La poesía es un intento de
aproximación a lo absoluto por medio de los símbolos, decía el viejo Juan Ramón
Jiménez. Y bien, es que reflexionar con respecto al misterio de la creación
artística remonta a los corazones contemplativos a inspirados hacia aquel lugar
de la propia razón en donde desaparece todo cuanto existe de contingente y
mediocre de lo cotidiano, para dar paso, en mérito de la Suprema voluntad al
acto de transformar.
Sí, de transformar; porque en los
términos estrictamente metafísicos, y que luego fueron asumidos por los
patrones estéticos de la escolástica latina, no es al artista a quien le compete
la Creación, porque éste es atributo exclusivo de aquello que en griego koiné
se ha denominado “Hagios” y que entre nosotros se refiere como “Absoluto”. A
nuestra razón y la emoción humana perfectamente conjugadas compete
exclusivamente ese otro vocablo que se denomina “transformar”. Transformar
impresiones pre existentes en objetos nuevos y sensibles, más o menos perfectos
(llamémosles “estéticos”); le toca transmutar aquellas emociones e impulsos
primitivos, que lucen disgregados y amorfos, en palabras que hilvanarán luego
el vino destilado de un poema que surge tal vez para cumplir un rol de
exorcismo interior, para transformar esa materia prima en melodías que
decodificarán la memoria , en talladuras o acuarelas que oportunamente
perfeccionará el tiempo, ese gran censor de las artes , pero también alguna
emoción receptora (y bastará una sola para el gran artista), y se cerrará así
en este perfecto ciclo de la comunicación íntima. Pues, como decía Novalis,
cuando un poeta canta estamos en sus manos: él es el que sabe despertar en
nosotros aquellas fuerzas secretas; sus palabras nos descubren un mundo
maravilloso que antes no conocíamos.
Lamentablemente el mundo del arte
contemporáneo, tan patógeno como casi todo lo que osa asomar por la ventana de
los tiempos que corren; tiempos en que todo parece haberse diseñado para
desafiar y, en última instancia, negar ese grato impulso transformador al que
nos estuvimos refiriendo. Si Tagore dijo que la poesía es el eco de la melodía
del universo en el corazón de los humanos; los métodos modernos son la molesta
interferencia que se han concebido para impedir esa consonancia. Porque con
ello se infunde en el alma de nuestros modernos alquimistas del verbo el
enfermante sentido de la comparación, sentido que a la larga solo produce la
putrefacción casi irreversible del alma. Se estimula el vicio mortal de la
competencia bajo los cánones de una supuesta Academia Suprema que tiene más en
común con don Corleone que con Alighieri. El sistema artístico moderno, aparte
de buscar el hedonismo y la molicie del espíritu, invita además a la almoneda
del alma en el mercado de los valores; se encorseta la libertad de creación a
dogmas mórbidos y castrantes, con los mismos modales que la más común de las
sectas.
A todos esos males del arte
contemporáneo, la verdad, yo prefiero la inspiración pura, transparente y
sincera de Nilthon Vílchez Bruno. Porque nuestro amigo no necesita ensalzar la
locura ninguna psicopatología para satisfacer la peste que diezma la
creatividad en casi la unanimidad los círculos. Nilthon nos ofrece la magia
simple de unos versos amorosos colocados significativamente a lado de la vieja
incógnita humana, prefiere la añoranza de un paisaje infantil con perfume de
llantén verde y lealtad vital a hurgar en los recovecos mugrientos que tanto
estiman los profesores coprófagos, nuestro amigo prefiere la sabiduría de los
adagios populares e incluso la raigambre de los remedios hechos en casa.
Nos recuerda con esto, aquello
que siempre supieron los pocos sabios que en el mundo han sido: que la verdad
siempre es simple. Palmario y bello como los refranes, como los conjuros de los
abuelos que llegan en el momento preciso, como ver tornarse el sol en arrebol y
concebir el misterio del universo en una paleta de colores. Y es en esa
transparencia del alma donde es posible ser y crecer de verdad, desprovisto no
solo de angustias, sino esencialmente de esos sentimientos viles que han
signado a los artistas de este tiempo. Y bien es sabido que un alma que alberga
sentimientos viles no brilla, y un alma sin brillo es un peso para quien lo
soporta. Y porque un poema, como dijo Robert Penn Warren, no es algo que se ve,
sino la luz que nos permite ver. Y lo que vemos es la vida.
Y eso lo digo porque a mí también
me produce desazón la miserable celebridad y la negación evidente de la vida en
tantos de aquellos de los que el mundo aplaude.
Cuando no existía imprentas, ni
premios loquesea, ni círculos compinches, ni mafias politicoides, ni lobbies
madrileños, ¿Qué había?...Había poesía. Y eso era bastante. Y así, a pesar de
todo, nos ha llegado el perfume de la poesía griega, la verdad de los versos
del Indostán y la gracia de las coplas anteriores a Gutenberg. Porque, además,
amigos míos, estos poemas supieron imprimirse allí donde no operan las logias
de la pose ni la presunción que es siempre vacía: el corazón del pueblo.
Y esa es la poesía que yo quiero;
esa también la que deseo para mi pueblo triste. Esa para la que reivindico para
los corazones atarantados de las aulas.
(Discurso leído en la presentación del
poemario "Mis Primeras Soledades" de Nilthon Vílchez el martes 14 de
abril; apropiado también para la celebración del día del poeta)
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