viernes, 30 de octubre de 2009

El halloween perpetuo

Jean Paul Sartre, ese existencialista al que la historia ya va sepultando a veinte metros de su propia náusea, decía que el infierno son “los otros”. Y con esa frase, hemos comprendido que el existencialismo –que puede ser a veces la antesala de la santidad- resulta generalmente el fariseísmo de la nada elevada a la décima potencia.
Para todo fariseo efectivamente “el infierno son los otros”.
Y es que este miope no alcanza a ver que ese lugar ominoso, en donde quedan a punto crocante las almas disolutas, no simplemente son todo prójimo y hermano mío con sus acciones malas malas (tres veces malas). ¡El infierno es, en primer lugar, “uno mismo”!
Me refiero al infierno comprendido como caos psíquico de miedo, egoísmo y de mala voluntad que todos llevamos dentro en cantidades inconmensurables, y contra la cual hemos de batallar diariamente con nuestras armas espirituales de la philokalia y la metanoia.
Porque resulta que, en tiempos de Halloween todos los cristianos emprendemos una cruzada, casi con los tintes folclóricos de Salem, en contra de los promotores de la “fiesta pagana” de marras. Y eso está muy bien, porque semejante punto color hormiga del calendario que, en una sociedad saludable, solo debería servir -a lo sumo- para estimular en los niños pequeños en su aspecto lúdico, se convierte en aquelarre de promotores de espectáculos bochornosos y festín diabólico para dueños de moteles carreteros.
¿Se adora al diablo el 31 de octubre? Pues es seguro que así es (y con todo lo que el protocolo exige además). De lo que no estoy seguro es que si ese día se le adora más que en otras fechas del calendario y, además, por quienes precisamente se declaran, de lengua para afuera, sus “enemigos”. ¿O no es cierto que algunos hacemos de la Cuaresma, y aun de la Semana Santa, una prolongación del Carnaval de Río de Janeiro? ¿O acaso no deberíamos considerar el incluir varias escenas de nuestra Navidad contemporánea en el tríptico del infierno de El Bosco? Y si a santa Teresa de Ávila le daba más temor una persona triste que un ejército de demonios, a mí me produce más pavor un pastor que estropajea los evangelios en el púlpito que un mocoso escuchando Marilyn Manson.
Que se adora demonios entre escobas y calabazas de maquillaje estrafalario es una verdad de Perogrullo. Y en este sentido es muy concreto lo que se dice “Non potestis mensae Domini participes esse et mensae daemoniorum : No podéis participar de la mesa del Señor y de la mesa de los demonios" (I Cor X, 21). Pero, ocurre que, más asolapadamente algunos adoramos ese demonio solemne que es la billetera todopoderosa (Efes 5, 5) en las modernas sinagogas satánicas que hasta tarjeta de crédito nos ofrecen, y anteponemos todas las trampas de la dádiva neoliberal al ejercicio de la fe, a la santa caridad con el prójimo y a la celestial esperanza que todo lo provee.
Otros, que hablan pestes de Drácula y sus huestes, gustosos le ofrecen toda su aguardo y devoción a figuras políticas de calculada imagen y prefabricado discurso, olvidándose por completo de aquello de “Nolite confidere in principibus in filiis hominum quibus non est salus: No confiéis en los príncipes, ni en los hijos de los hombres, en los cuales no está la salvación" (Salmo 145, 2-3). O, en el peor de los casos, se adoran tanto a si mismos, que de ser posible se prenderían velas en cuanto se miraren al espejo. Porque, sin medias tintas, se consideran dioses estos discípulos fidelísimos de Nabucco (Ez 28, 2), que solo les falta una marcha de Verdi para subirse corriendo al altar y salir en procesión. De ellos bien dice el Aquinatense: “Y así obran los que creen más en su propio sentir que en los preceptos de Dios…se rinden culto como a dioses; porque siguiendo las delectaciones de la carne, rinden culto a su cuerpo en lugar de rendírselo a Dios. Dice el Apóstol de ellos en Filip 3, 19: "Su dios es el vientre".
Por todo ello, es indispensable pues que el mismo ardor con que combatimos el Halloween, combatamos también la reunión de diantres que hacen suculenta parrillada en las inmediaciones de nuestro propio corazón. No sea que, como ya nos advirtió Nietzsche a los criminólogos, de tanto perseguir a los monstruos terminemos convirtiéndonos en uno de ellos.

