Por naturaleza propia, la
intelectualidad, en tanto instrumento descontrolado, juguete del ego y la
concupiscencia humana, en un despliegue vanidoso de tránsito hacia la nada
radical, acostumbra elaborar complicados edificios argumentales con el fin de
podrir las raíces mismas de la fe.
El intelecto sabiamente dirigido
por el alma, en cambio, sabrá hallar en la purísima intuición que le revela el
Absoluto, la verdad que tan solo “ha sido
revelada a los humildes y sencillos de este mundo”. Porque la verdadera
sabiduría solamente es revelada por Dios a los pobres de espíritu, a los que no
viven sino por la Voluntad del Padre, y los que se complacen con sus designios
en perfecto anhelo de santidad: “Beati
pauperes spiritu, quoniam ipsorum est regnum caelorum” (Mateo V,3).
Muy bien se ha dicho, por esto,
que la aparente rivalidad de los ídolos del mundo es, en realidad, la conjura
de todos ellos en contra del Absoluto, una fachenda de supuestos conceptos en
disputa que solo pretende arrebatarle el protagonismo natural que le
corresponde a lo Divino. Bien se ha dicho por esto que el lema demoniaco es
“divide y vencerás”, porque ¿acaso no puede el demonio operar esa división
sobre sí mismo a fin de sabotear la Unidad Perfecta de lo Divino?
De este modo, la presunta
rivalidad, entre una idea política –como los absolutismos pretendidamente
dialécticos del materialismo izquierdoso-y otra –como la tirante sumisión del
liberalismo o la Escuela económico política de Chicago a los vaivenes de un sistema
infeccioso- son dos caras del mismo Incubo: la extirpación del alma. Y es de
observar que en ambas caras de este enorme y escalofriante diantre existe un
abanico de pretendidas libertades para sus subordinados; libertades que
finalmente no son sino una sinuosa ruta con un único destino posible que es el
mar de los sargazos, el reino de lo relativo, de lo improbable y lo confuso. El
vacío hondo de un alma en tétrica orfandad, en suma. (“Sé lo que hay al final:
un montón de roca mas” dice una canción de Christina Rosenvinge en alguno de
esos temas suyos, que son velados despliegues de ácido sobre la llamada
“Generación X”).
La mente alejada de Dios es
propiedad del mundo en cualquiera de las devociones idolátricas que éste
presenta en su hoguera de vanidades. La mente divinizada, por el contrario, se
ha liberado de ese relativismo que existe en el azaroso parque de diversiones
fútiles, para regocijarse mas bien en lo Real. No es raro que entonces el
conflicto aparezca, y que ante la duda no quede sino la opción de la
radicalidad para quien de veras siente el ímpetu de su primogenitura: “Qui amat animam suam, perdet eam; et, qui
odit animam suam in hoc mundo, in vitam aeternam custodit eam.” (Juan XII,
25).
Resulta preciso pues que, en el
sendero de la santidad, el devoto se vista de la coraza del valor y aprenda a
discernir, si es posible, con esa “santa intolerancia” que tanto menciona san
José María Escrivá, de esos afanes mundanos, para preferir las solicitudes
divinas.
No se ha prometido un lecho de
plumas a los que así lo hacen con portentoso valor: “Si mundus vos odit, scitote quia me priorem vobis odio habuit. Si de
mundo fuissetis, mundus quod suum erat diligeret; quia vero de mundo non estis,
sed ego elegi vos de mundo, propterea odit vos mundus. Mementote sermonis mei
quem ego dixi vobis: Non est servus maior domino suo. Si me persecuti sunt, et
vos persequentur; si sermonem meum servaverunt, et vestrum servabunt”. Si
el mundo os aborrece, sabed que a mí me aborreció antes que a vosotros. Si
fuerais del mundo, el mundo amaría lo suyo; mas porque no sois del mundo, antes
yo os elegí del mundo, por eso os aborrece el mundo. Acordaos de la palabra que
yo os he dicho: No es el siervo mayor que su señor. Si a mí me han perseguido,
también a vosotros perseguirán. (Juan XV, 18-2o).
Pero, como bien dijeron otros mas
prudentes que quien esto escribe, estas aflicciones del mundo no son nada en
comparación a la inefable dicha del Reino Celeste.
Sabed, sin embargo, hermanos que
esta Soberanía se manifiesta también en el tiempo presente para quien de verdad
se atreve a vivir de acuerdo a los valores del Dios Absoluto y se complace
haciendo Su Voluntad. Porque en la Perfección no puede abundar sino lo
Perfecto, y es en Él donde únicamente se conocen la mercedes de una existencia
auténticamente vivida.
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