lunes, 20 de abril de 2009

Sobre agua de renunciación


Remojar los pies en las aguas de la renunciación, significa para los místicos de la poesía simbólica, el acto fundamental en el sendero hacia la santidad. De este modo, el único motivo por el cual la vida merece la pena ser vivida se inicia con un hecho trascendente y hondamente significativo que es el bautizo; pero no hablemos ya de ese sacramento simbólico de nuestros amadísimos ritos cristianos, hablamos del profundo bautismo íntimo asumido como plena voluntad de emprender el estrecho sendero de la realización del Alma en el Amor Sublime de Cristo.
Al respecto no está de más referir aquí la conocida anécdota atribuida al perspicaz san Atanasio, quien en una de sus homilías relató la visión según la cual este había logrado aproximarse a los portales del Cielo, en donde se encontró con San Pedro, quien como guardián suyo, se encontraba en ella. Refería que en aquella ocasión, en lugar de una complaciente sonrisa, mostraba el santo pescador de hombres un adusto gesto, y encarándosele dijo: “Atanasio, ¿por qué continuamente enviándome estás estos sacos vacíos, sellados con esmero; pero que nada contienen”. Con ello, Atanasio criticaba el mero formalismo en que había caído en no pocos fieles el acto del bautismo desprovisto de la auténtica conversión íntima. Las cosas, naturalmente parecen haber cambiado bastante poco desde aquel entonces.
Empero esta recepción del "hombre del corazón que está encubierto" (I. San Pedro, III, 4) implica la profunda transformación del hombre antiguo. Aquello resultaría imposible sin la humildad y la reconquista de la sencillez, del encanto por lo novedoso que implica la reconquista de la Sagrada Infancia Interior. Hasta aquí el signo del odre nuevo que debe recibir el vino nuevo para su plena realización. La metanoia del alma solo es posible pues en mérito a la humildad del salmista que abandona toda su voluntad a la de Dios.
Bien se ha dicho que humildad proviene de “humus”; vale decir, la tierra fértil que hace posible el nacimiento de un árbol, de una higuera que no solo da sombra, sino que además da frutos “y abundantes primaveras” de tipo espiritual. Es en aquel humus donde muere en principio la semilla antigua y da paso al brote nuevo que dirige sus hojas al Sol, que es la Luz del Mundo. Y que desde entonces quien siga aquella Luz simbólica no andará ya más en las tinieblas.
Con ello no desacreditaría jamás la eficacia del signo sacramental del bautismo de nuestros cultos cristianos como mecanismos eficaces de comunicación entre este mundo visible y los aparentemente “invisibles” mundos espirituales; la majestad de los misterios como medios eficaces de comunicarse la Gracia a los fieles de todo tiempo y espacio. Simplemente manifiesto que es en la mística inocencia del reconocimiento sublime de nuestra insignificancia en tanto entes ajenos a Dios que es posible emprender la sagrada senda de la realización del alma.

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