domingo, 24 de noviembre de 2019

Bajo la lluvia

Veo discurrir la lluvia, ligera, sobre los patios dormidos. El ruido del mantra pluvial adormece los pensamientos. La tarde es una tarde cualquiera de este siglo, únicamente teñida de colores grisáceos.
A lo lejos, el canto de un pájaro rompe la meditación inconsciente y, en seguida, el golpe de las trenzas de lluvia sobre el suelo.
No se oye, más allá de eso, ni siquiera un suspiro humano. Nuestra especie vaga escondida bajo techos y paredes, temerosa y frágil como el hombre de las cavernas. Nada ha cambiado.

Cuando adolescente, disfrute alguna vez de un baño perfecto y despreocupado bajo la fuerte llovizna. Aquella vez, el chaparrón me sorprendió caminando bastante lejos de casa, y en vano traté de protegerme por demasiado tiempo. Poco a poco, las gotas fueron cubriendo mi cabello, mi piel y mi ropa hasta convertirme en un pobre muchacho remojado. “Que más da”, pensé. Así que dejé de cubrirme bajo los aleros de las casas, para entregarme alegremente a ese aguacero que caía sin pausa. Me fui llenando, entonces, de un placer pocas veces sentido, de una agradable sensación de plenitud y de unidad con todo lo creado. Una suerte de nirvana violento y pasajero.
Desde entonces, no he vuelto a repetir aquella experiencia mas que una sola vez. 
No me explico la causa de por qué algo que me resultara tan agradable no se me antojó repetirla ya casi nunca más. 
Los años pasan y, aunque soy el mismo, tampoco lo soy.

Esta tarde, mientras cae la lluvia, recuerdo entre brumas, la alegría de aquella pasajera gloria bajo el agua.

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