jueves, 29 de octubre de 2009

El médico que demostró la naturaleza del corazón calvinista


El día de hoy se conmemora un aniversario más de uno de las mas ominosos capítulos de la historia del protestantismo: el infame asesinato del médico Miguel de Servet en manos de la inquisición que Juan Calvino instauró en Ginebra.
Y si bien este hecho acaeció un veintisiete de octubr de 1553, se constituyó, para la historia, en el momento cumbre de una cadena de crímenes, expoliaciones e injusticias cometidas por los protestantes; quienes enarbolaron la rabia criminal en nombre de una fe que, si bien nació como un justo reclamo a las necesidades de su tiempo (a menesteres burgueses, para ser sinceros), terminó convirtiéndose en el ajenjo apocalíptico y en la pira de azufre que cantaron todos los profetas.
Ese día Juan Calvino pasó, de virtual sucesor de San Agustín para las cuestiones teológales, en un impecable heredero de Nerón para los fines del imperio de Babilonia. Y, si bien el legado del “reformador” es equiparable a lo hecho por Mahoma, el caos calvinista, con su incesante sucesión de sectas, nada tiene que ver con la mística sufí que tanto estimuló luego las epifanías de la mística cristiana.
Por eso es bueno recordarles a los fariseos protestantes de hoy su legado homicida. Porque muchos de ellos ignoran que, a diferencia de los católicos, no nacieron perseguidos, sino perseguidores. Y porque al igual que ayer no pueden ocultar de esas antiestéticas covachas a las que llaman templos ese olor de carne podrida. Hoy mismo que escribo estas líneas, preclaros miembros de la iglesia evangélica de Huancayo se lanzan acusaciones mutuas de robo, violación y hasta de asesinato (de la benefactora Abigail); lo que ha llevado al conocido pastor Néstor Puicón a decir : “no vaya a ser que, así como nos creemos tan perfectos en muchas cosas, sea que también seamos capaces de cometer crímenes perfectos”. No está de más decir que en el resto del mundo la cosa no varía mucho.
Lo que si no fue perfecto fue el crimen de Miguel de Servet. El ilustre médico español era en realidad un cristiano de corriente gnóstica a quien le debemos para occidente el descubrimiento de la circulación pulmonar; dicho descubrimiento lo realizó en ese afán tan gnóstico de buscar el pneuma (la chispa divina) que por aquel entonces se identificaba con el aire respirado (Dios insufló el alma a Adán en las fosas nasales), así que, si el alma estaba en la sangre, la mejor manera de comprenderla y estudiarla era adentrarse en la ciencia de la circulación sanguínea ; y es allí donde descubre, a diferencia de lo que el dogma de Galeno establecía, que la transmisión de la sangre del ventrículo derecho del corazón al ventrículo izquierdo no se produce a través de los poros del tabique del corazón, sino a través de un “magno artificio”, por el que la sangre es inducida desde el ventrículo derecho hacia los pulmones para su oxigenación, franqueando luego al ventrículo izquierdo; como, en efecto, ocurre.
Sucede que Servet al llegar a Ginebra de paso al norte de Italia, donde consideraba que sus ideas teológicas podían ser bien acogidas (escapaba del juicio católico), fue arrestado y juzgado por herejía por las autoridades protestantes. Servet había tenido debates en asuntos teologales con Calvino, los mismos que el acusador Nicolás de la Fontaine presentó oportunamente. El Ayuntamiento de Ginebra tras una deliberación en la que participaron cuatro iglesias protestantes –de Zurich, Berna, Basilea y Schaffhausen-, declaró a Servet culpable de no aceptar la Trinidad y de no aprobar el bautizo de los niños.
El teólogo Calvino que tanto adoran los protestantes modernos, pidió para Servet la decapitación; sus fieles devotos –mucho más “cristianos”, sin duda- reclamaron en cambio la hoguera para el gnóstico. Calvino presentando había presentado treinta y ocho fragmentos extraídos de las obras de Servet que constituyeron el principal argumento “en parte blasfemias impías, en parte errores irreverentes e insensatos, y del todo en desacuerdo con la Palabra de Dios y la fe ortodoxa” que Servet en vano debatió con el intransigente Calvino.
Muriendo entre las llamas Servet gritó: “¡Oh, Jesús, Hijo del Dios Eterno, apiádate de mí!”
