Remojar los pies en las aguas de
la renunciación, significa para los místicos de la poesía simbólica, el acto
fundamental en el sendero hacia la santidad. De este modo, el único motivo por
el cual la vida merece la pena ser vivida se inicia con un hecho trascendente y
hondamente significativo que es el bautizo; pero no hablemos ya de ese
sacramento simbólico de nuestros amadísimos ritos cristianos, hablamos del
profundo bautismo íntimo asumido como plena voluntad de emprender el estrecho
sendero de la realización del Alma en el Amor Sublime de Cristo.
Al respecto no está de más
referir aquí la conocida anécdota atribuida al perspicaz san Atanasio, quien en
una de sus homilías relató la visión según la cual este había logrado
aproximarse a los portales del Cielo, en donde se encontró con San Pedro, quien
como guardián suyo, se encontraba en ella. Refería que en aquella ocasión, en
lugar de una complaciente sonrisa, mostraba el santo pescador de hombres un
adusto gesto, y encarándosele dijo: “Atanasio, ¿por qué continuamente
enviándome estás estos sacos vacíos, sellados con esmero; pero que nada
contienen”. Con ello, Atanasio criticaba el mero formalismo en que había caído
en no pocos fieles el acto del bautismo desprovisto de la auténtica conversión
íntima. Las cosas, naturalmente parecen haber cambiado bastante poco desde
aquel entonces.
Empero esta recepción del
"hombre del corazón que está encubierto" (I. San Pedro, III, 4)
implica la profunda transformación del hombre antiguo. Aquello resultaría
imposible sin la humildad y la reconquista de la sencillez, del encanto por lo
novedoso que implica la reconquista de la Sagrada Infancia Interior. Hasta aquí
el signo del odre nuevo que debe recibir el vino nuevo para su plena
realización. La metanoia del alma solo es posible pues en mérito a la humildad
del salmista que abandona toda su voluntad a la de Dios.
Bien se ha dicho que humildad
proviene de “humus”; vale decir, la tierra fértil que hace posible el
nacimiento de un árbol, de una higuera que no solo da sombra, sino que además
da frutos “y abundantes primaveras” de tipo espiritual. Es en aquel humus donde
muere en principio la semilla antigua y da paso al brote nuevo que dirige sus
hojas al Sol, que es la Luz del Mundo. Y que desde entonces quien siga aquella
Luz simbólica no andará ya más en las tinieblas.
Con ello no desacreditaría jamás
la eficacia del signo sacramental del bautismo de nuestros cultos cristianos
como mecanismos eficaces de comunicación entre este mundo visible y los
aparentemente “invisibles” mundos espirituales; la majestad de los misterios
como medios eficaces de comunicarse la Gracia a los fieles de todo tiempo y
espacio. Simplemente manifiesto que es en la mística inocencia del
reconocimiento sublime de nuestra insignificancia en tanto entes ajenos a Dios
que es posible emprender la sagrada senda de la realización del alma.
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