Como se ha sostenido tantas
veces, el ideal de la fraternidad universal halló su perfección en el modelo
católico (entendido en cuanto “universal”) propuesto en las primeras
comunidades cristianas y del que es posible hallar estelas no solo en las
epístolas paulinas, sino en la misma prédica de los evangelios (“vendrán al
Reino de Dios gente de oriente y de occidente”).
A San Pablo le correspondió
puramente dar forma a esta expectativa fraterna, de tal modo que pudiera el
cristianismo naciente, más que como una vía mística o filosófica de vida
proponer además una política que, de otro lado, tampoco le fue ajena desde un
principio -si bien las características de dicha política son bastante distintas
de lo que normalmente se tiende a entender como tal, es decir, desde una
perspectiva digamos maquiavélica-. El “gobierno de los pueblos” cristiano es
naturalmente teocrático, pero también profundamente conocedor de la realidad
humana en la que habrá de desenvolverse, y no evade las ocasiones de proponer
soluciones originales para las cuestiones políticas de su tiempo. Y resulta que
estas soluciones no han perdido vigencia para quienes han tenido el privilegio
de saborear la leche y la miel de la vía mística cristiana.
Si para Pablo, en el Cuerpo que
es la Iglesia no halla diferencia el romano del griego, ni el pagano del judío,
puesto que todos se hacen uno por el privilegio del Nuevo Pacto; en Juan esta
fraternidad es aún más audaz: “Que todos sean Uno así como Dios es Uno”. La
fraternidad cristiana es pues, en el discípulo de Patmos, un signo del
mandamiento nuevo por el que es indispensable amar al prójimo como a sí mismo,
al punto que no es posible ya el distinguir las diferencias entre uno y otro;
todo el bien al que se aspira para el alma y el cuerpo propios, son
equivalentes al amor que se pretende para cualquiera de los hermanos, y más
aún, para cualquier prójimo (“por cuanto todo lo que hicisteis con ellos lo
hicisteis conmigo”). La fraternidad cristiana es pues la Perfecta Unidad
Mística de un Cuerpo Armonioso –que es la Iglesia-, pero aún más, acepta en su
fraternidad a quien no pueda pertenecer a este cuerpo; por un gesto que no solo
es de caridad, sino de activa prédica y ejercicio de la fe.
Así lo comprendieron los mejores
predicadores de la Colonia que suscribieron los ideales de Fray Bartolomé de
las Casas, si bien sus denuedos fueron insuficientes para defender con similar
tesón la causa del esclavismo africano –y en este punto no podemos perder de
vista la perspectiva histórica de los acontecimientos-; y es ese también el
espíritu de la Doctrina Social de la Iglesia, que es ante todo, fraterna y
solidaria.
Los recientes conflictos sociales,
los acontecimientos confrontacionales de naciones, tribus y razas en el planeta
completo nos recuerdan entonces la exacta dimensión que nos aleja del Reino
Fraternal. La construcción de este, sin embargo, no parece resultar sencilla en
la medida que el ideal fraterno ha sido reemplazado por modelos laicos de
“fraternidad”, que si bien proponen paradigmas plausibles, compensa el enorme
sacrificio de la vocación solidaria con un esquema de libertad irrestricto al
amparo del relativismo moral (todos tienen su verdad y todo es verdad) cuando
no, desplazando la plena realización del ser humano en el plano no simplemente
material ni psicológico, sino además espiritual, a un mero utilitarismo en
función de los requerimientos de la Nación, la Sociedad, el Trabajo, la
Historia, o cualquiera de los múltiples ídolos del dogma contemporáneo, es
decir, el becerro dorado pop.
Con respecto al conflicto amazónico
que oportunamente acallaron las noticias policiales y faranduleras de tinte
naranja, no puede sino percibirse la falta de amor, la que procrea la eterna
indiferencia que nos impide escuchar “al otro”; y ¿no es la ominosa carencia de
caridad (con el otro y consigo mismo) la que destruye el ecosistema en pos de
la ambición de los que “acumulan riquezas aquí en la tierra”, caudales que se
apolillarán por obra y gracia de los gorgojos políticos que viven de la
carroña, y que se robarán esos ladrones modernos que son cualquier
transnacional cogida al vuelo o el discurso petate de alguna política de patas
sucias? ¿Acaso no es el desconocimiento del reflejo del alma en cada hijo de Dios
el que promueve la muerte de los hermanos, el que es capaz de echar un capote
sobre cuerpos “desaparecidos”, el que es indiferente al llanto de cualquier
Cristo vestido en usanza amazónica o en librea militar. Pero sobretodo qué
pensar de todo aquel que luego de esto presuroso se dirige a rezar ante
cualquier fetiche de barro, a fin de disimular la culpa –como si en la
jurisdicción de los Cielos se aceptaran cohechos con la misma frecuencia que
algunos tribunales terrestres -.
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