Es importante que los reverendos le recuerden eso a sus pupilos, cada vez que el demonio del fariseísmo quiera apoderarse de sus conciencias. Es bueno que la masa de protestante (muchas veces poco informada, y otras tantas verdaderamente ignorante) deje de hacerse al (luterano) sueco con su historia.
Ahora bien, es cierto que hubo también una inquisición católica. Pero es útil anunciar a todos lo que los estudios revisionistas traen al respecto: un programa de la BBC refutó hace no mucho el mito del Santo Oficio como paradigma del terror. Lo cierto es que el Santo Oficio se enfrentó a una gigantesca maquinaria propagandística promovida por el mundo protestante gracias a la imprenta.
Transcribo a continuación la información que se dio al respecto del tema en otro medio:
“Expertos de la talla de Henry Kamen, Stephen Haliczer o los profesores españoles José Álvarez-Junco y Jaime Contreras reconstruyen en el reportaje El mito de la Inquisición española el verdadero paisaje de una institución, aunque no defendible a los ojos del siglo XX, sí intencionadamente desvirtuada. Una institución controlada por abogados reacios a aplicar la tortura y mucho menos inquisidores que sus homólogos de Francia, Alemania o Inglaterra, donde sin necesidad de un tribunal específico se asesinó tres veces más herejes, brujas o personajes más o menos excéntricos.
Para el profesor de la Universidad de Illinois, Stephen Haliczer, los propios archivos de la Inquisición son elocuentes: En cerca de 7.000 casos, apenas se aplica algo parecido a la tortura en un 2%. En 350 años de historia represiva, y mientras la leyenda habla de millones de asesinatos, la cifra real de víctimas se sitúa entre 5.000 y 7.000 personas.”
Por su parte Ellen Rice comenta sobre el particular: “Los Reyes Católicos, comenzaron la inquisición en la esperanza de que la unidad religiosa fomentara la unidad política, y otros jefes de estado anunciaran el trabajo que España estaba haciendo para por el advenimiento de una Cristiandad unificada. El documental claramente y sin ambages narra el contexto histórico, que indica que los españoles no estaban haciendo algo inusual teniendo en cuenta las normas contemporáneas. El mito de la Inquisición, que los españoles llaman la "leyenda negra" no surgió en 1480. Comenzó unos cien años después, exactamente un año después de la derrota protestante en la batalla de Muhlberg por cuenta del nieto de Fernando de Aragón, el Emperador, Carlos V.
En 1567 una feroz campaña de propaganda comenzó con la publicación de un panfleto protestante escrito por una supuesta víctima de la Inquisición llamado Montanus. Este personaje (un protestante, por supuesto) pinta a los españoles como bárbaros que abusan de las mujeres y sodomizan a los muchachos jóvenes. El protagonista pronto crea estos "enemigos encapuchados" que torturan a sus víctimas en horribles aparatos como ser la "Dama de Hierro", llena de cuchillos (y que nunca fue usada en España).
Los historiadores en este documental declaran falso un documento de la Inquisición que declara el genocidio de millones de herejes. Lo que está documentado es que de 3000 a 5000 personas murieron durante los 350 años que duró la Inquisición. También se documentan los "autos de fe", sentencias públicas a herejes en las plazas de los pueblos. Pero el gran mito del control del pensamiento por hermandades siniestras es refutado por la evidencia de los archivos. Ahora bien 3000 a 5000 ejecuciones documentadas, palidecen en comparación con los 150,000 quemas de brujas documentadas en otras partes de Europa durante los mismos siglos.
La destrucción de las mentiras que se han tejido con respecto al santo Oficio se unen a las refutaciones de otros mitos grotescos como es el de Guerra de los Treinta años y la Paz de Westfalia, y que últimamente están saliendo a la luz para el bien de todos.
Asunto importante para tener una perspectiva más objetiva de la realidad y para dejar los fariseísmos de lado; por lo menos hasta el momento en que todos los cristianos con la sabiduría que la historia nos concede, podamos restablecer el Reino Celeste de la Nueva Jerusalén en este plano.

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