jueves, 29 de octubre de 2009

El médico que demostró la naturaleza del corazón calvinista


El día de hoy se conmemora un aniversario más de uno de las mas ominosos capítulos de la historia del protestantismo: el infame asesinato del médico Miguel de Servet en manos de la inquisición que Juan Calvino instauró en Ginebra.
Y si bien este hecho acaeció un veintisiete de octubr de 1553, se constituyó, para la historia, en el momento cumbre de una cadena de crímenes, expoliaciones e injusticias cometidas por los protestantes; quienes enarbolaron la rabia criminal en nombre de una fe que, si bien nació como un justo reclamo a las necesidades de su tiempo (a menesteres burgueses, para ser sinceros), terminó convirtiéndose en el ajenjo apocalíptico y en la pira de azufre que cantaron todos los profetas.
Ese día Juan Calvino pasó, de virtual sucesor de San Agustín para las cuestiones teológales, en un impecable heredero de Nerón para los fines del imperio de Babilonia. Y, si bien el legado del “reformador” es equiparable a lo hecho por Mahoma, el caos calvinista, con su incesante sucesión de sectas, nada tiene que ver con la mística sufí que tanto estimuló luego las epifanías de la mística cristiana.
Por eso es bueno recordarles a los fariseos protestantes de hoy su legado homicida. Porque muchos de ellos ignoran que, a diferencia de los católicos, no nacieron perseguidos, sino perseguidores. Y porque al igual que ayer no pueden ocultar de esas antiestéticas covachas a las que llaman templos ese olor de carne podrida. Hoy mismo que escribo estas líneas, preclaros miembros de la iglesia evangélica de Huancayo se lanzan acusaciones mutuas de robo, violación y hasta de asesinato (de la benefactora Abigail); lo que ha llevado al conocido pastor Néstor Puicón a decir : “no vaya a ser que, así como nos creemos tan perfectos en muchas cosas, sea que también seamos capaces de cometer crímenes perfectos”. No está de más decir que en el resto del mundo la cosa no varía mucho.
Lo que si no fue perfecto fue el crimen de Miguel de Servet. El ilustre médico español era en realidad un cristiano de corriente gnóstica a quien le debemos para occidente el descubrimiento de la circulación pulmonar; dicho descubrimiento lo realizó en ese afán tan gnóstico de buscar el pneuma (la chispa divina) que por aquel entonces se identificaba con el aire respirado (Dios insufló el alma a Adán en las fosas nasales), así que, si el alma estaba en la sangre, la mejor manera de comprenderla y estudiarla era adentrarse en la ciencia de la circulación sanguínea ; y es allí donde descubre, a diferencia de lo que el dogma de Galeno establecía, que la transmisión de la sangre del ventrículo derecho del corazón al ventrículo izquierdo no se produce a través de los poros del tabique del corazón, sino a través de un “magno artificio”, por el que la sangre es inducida desde el ventrículo derecho hacia los pulmones para su oxigenación, franqueando luego al ventrículo izquierdo; como, en efecto, ocurre.
Sucede que Servet al llegar a Ginebra de paso al norte de Italia, donde consideraba que sus ideas teológicas podían ser bien acogidas (escapaba del juicio católico), fue arrestado y juzgado por herejía por las autoridades protestantes. Servet había tenido debates en asuntos teologales con Calvino, los mismos que el acusador Nicolás de la Fontaine presentó oportunamente. El Ayuntamiento de Ginebra tras una deliberación en la que participaron cuatro iglesias protestantes –de Zurich, Berna, Basilea y Schaffhausen-, declaró a Servet culpable de no aceptar la Trinidad y de no aprobar el bautizo de los niños.
El teólogo Calvino que tanto adoran los protestantes modernos, pidió para Servet la decapitación; sus fieles devotos –mucho más “cristianos”, sin duda- reclamaron en cambio la hoguera para el gnóstico. Calvino presentando había presentado treinta y ocho fragmentos extraídos de las obras de Servet que constituyeron el principal argumento “en parte blasfemias impías, en parte errores irreverentes e insensatos, y del todo en desacuerdo con la Palabra de Dios y la fe ortodoxa” que Servet en vano debatió con el intransigente Calvino.
