Interesante, en la perspectiva
de la acción punible, es el caso de Susan Hoefken. El caso comienza con la
sospechosa “notitia criminis” que da cuenta del apócrifo hurto de un pulmón
-pieza de la muestra denominada “El cuerpo Humano, real y fascinante”- con
fecha seis de octubre en instalaciones de cuyas medidas de seguridad se podría
desconfiar bastante poco a decir de quienes asistieron a la referida exposición
cultural.
Digo que esta inaugural denuncia
-mediática además- resultaba sospechosa desde el primer instante porque, dadas
las circunstancias indicadas, normalmente son pista segura que el autor se
encuentra o entre los encargados de la seguridad (en complicidad comúnmente) o
entre los organizadores. Sin embargo el bien hurtado no constituía de por si
estímulo suficiente para que una banda, lo suficientemente organizada como para
burlar tales condiciones de seguridad, se interesara en ella. Quedaban dos
alternativas lógicas: o se trataba de un niño cleptómano sumamente audaz o bien
la solución la tenían los propios organizadores.
El asunto se vio más claro a las
cuarenta y ocho horas cuando la señora Hoefken “milagrosamente” encuentra –con
medios de prensa alrededor- dicha pieza en el estacionamiento comercial “Plaza
Camacho. ¿Cómo es posible que esta señora dedujera que una bolsa tirada en el
estacionamiento fuera precisamente la pieza que faltaba en su muestra? ¿Por qué
nadie lo percibió antes que ella, aun suponiendo que la bolsa fuera abandonada
ese mismo día, sobretodo si resulta obvio que un estacionamiento no es
precisamente un lugar discreto para disimular un acto de esta naturaleza (el
deshacerse de una pieza que constituye evidencia de delito)?
Si santo Tomás de Aquino dice
refiriéndose al conocido versículo neotestamentario “Illud autem scitote quoniam si sciret pater familias qua hora fur
venturus esset, vigilaret utique et non sineret perfodi domum suam” (Si el
padre de familia supiera a qué hora vendría el ladrón…Mt XXIV, 43 ) comete un
acto de traición, puesto que "sobre el ladrón vendrá la confusión"
(Eccli V, 17) ¿Qué podríamos deducir de una agraviada que sabe a qué hora, cómo
y dónde retornará el ladrón a devolver el bien hurtado?
Comúnmente se ha establecido que
quienes hurtan compulsivamente son personas que necesitan afecto. El
diagnóstico psiquiátrico lo define como “robo de afecto o atención”. Por lo
general el manilargo pierde el interés en el bien hurtado al poco tiempo de
haberlo poseído, porque la falsa sensación de seguridad y control se diluye en
cuanto obtiene el botín. Retorna entonces a él (o ella) su preexistente
angustia. Por lo común este individuo tiene además otras adicciones.
En el caso de la Hoefken no
acontece exactamente este tipo de cleptomanía, si bien comparte algunas
características. Su interés no consistió, en la acción de poseer lo ajeno, sino
en generar una reacción que además le permitiera un determinado “lucro”. Ese
lucro parece ser la “mayor asistencia que pueda generar el evento que organiza
la culpa generada en los otros al endilgarles un crimen que no cometieron”; sin
embargo, esto es solo lo aparente, la motivación fatal de su sombra es la
exigencia emocional que tiene de tener un absoluto control de los hechos y de
las emociones. Esto le ha permitido ocupar cargos de control en la esfera
profesional indudablemente, pero es obvio que esto solo enciende su angustia,
lo cual le conduce –estoy casi seguro- a aligerarse en la dependencia a otras
adicciones.
Esa necesidad paradójica de
control le hace traspasar los límites. Y esto último es la palabra clave que
separa a un delincuente o de un hombre en perfecta disciplina de metanoia
interior.
Naturalmente el hecho tendrá que
ser dilucidado por las autoridades competentes y las instancias jurídicas que
asuman el caso.
Pero nos queda claro que es en
las instancias íntimas del ser humano (la no solución de una urgente carencia
afectiva en la infancia, una competencia por la atención paterna, posiblemente,
en ese caso) el motor secreto que activa los instintos, pensamientos y
emociones adversas que se transforman en delitos. La urgente solución de estos
con didáctica psicológica y devoción liberadora es el más perfecto camino de
rehabilitación como se ha demostrado ya.
Y puesto que todos estamos más o
menos expuestos a estas tinieblas que empañan el “lumen”, no podemos pues tirar
la primera piedra.
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