miércoles, 14 de octubre de 2009

El pulmón de Susan


Interesante, en la perspectiva de la acción punible, es el caso de Susan Hoefken. El caso comienza con la sospechosa “notitia criminis” que da cuenta del apócrifo hurto de un pulmón -pieza de la muestra denominada “El cuerpo Humano, real y fascinante”- con fecha seis de octubre en instalaciones de cuyas medidas de seguridad se podría desconfiar bastante poco a decir de quienes asistieron a la referida exposición cultural.
Digo que esta inaugural denuncia -mediática además- resultaba sospechosa desde el primer instante porque, dadas las circunstancias indicadas, normalmente son pista segura que el autor se encuentra o entre los encargados de la seguridad (en complicidad comúnmente) o entre los organizadores. Sin embargo el bien hurtado no constituía de por si estímulo suficiente para que una banda, lo suficientemente organizada como para burlar tales condiciones de seguridad, se interesara en ella. Quedaban dos alternativas lógicas: o se trataba de un niño cleptómano sumamente audaz o bien la solución la tenían los propios organizadores.
El asunto se vio más claro a las cuarenta y ocho horas cuando la señora Hoefken “milagrosamente” encuentra –con medios de prensa alrededor- dicha pieza en el estacionamiento comercial “Plaza Camacho. ¿Cómo es posible que esta señora dedujera que una bolsa tirada en el estacionamiento fuera precisamente la pieza que faltaba en su muestra? ¿Por qué nadie lo percibió antes que ella, aun suponiendo que la bolsa fuera abandonada ese mismo día, sobretodo si resulta obvio que un estacionamiento no es precisamente un lugar discreto para disimular un acto de esta naturaleza (el deshacerse de una pieza que constituye evidencia de delito)?
Si santo Tomás de Aquino dice refiriéndose al conocido versículo neotestamentario “Illud autem scitote quoniam si sciret pater familias qua hora fur venturus esset, vigilaret utique et non sineret perfodi domum suam” (Si el padre de familia supiera a qué hora vendría el ladrón…Mt XXIV, 43 ) comete un acto de traición, puesto que "sobre el ladrón vendrá la confusión" (Eccli V, 17) ¿Qué podríamos deducir de una agraviada que sabe a qué hora, cómo y dónde retornará el ladrón a devolver el bien hurtado?
Comúnmente se ha establecido que quienes hurtan compulsivamente son personas que necesitan afecto. El diagnóstico psiquiátrico lo define como “robo de afecto o atención”. Por lo general el manilargo pierde el interés en el bien hurtado al poco tiempo de haberlo poseído, porque la falsa sensación de seguridad y control se diluye en cuanto obtiene el botín. Retorna entonces a él (o ella) su preexistente angustia. Por lo común este individuo tiene además otras adicciones.
En el caso de la Hoefken no acontece exactamente este tipo de cleptomanía, si bien comparte algunas características. Su interés no consistió, en la acción de poseer lo ajeno, sino en generar una reacción que además le permitiera un determinado “lucro”. Ese lucro parece ser la “mayor asistencia que pueda generar el evento que organiza la culpa generada en los otros al endilgarles un crimen que no cometieron”; sin embargo, esto es solo lo aparente, la motivación fatal de su sombra es la exigencia emocional que tiene de tener un absoluto control de los hechos y de las emociones. Esto le ha permitido ocupar cargos de control en la esfera profesional indudablemente, pero es obvio que esto solo enciende su angustia, lo cual le conduce –estoy casi seguro- a aligerarse en la dependencia a otras adicciones.
Esa necesidad paradójica de control le hace traspasar los límites. Y esto último es la palabra clave que separa a un delincuente o de un hombre en perfecta disciplina de metanoia interior.
Naturalmente el hecho tendrá que ser dilucidado por las autoridades competentes y las instancias jurídicas que asuman el caso.
Pero nos queda claro que es en las instancias íntimas del ser humano (la no solución de una urgente carencia afectiva en la infancia, una competencia por la atención paterna, posiblemente, en ese caso) el motor secreto que activa los instintos, pensamientos y emociones adversas que se transforman en delitos. La urgente solución de estos con didáctica psicológica y devoción liberadora es el más perfecto camino de rehabilitación como se ha demostrado ya.
Y puesto que todos estamos más o menos expuestos a estas tinieblas que empañan el “lumen”, no podemos pues tirar la primera piedra.

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