Muriendo entre las llamas Servet gritó: “¡Oh, Jesús, Hijo del Dios Eterno, apiádate de mí!”
Es importante que los reverendos le recuerden eso a sus pupilos, cada vez que el demonio del fariseísmo quiera apoderarse de sus conciencias. Es bueno que la masa de protestante (muchas veces poco informada, y otras tantas verdaderamente ignorante) deje de hacerse al (luterano) sueco con su historia.
Ahora bien, es cierto que hubo también una inquisición católica. Pero es útil anunciar a todos lo que los estudios revisionistas traen al respecto: un programa de la BBC refutó hace no mucho el mito del Santo Oficio como paradigma del terror. Lo cierto es que el Santo Oficio se enfrentó a una gigantesca maquinaria propagandística promovida por el mundo protestante gracias a la imprenta.
Transcribo a continuación la información que se dio al respecto del tema en otro medio:
“Expertos de la talla de Henry Kamen, Stephen Haliczer o los profesores españoles José Álvarez-Junco y Jaime Contreras reconstruyen en el reportaje El mito de la Inquisición española el verdadero paisaje de una institución, aunque no defendible a los ojos del siglo XX, sí intencionadamente desvirtuada. Una institución controlada por abogados reacios a aplicar la tortura y mucho menos inquisidores que sus homólogos de Francia, Alemania o Inglaterra, donde sin necesidad de un tribunal específico se asesinó tres veces más herejes, brujas o personajes más o menos excéntricos.
Para el profesor de la Universidad de Illinois, Stephen Haliczer, los propios archivos de la Inquisición son elocuentes: En cerca de 7.000 casos, apenas se aplica algo parecido a la tortura en un 2%. En 350 años de historia represiva, y mientras la leyenda habla de millones de asesinatos, la cifra real de víctimas se sitúa entre 5.000 y 7.000 personas.”
Por su parte Ellen Rice comenta sobre el particular: “Los Reyes Católicos, comenzaron la inquisición en la esperanza de que la unidad religiosa fomentara la unidad política, y otros jefes de estado anunciaran el trabajo que España estaba haciendo para por el advenimiento de una Cristiandad unificada. El documental claramente y sin ambages narra el contexto histórico, que indica que los españoles no estaban haciendo algo inusual teniendo en cuenta las normas contemporáneas. El mito de la Inquisición, que los españoles llaman la "leyenda negra" no surgió en 1480. Comenzó unos cien años después, exactamente un año después de la derrota protestante en la batalla de Muhlberg por cuenta del nieto de Fernando de Aragón, el Emperador, Carlos V.
En 1567 una feroz campaña de propaganda comenzó con la publicación de un panfleto protestante escrito por una supuesta víctima de la Inquisición llamado Montanus. Este personaje (un protestante, por supuesto) pinta a los españoles como bárbaros que abusan de las mujeres y sodomizan a los muchachos jóvenes. El protagonista pronto crea estos "enemigos encapuchados" que torturan a sus víctimas en horribles aparatos como ser la "Dama de Hierro", llena de cuchillos (y que nunca fue usada en España).
Los historiadores en este documental declaran falso un documento de la Inquisición que declara el genocidio de millones de herejes. Lo que está documentado es que de 3000 a 5000 personas murieron durante los 350 años que duró la Inquisición. También se documentan los "autos de fe", sentencias públicas a herejes en las plazas de los pueblos. Pero el gran mito del control del pensamiento por hermandades siniestras es refutado por la evidencia de los archivos. Ahora bien 3000 a 5000 ejecuciones documentadas, palidecen en comparación con los 150,000 quemas de brujas documentadas en otras partes de Europa durante los mismos siglos.
La destrucción de las mentiras que se han tejido con respecto al santo Oficio se unen a las refutaciones de otros mitos grotescos como es el de Guerra de los Treinta años y la Paz de Westfalia, y que últimamente están saliendo a la luz para el bien de todos.
Asunto importante para tener una perspectiva más objetiva de la realidad y para dejar los fariseísmos de lado; por lo menos hasta el momento en que todos los cristianos con la sabiduría que la historia nos concede, podamos restablecer el Reino Celeste de la Nueva Jerusalén en este plano.

