Los talibanes de cierto
fundamentalismo que pretende ser científico (pero que pasa por el alto el rigor
que exige la perspectiva histórica y sociopolítica) han pintado a Hypatía, la
genial matemática, astrónoma y filósofa que descolló en Alejandría en el siglo
IV, como una mártir de las ciencias que fue inmolada por “cristianos bárbaros e
incultos, presas del fanatismo de su fe”. Así, el historiador McCabe no vacila
en referir: “El Imperio romano se estaba convirtiendo al cristianismo, y era
muy frecuente que los cristianos celosos sólo vieran herejía y maldad en las
matemáticas y la ciencia: "los 'matemáticos' debían ser destrozados por
las bestias salvajes, o bien quemados vivos" (p. 271).
Ignoran o pretenden disolver en
sutiles juegos verbales estas personas que el análisis objetivo de la historia
se ha de hacer en perspectiva a sus respectivos contextos a fin de no caer en
una falta de apasionamiento sumamente perniciosa para los fines de su
disciplina. ¿Sería inteligente analizar las guerras púnicas con los alcances
del Pacto de Ginebra? ¿Las conclusiones doctrinales de Vaticano II serían
exigibles para sentenciar la excomunión a Lutero? ¿No sería una estupidez
mencionar la Convención de Derechos Humanos para evaluar la conquista de
América? Como se ve, los hechos históricos, con toda la torpeza y la grandeza
de su curso, se suceden en una evolución dialéctica que, en gran medida, nos
ilustra con sus dolorosas lecciones esos errores que se necesita trascender
para constituir un presente más conveniente.
¿A qué viene este rollo? A que
esta próximo el estreno de la película “Ágora” del director español Alejandro
Amenábar, y el asunto que no debería pasar de una anécdota meramente estética,
ya es utilizado por ciertos primates ilustrados del resentimiento para
descargar toda su batería en contra del cristianismo que “hoy como ayer
pretende aniquilar a los que piensan distinto”. Eso, por supuesto es un
sofisma, del que la misma Hypatía se habría reído de buena gana. Lo cierto es
que Amenábar es un prominente adalid del lobby gay, y pretende utilizar a la
pobre Hypatía (que solo tuvo la culpa de estar mal asesorada políticamente) como
emblema de los afanes del terrorismo rosado.
El recurso se cae por si solo de
estrafalario; y en ese sentido es muy relevante lo que ha dicho el filósofo y
escritor español José Ramón Ayllón a la página web “Primeros Cristianos”:
“Hypatía fue asesinada más por motivos políticos que religiosos”. Lo cual es
más convincente tomando en cuenta que, en principio Alejandría de aquel
entonces era una de las principales urbes de su tiempo, en donde confluían
judíos, cristianos y paganos helenistas. Que Juan de Éfeso, en el siglo V, los
veía como "una horda de bárbaros, directamente inspirada por Satán",
y el propio obispo Cirilo les reprochó su carácter levantisco y pendenciero, en
su homilía pascual del año 419. Que pocos años después, en 422, el prefecto
imperial fue muerto en un tumulto. Y que Lawrence Durrell los retrata
entregados a las facciones y algaradas, a veces con episodios sangrientos.
Hypatía fue pues una víctima más
de unas circunstancias socioculturales en un marco histórico preciso. El mismo
Ayllón nos explica el contexto de su homicidio: “Una noche, los judíos
asesinaron a un buen número de cristianos. Como respuesta, el obispo Cirilo
logró expulsar a la población hebrea de la ciudad. Pero entonces la economía se
resintió, y entre el gobernador y el obispo creció la enemistad. Hasta que un
día unos cristianos exaltados asesinaron a Hypatía, a la que atribuían
influencia anticristiana sobre el gobernador”.
Ahora bien, que a causa de ello
se pretenda desacreditar a los cristianos resulta un desatino de ignorancia
supina, porque siguiendo la misma lógica habríamos de descalificar a la
humanidad por completo: A los griegos por matar a Sócrates, a los ingleses por
matar a Tomás Moro, a los franceses por matar a Juana de Arco…y así al
infinitum del absurdo. Ayllón remata su brillante alocución recordando que las
ciencias tal como las conocemos no serían nada sin el impulso que ellas
recibieron por parte del cristianismo en la Edad Media.
Pasan por alto también estos
fundamentalistas que la propia Hypatía recibió entre sus discípulos a
estudiantes de todas las creencias religiosas, que posiblemente solo los
cristianos más fanáticos e incultos hayan podido desmerecerla teniendo en
cuenta el valioso aporte de las doctrinas platónicas a la edificación del posterior
pensamiento cristiano (especialmente el escolástico), y que su posición
ideológica seguramente era muy afín a ciertas tendencias cristianas
preconciliares, particularmente de los gnósticos.
Resulta improbable además que un
“cristiano” elimine a otro por desarrollar ecuaciones indeterminadas o por
sustentar un tratado de geometría sobre las cónicas de Apolonio. Es más exacto
decir que un ciudadano de Alejandría mata a un rival político en un contexto
donde el homicidio es moneda corriente –casi de transacción diofántica-. En
este sentido no se debe olvidar que ha quedado demostrado que los magistrados
solían consultarla en primer lugar para su administración de los asuntos de la
ciudad, esto está sustentado por McCabe (p. 269). Por esta influencia se sabe
que prefecto de la ciudad la tenía en especial predilección, dejando incluso de
asistir a la iglesia como había sido su costumbre; a causa de esto la gente la
acusó de ser la causa de que Orestes y el obispo no se habían hecho amigos.
Esto es pues, mas por un interés político que religioso.
Quizá consciente de este carácter
más político que doctrinal en el asesinato de Hypatía el historiador Cristiano
Sócrates el Escolástico no vacila en llamar a los asesinos “atolondrados,
impetuosos y violentos cuyo capitán y guía era Pedro, un lector de esa
iglesia”. Y es que los asesinos eran una facción del cristianismo preconciliar,
disperso en diversas sectas, específicamente parabolanos, monjes fanáticos de
la iglesia de San Cyrilo de Jerusalén, quizá ayudados por monjes nitrios.
Cuando personajes excepcionales
como Hypatía pretenden ser utilizados por los fanáticos de hoy (los que
encierran pastores como Ake Green y excomulgan en su Inquisición Rosa a todo el
que no se trague su discurso pornográfico) a uno le da risa.
Tal vez podríamos remontarnos
justo un siglo antes de aquel marzo de 415, cuando un grupo de paganos
asesinaron a Catalina, una erudita alejandrina cristiana.
La diferencia es que ahora el
dogma es de quienes utilizan burdamente a Hypatía y no la convicción de quienes
pretendemos ser seguidores de Catalina de Alejandría.
Esos son los verdaderos misterios
de la vida.
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