miércoles, 15 de abril de 2009

La ceremonia de las oposiciones


Por naturaleza propia, la intelectualidad, en tanto instrumento descontrolado, juguete del ego y la concupiscencia humana, en un despliegue vanidoso de tránsito hacia la nada radical, acostumbra elaborar complicados edificios argumentales con el fin de podrir las raíces mismas de la fe.
El intelecto sabiamente dirigido por el alma, en cambio, sabrá hallar en la purísima intuición que le revela el Absoluto, la verdad que tan solo “ha sido revelada a los humildes y sencillos de este mundo”. Porque la verdadera sabiduría solamente es revelada por Dios a los pobres de espíritu, a los que no viven sino por la Voluntad del Padre, y los que se complacen con sus designios en perfecto anhelo de santidad: “Beati pauperes spiritu, quoniam ipsorum est regnum caelorum” (Mateo V,3).
Muy bien se ha dicho, por esto, que la aparente rivalidad de los ídolos del mundo es, en realidad, la conjura de todos ellos en contra del Absoluto, una fachenda de supuestos conceptos en disputa que solo pretende arrebatarle el protagonismo natural que le corresponde a lo Divino. Bien se ha dicho por esto que el lema demoniaco es “divide y vencerás”, porque ¿acaso no puede el demonio operar esa división sobre sí mismo a fin de sabotear la Unidad Perfecta de lo Divino?
De este modo, la presunta rivalidad, entre una idea política –como los absolutismos pretendidamente dialécticos del materialismo izquierdoso-y otra –como la tirante sumisión del liberalismo o la Escuela económico política de Chicago a los vaivenes de un sistema infeccioso- son dos caras del mismo Incubo: la extirpación del alma. Y es de observar que en ambas caras de este enorme y escalofriante diantre existe un abanico de pretendidas libertades para sus subordinados; libertades que finalmente no son sino una sinuosa ruta con un único destino posible que es el mar de los sargazos, el reino de lo relativo, de lo improbable y lo confuso. El vacío hondo de un alma en tétrica orfandad, en suma. (“Sé lo que hay al final: un montón de roca mas” dice una canción de Christina Rosenvinge en alguno de esos temas suyos, que son velados despliegues de ácido sobre la llamada “Generación X”).
La mente alejada de Dios es propiedad del mundo en cualquiera de las devociones idolátricas que éste presenta en su hoguera de vanidades. La mente divinizada, por el contrario, se ha liberado de ese relativismo que existe en el azaroso parque de diversiones fútiles, para regocijarse mas bien en lo Real. No es raro que entonces el conflicto aparezca, y que ante la duda no quede sino la opción de la radicalidad para quien de veras siente el ímpetu de su primogenitura: “Qui amat animam suam, perdet eam; et, qui odit animam suam in hoc mundo, in vitam aeternam custodit eam.” (Juan XII, 25).
Resulta preciso pues que, en el sendero de la santidad, el devoto se vista de la coraza del valor y aprenda a discernir, si es posible, con esa “santa intolerancia” que tanto menciona san José María Escrivá, de esos afanes mundanos, para preferir las solicitudes divinas.
No se ha prometido un lecho de plumas a los que así lo hacen con portentoso valor: “Si mundus vos odit, scitote quia me priorem vobis odio habuit. Si de mundo fuissetis, mundus quod suum erat diligeret; quia vero de mundo non estis, sed ego elegi vos de mundo, propterea odit vos mundus. Mementote sermonis mei quem ego dixi vobis: Non est servus maior domino suo. Si me persecuti sunt, et vos persequentur; si sermonem meum servaverunt, et vestrum servabunt”. Si el mundo os aborrece, sabed que a mí me aborreció antes que a vosotros. Si fuerais del mundo, el mundo amaría lo suyo; mas porque no sois del mundo, antes yo os elegí del mundo, por eso os aborrece el mundo. Acordaos de la palabra que yo os he dicho: No es el siervo mayor que su señor. Si a mí me han perseguido, también a vosotros perseguirán. (Juan XV, 18-2o).
Pero, como bien dijeron otros mas prudentes que quien esto escribe, estas aflicciones del mundo no son nada en comparación a la inefable dicha del Reino Celeste.
Sabed, sin embargo, hermanos que esta Soberanía se manifiesta también en el tiempo presente para quien de verdad se atreve a vivir de acuerdo a los valores del Dios Absoluto y se complace haciendo Su Voluntad. Porque en la Perfección no puede abundar sino lo Perfecto, y es en Él donde únicamente se conocen la mercedes de una existencia auténticamente vivida.

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