miércoles, 21 de octubre de 2009

Los billetes del Guasón


Entre las muchas escenas y frases memorables que la película “El caballero oscuro” nos dejará a los buscadores de señales del espectro contemporáneo, me quedo con aquella en la que el Guasón (encarnación para el comic del recurrente paradigma de la sombra de irredención humana según el programa nihilista de Hobbes; del miedo al caos o al vacío que sin embargo impregna todos y cada uno de los actos humanos; o de la imperturbable falta de fe que desencadena en esa absoluta psicopatía que significa el desarraigo de todo vestigio de conciencia) incendia una ruma de billetes, inteligentemente obtenidos como carnada para posibles nuevos socios desalmados -demostrando de ese modo que para el frenesí de caos poco importan los simulados objetivos-; para, acto seguido, mencionar la ya célebre frase: “¿Por qué no te cortamos en pedacitos y alimentamos a tus perros? ¿Hmm? Y así podremos ver como es de leal un perro hambriento "
Para ese Guasón con tufillo nietzcheniano (" Aquello que no te mata simplemente te hace..extraño") poco o nada le importa el dinero. Lo que él desea es “ver el mundo arder”. El dinero en ese afán es tan solo un medio o un entretenimiento en medio de ese plan. Algo que muy bien define Alfred en la misma cinta: "Algunos hombres no están buscando nada lógico, por ejemplo el dinero. No pueden ser comprados, engañados, ni se puede negociar con ellos "
Tal cual es el programa económico de Babilonia La Grande. Porque, ciertamente, el dinero no es más que aquello que se adopta como instrumento de cambio. No tiene en sí, en cuanto dinero, ninguna corriente misteriosa, ni fuerza magnética. Su valor es de puro cambio: será, por tanto, mayor o menor cuanto mayor o menor sea la cantidad de cosas que con su unidad puedan adquirirse. De aquí, que esté hecho para circular, porque sólo así llena su función esencial de instrumento para permutar las riquezas naturales, es decir, los productos de la tierra y de la industria.
El dinero por ello no es pues en si mismo “malo”, del mismo modo que no puede decirse que “la energía” en sí misma lo sea. Lo pernicioso de ambos elementos radica en su proterva utilización en primer lugar, y en la dependencia que ellas puedan generar con respecto del individuo que las posee. “Dar al César lo que es del César” es un mandamiento evangélico, pero este decreto jamás podría superponerse al mandamiento más cardinal: El Amor. “Buscad primero el Reino de Dios y su justicia, y todo lo demás se os dará por añadidura”.
El pecado del joven rico que nos presenta el evangelio (Mateo 19, 16-22) consiste pues en depender absolutamente de su patrimonio de tal modo que le resulta irrealizable abandonarla. Esta condición revela la incapacidad para este pobre aspirante a la Gracia de trascender la “dependencia”, pero también nos revela su carencia de Fe en la Redención Crística como posibilidad en la cual son abarcadas todas las legítimas necesidades humanas. La sujeción de la carne humana a la apariencia de lo material hace perder de vista, entonces, a los reales afanes del espíritu que le otorgarían ese real significado a la existencia, y no solo en cuanto elemento conformante de la sociedad, sino cardinalmente como creatura divina y átomo portador del “soplo divino” (nephesh chayim) en el Infinito Universo creado. He allí también el carácter herético en la edificación de las llamadas “teologías de la prosperidad” de ciertas ramas protestantes.
