el testimonio más grande de solidaridad. Como consecuencia del amor, en ella se encuentran al unísono el “dar” espiritual y material del único Dios que se hace presencia y se da como alimento. La Eucaristía es el acto más grande de solidaridad. No podía ser de otra manera: es Dios mismo quien acompaña y sacia.
El cristiano, como imagen y semejanza de Dios, está llamado a vivir esa solidaridad. Es obvio que no podrá imitarse la actitud divina mientras no hayamos interiorizado previamente el ejemplo de ese Dios que se hace solidaridad en la Eucaristía. La meditación de su entrega generosa será la fuente y el motor que nos lleven a asumir este compromiso y, precisamente así, podremos vivir auténticamente la caridad-solidaridad cristiana respecto a nuestros prójimos y a nuestros próximos.