martes, 14 de abril de 2009

La libertad de transformar


La poesía es un intento de aproximación a lo absoluto por medio de los símbolos, decía el viejo Juan Ramón Jiménez. Y bien, es que reflexionar con respecto al misterio de la creación artística remonta a los corazones contemplativos a inspirados hacia aquel lugar de la propia razón en donde desaparece todo cuanto existe de contingente y mediocre de lo cotidiano, para dar paso, en mérito de la Suprema voluntad al acto de transformar.
Sí, de transformar; porque en los términos estrictamente metafísicos, y que luego fueron asumidos por los patrones estéticos de la escolástica latina, no es al artista a quien le compete la Creación, porque éste es atributo exclusivo de aquello que en griego koiné se ha denominado “Hagios” y que entre nosotros se refiere como “Absoluto”. A nuestra razón y la emoción humana perfectamente conjugadas compete exclusivamente ese otro vocablo que se denomina “transformar”. Transformar impresiones pre existentes en objetos nuevos y sensibles, más o menos perfectos (llamémosles “estéticos”); le toca transmutar aquellas emociones e impulsos primitivos, que lucen disgregados y amorfos, en palabras que hilvanarán luego el vino destilado de un poema que surge tal vez para cumplir un rol de exorcismo interior, para transformar esa materia prima en melodías que decodificarán la memoria , en talladuras o acuarelas que oportunamente perfeccionará el tiempo, ese gran censor de las artes , pero también alguna emoción receptora (y bastará una sola para el gran artista), y se cerrará así en este perfecto ciclo de la comunicación íntima. Pues, como decía Novalis, cuando un poeta canta estamos en sus manos: él es el que sabe despertar en nosotros aquellas fuerzas secretas; sus palabras nos descubren un mundo maravilloso que antes no conocíamos.
Lamentablemente el mundo del arte contemporáneo, tan patógeno como casi todo lo que osa asomar por la ventana de los tiempos que corren; tiempos en que todo parece haberse diseñado para desafiar y, en última instancia, negar ese grato impulso transformador al que nos estuvimos refiriendo. Si Tagore dijo que la poesía es el eco de la melodía del universo en el corazón de los humanos; los métodos modernos son la molesta interferencia que se han concebido para impedir esa consonancia. Porque con ello se infunde en el alma de nuestros modernos alquimistas del verbo el enfermante sentido de la comparación, sentido que a la larga solo produce la putrefacción casi irreversible del alma. Se estimula el vicio mortal de la competencia bajo los cánones de una supuesta Academia Suprema que tiene más en común con don Corleone que con Alighieri. El sistema artístico moderno, aparte de buscar el hedonismo y la molicie del espíritu, invita además a la almoneda del alma en el mercado de los valores; se encorseta la libertad de creación a dogmas mórbidos y castrantes, con los mismos modales que la más común de las sectas.
A todos esos males del arte contemporáneo, la verdad, yo prefiero la inspiración pura, transparente y sincera de Nilthon Vílchez Bruno. Porque nuestro amigo no necesita ensalzar la locura ninguna psicopatología para satisfacer la peste que diezma la creatividad en casi la unanimidad los círculos. Nilthon nos ofrece la magia simple de unos versos amorosos colocados significativamente a lado de la vieja incógnita humana, prefiere la añoranza de un paisaje infantil con perfume de llantén verde y lealtad vital a hurgar en los recovecos mugrientos que tanto estiman los profesores coprófagos, nuestro amigo prefiere la sabiduría de los adagios populares e incluso la raigambre de los remedios hechos en casa.
Nos recuerda con esto, aquello que siempre supieron los pocos sabios que en el mundo han sido: que la verdad siempre es simple. Palmario y bello como los refranes, como los conjuros de los abuelos que llegan en el momento preciso, como ver tornarse el sol en arrebol y concebir el misterio del universo en una paleta de colores. Y es en esa transparencia del alma donde es posible ser y crecer de verdad, desprovisto no solo de angustias, sino esencialmente de esos sentimientos viles que han signado a los artistas de este tiempo. Y bien es sabido que un alma que alberga sentimientos viles no brilla, y un alma sin brillo es un peso para quien lo soporta. Y porque un poema, como dijo Robert Penn Warren, no es algo que se ve, sino la luz que nos permite ver. Y lo que vemos es la vida.
Y eso lo digo porque a mí también me produce desazón la miserable celebridad y la negación evidente de la vida en tantos de aquellos de los que el mundo aplaude.
Cuando no existía imprentas, ni premios loquesea, ni círculos compinches, ni mafias politicoides, ni lobbies madrileños, ¿Qué había?...Había poesía. Y eso era bastante. Y así, a pesar de todo, nos ha llegado el perfume de la poesía griega, la verdad de los versos del Indostán y la gracia de las coplas anteriores a Gutenberg. Porque, además, amigos míos, estos poemas supieron imprimirse allí donde no operan las logias de la pose ni la presunción que es siempre vacía: el corazón del pueblo.
Y esa es la poesía que yo quiero; esa también la que deseo para mi pueblo triste. Esa para la que reivindico para los corazones atarantados de las aulas.

 (Discurso leído en la presentación del poemario "Mis Primeras Soledades" de Nilthon Vílchez el martes 14 de abril; apropiado también para la celebración del día del poeta)

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