miércoles, 15 de abril de 2009

¿El improbable sendero de la fraternidad?


Como se ha sostenido tantas veces, el ideal de la fraternidad universal halló su perfección en el modelo católico (entendido en cuanto “universal”) propuesto en las primeras comunidades cristianas y del que es posible hallar estelas no solo en las epístolas paulinas, sino en la misma prédica de los evangelios (“vendrán al Reino de Dios gente de oriente y de occidente”).
A San Pablo le correspondió puramente dar forma a esta expectativa fraterna, de tal modo que pudiera el cristianismo naciente, más que como una vía mística o filosófica de vida proponer además una política que, de otro lado, tampoco le fue ajena desde un principio -si bien las características de dicha política son bastante distintas de lo que normalmente se tiende a entender como tal, es decir, desde una perspectiva digamos maquiavélica-. El “gobierno de los pueblos” cristiano es naturalmente teocrático, pero también profundamente conocedor de la realidad humana en la que habrá de desenvolverse, y no evade las ocasiones de proponer soluciones originales para las cuestiones políticas de su tiempo. Y resulta que estas soluciones no han perdido vigencia para quienes han tenido el privilegio de saborear la leche y la miel de la vía mística cristiana.
Si para Pablo, en el Cuerpo que es la Iglesia no halla diferencia el romano del griego, ni el pagano del judío, puesto que todos se hacen uno por el privilegio del Nuevo Pacto; en Juan esta fraternidad es aún más audaz: “Que todos sean Uno así como Dios es Uno”. La fraternidad cristiana es pues, en el discípulo de Patmos, un signo del mandamiento nuevo por el que es indispensable amar al prójimo como a sí mismo, al punto que no es posible ya el distinguir las diferencias entre uno y otro; todo el bien al que se aspira para el alma y el cuerpo propios, son equivalentes al amor que se pretende para cualquiera de los hermanos, y más aún, para cualquier prójimo (“por cuanto todo lo que hicisteis con ellos lo hicisteis conmigo”). La fraternidad cristiana es pues la Perfecta Unidad Mística de un Cuerpo Armonioso –que es la Iglesia-, pero aún más, acepta en su fraternidad a quien no pueda pertenecer a este cuerpo; por un gesto que no solo es de caridad, sino de activa prédica y ejercicio de la fe.
Así lo comprendieron los mejores predicadores de la Colonia que suscribieron los ideales de Fray Bartolomé de las Casas, si bien sus denuedos fueron insuficientes para defender con similar tesón la causa del esclavismo africano –y en este punto no podemos perder de vista la perspectiva histórica de los acontecimientos-; y es ese también el espíritu de la Doctrina Social de la Iglesia, que es ante todo, fraterna y solidaria.
Los recientes conflictos sociales, los acontecimientos confrontacionales de naciones, tribus y razas en el planeta completo nos recuerdan entonces la exacta dimensión que nos aleja del Reino Fraternal. La construcción de este, sin embargo, no parece resultar sencilla en la medida que el ideal fraterno ha sido reemplazado por modelos laicos de “fraternidad”, que si bien proponen paradigmas plausibles, compensa el enorme sacrificio de la vocación solidaria con un esquema de libertad irrestricto al amparo del relativismo moral (todos tienen su verdad y todo es verdad) cuando no, desplazando la plena realización del ser humano en el plano no simplemente material ni psicológico, sino además espiritual, a un mero utilitarismo en función de los requerimientos de la Nación, la Sociedad, el Trabajo, la Historia, o cualquiera de los múltiples ídolos del dogma contemporáneo, es decir, el becerro dorado pop.
Con respecto al conflicto amazónico que oportunamente acallaron las noticias policiales y faranduleras de tinte naranja, no puede sino percibirse la falta de amor, la que procrea la eterna indiferencia que nos impide escuchar “al otro”; y ¿no es la ominosa carencia de caridad (con el otro y consigo mismo) la que destruye el ecosistema en pos de la ambición de los que “acumulan riquezas aquí en la tierra”, caudales que se apolillarán por obra y gracia de los gorgojos políticos que viven de la carroña, y que se robarán esos ladrones modernos que son cualquier transnacional cogida al vuelo o el discurso petate de alguna política de patas sucias? ¿Acaso no es el desconocimiento del reflejo del alma en cada hijo de Dios el que promueve la muerte de los hermanos, el que es capaz de echar un capote sobre cuerpos “desaparecidos”, el que es indiferente al llanto de cualquier Cristo vestido en usanza amazónica o en librea militar. Pero sobretodo qué pensar de todo aquel que luego de esto presuroso se dirige a rezar ante cualquier fetiche de barro, a fin de disimular la culpa –como si en la jurisdicción de los Cielos se aceptaran cohechos con la misma frecuencia que algunos tribunales terrestres -.

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