El Guasón en su incondicional identificación con el concepto Caos es ciertamente un místico invertido. Solo alguien como él y un santo verdadero podrían despreciar el dinero con idéntica convicción. Y es que ambos saben que todo en el solo es apariencia, saben que su poder está en directa proporción a la dependencia que alguien pueda tener de él. Ambos están al corriente que el problema no se trata de una colección de billetes que parecen comprarlo casi todo, el problema es la sed humana que no se sacia en nada y que a cambio de más identificación más dolor es el que obtiene.
Sin embargo, en ambos extremos de la condición humana los derroteros serán distintos: El simbólico “guasón” imagina que el caos de cada individuo, el egoísmo y la inconsciencia tendrán la victoria final en esa anarquía zoológica que supone que es la creación humana. El místico cree y sabe por la experiencia, en cambio, que dicha tendencia magnética y absorbente puede y debe ser derrotada desde la contemplación y la batalla que es la “metanoia” del ejercicio cristiano. Tal es la promesa y la alianza.
Pero entre un guasón y un santo estarán los muchos: los que simplemente no comprenden ninguna de las posibilidades que ofrece el descubrimiento de la verdad y que son arrastrados por la marea de la identificación y por el subsecuente dolor. Ellos son en primer lugar los que, como ya había observado Aristóteles, comerciaron con el dinero buscando el lucro: los cambistas o banqueros, con su arte llamada "nummularia" (Aristóteles, y después de él Santo Tomás y los escolásticos, llaman pecuniativa artificial a este arte, cuya función propia es la producción artificial del lucro por el comercio de dinero. Y manifiesta que esta pecuniativa fundada en el enriquecimiento por el cambio de dinero es vituperable, como es vituperable y necio el concepto de muchos que imaginan que sólo el dinero es riqueza). Y en segundo lugar, todos los que caen derrotados en la fantasía que supone la riqueza dineraria.
Y es el mismo Aristóteles quien sostiene que el creer que sólo el dinero es riqueza constituye una fatuidad, puesto que no puede ser verdadera riqueza aquella cuyo valor depende de la voluntad de los hombres.
La crisis actual nos lo restriega más que nunca. El derrumbe de la pirámide de Madoff y sus émulos a nivel mundial, El salvataje de banqueros mafiosos en EEUU y de un sistema sostenido de dinero inexistente son solo signos catastróficos en ese reino ilusorio que es Babilonia la Grande: el sistema actual que condena a muerte y a esclavitud a la gran masa.
Este sistema crea además necesidades ficticias sin las cuales “la vida sería imposible” y reduce a la humanidad en su conjunto a una sarta de animales que compran y venden como desaforados, olvidando por completo su realización en otros planos de la conciencia. De este modo, el amo del dinero en este reino es la Codicia que ha inventado la usura: la causa evidente que subyace detrás de el niño abandonado en la calle, del travesti que se prostituye en las noches en cualquier urbe contemporánea, del mafioso de un cartel que mata policías en México, o del político que vende selvas tropicales a multinacionales. Y mientras esa concupiscencia brutal subsista será imposible la llegada de la “Civitas Dei” en este planeta o apenas en el corazón de del hombre.
Necesitamos ser pues como El Guasón, pero al revés: Lo que nos interesa a nosotros es ver el mundo arder…en fervor divino.

miércoles, 14 de octubre de 2009

El pulmón de Susan


Interesante, en la perspectiva de la acción punible, es el caso de Susan Hoefken. El caso comienza con la sospechosa “notitia criminis” que da cuenta del apócrifo hurto de un pulmón -pieza de la muestra denominada “El cuerpo Humano, real y fascinante”- con fecha seis de octubre en instalaciones de cuyas medidas de seguridad se podría desconfiar bastante poco a decir de quienes asistieron a la referida exposición cultural.
Digo que esta inaugural denuncia -mediática además- resultaba sospechosa desde el primer instante porque, dadas las circunstancias indicadas, normalmente son pista segura que el autor se encuentra o entre los encargados de la seguridad (en complicidad comúnmente) o entre los organizadores. Sin embargo el bien hurtado no constituía de por si estímulo suficiente para que una banda, lo suficientemente organizada como para burlar tales condiciones de seguridad, se interesara en ella. Quedaban dos alternativas lógicas: o se trataba de un niño cleptómano sumamente audaz o bien la solución la tenían los propios organizadores.
El asunto se vio más claro a las cuarenta y ocho horas cuando la señora Hoefken “milagrosamente” encuentra –con medios de prensa alrededor- dicha pieza en el estacionamiento comercial “Plaza Camacho. ¿Cómo es posible que esta señora dedujera que una bolsa tirada en el estacionamiento fuera precisamente la pieza que faltaba en su muestra? ¿Por qué nadie lo percibió antes que ella, aun suponiendo que la bolsa fuera abandonada ese mismo día, sobretodo si resulta obvio que un estacionamiento no es precisamente un lugar discreto para disimular un acto de esta naturaleza (el deshacerse de una pieza que constituye evidencia de delito)?
Si santo Tomás de Aquino dice refiriéndose al conocido versículo neotestamentario “Illud autem scitote quoniam si sciret pater familias qua hora fur venturus esset, vigilaret utique et non sineret perfodi domum suam” (Si el padre de familia supiera a qué hora vendría el ladrón…Mt XXIV, 43 ) comete un acto de traición, puesto que "sobre el ladrón vendrá la confusión" (Eccli V, 17) ¿Qué podríamos deducir de una agraviada que sabe a qué hora, cómo y dónde retornará el ladrón a devolver el bien hurtado?
Comúnmente se ha establecido que quienes hurtan compulsivamente son personas que necesitan afecto. El diagnóstico psiquiátrico lo define como “robo de afecto o atención”. Por lo general el manilargo pierde el interés en el bien hurtado al poco tiempo de haberlo poseído, porque la falsa sensación de seguridad y control se diluye en cuanto obtiene el botín. Retorna entonces a él (o ella) su preexistente angustia. Por lo común este individuo tiene además otras adicciones.
En el caso de la Hoefken no acontece exactamente este tipo de cleptomanía, si bien comparte algunas características. Su interés no consistió, en la acción de poseer lo ajeno, sino en generar una reacción que además le permitiera un determinado “lucro”. Ese lucro parece ser la “mayor asistencia que pueda generar el evento que organiza la culpa generada en los otros al endilgarles un crimen que no cometieron”; sin embargo, esto es solo lo aparente, la motivación fatal de su sombra es la exigencia emocional que tiene de tener un absoluto control de los hechos y de las emociones. Esto le ha permitido ocupar cargos de control en la esfera profesional indudablemente, pero es obvio que esto solo enciende su angustia, lo cual le conduce –estoy casi seguro- a aligerarse en la dependencia a otras adicciones.
Esa necesidad paradójica de control le hace traspasar los límites. Y esto último es la palabra clave que separa a un delincuente o de un hombre en perfecta disciplina de metanoia interior.
Naturalmente el hecho tendrá que ser dilucidado por las autoridades competentes y las instancias jurídicas que asuman el caso.
Pero nos queda claro que es en las instancias íntimas del ser humano (la no solución de una urgente carencia afectiva en la infancia, una competencia por la atención paterna, posiblemente, en ese caso) el motor secreto que activa los instintos, pensamientos y emociones adversas que se transforman en delitos. La urgente solución de estos con didáctica psicológica y devoción liberadora es el más perfecto camino de rehabilitación como se ha demostrado ya.
Y puesto que todos estamos más o menos expuestos a estas tinieblas que empañan el “lumen”, no podemos pues tirar la primera piedra.