miércoles, 30 de julio de 2008

La felicidad y la risa


El primero que me habló exclusivamente de la risa en lenguaje filosófico fue Bergson. Era una necesidad, porque en aquel entonces yo tenía como veinte años de edad y venía de haber abandonado todas mis iglesias –o mejor dicho, todos mis dogmas, como comprendí luego- y me sentía un poquito huérfano, tal y como solo pueden sentirse quienes han renunciado alguna vez a sus puntales de tipo político o religioso luego de una prolongada crisis existencial que no te la paraba ni Mandrake; y así, queriendo cambiar un poco la atmósfera corrosiva que me atribulaba, decidí aplicar uno de esos tips “prácticos” que infestan las revistas tipo “Mens Health”: decidí hacerme caricaturista. Presenté unos cuantos garabatos, que tenía acumulados de mis ratos de ocio universitario, al segundo diario más importante de mi ciudad (que para ese entonces habían dos), y listo: me convertí oficialmente en un “periodista de humor gráfico”, que era el adjetivo que mi eterno esnobismo había ideado para esas circunstancias especiales.
De la noche a la mañana, sin embargo, la gente NO me tomó por ilustrado gacetillero como quería, sino mas bien como una suerte de Melcochita de lápiz tinta. Esto, empezando por los cotorros de la sala de redacción, quienes comenzaron a solicitarme exclusivamente cada vez que necesitaban a alguien para que les cuente un chiste, absolutamente ignorantes, ellos, de mis cuitas existenciales; y luego también por los coleguitas del campus, que me entronizaron al rol de inventor de “chapas”, cada vez que un puñetero de la clase así lo requería.
El asunto se hizo tan grave que ya cada vez me resultaba asaz difícil que alguien me tomara en serio; incluso si por allí se me ocurría hablar sobre los deshielos árticos, con muerte de osito y todo.
Por ese entonces, digo, se me apareció Bergson en la edición de los clásicos filosóficos de Thor para explicarme algunas cuantas verdades sobre la risa (era necesario, repito; tenía que ser gracioso o quedarme desempleado). Bergson dijo aquello de que el hombre no solo no es el único animal que ríe, sino también el único que puede provocar voluntariamente la risa. Hecho. Pero por propia experiencia corregí al pensador que el hombre también es el único animal que se acomoda a una mecánica de la risa, confundiendo el mensaje humorístico con el mensajero. Por lo antes dicho, la humanidad parece no distinguir mucho estas categorías. Resuelta que el payaso es más una etiqueta que un disfraz. Y eso ya lo notó Eugenio Derbez cuando le tocó declarar en una corte, en la que no pararon de reírse ni el ujier ni los magistrados. Y eso que el buen Derbez no había contado una sola gracia, ni había hecho una de sus habituales muecas.
Pedir que el respetable evolucione con respecto de ese objeto falseado del humor-es decir, confundir el chiste con el “chistoso”, esa efigie graciosa-, es muy difícil. No otro es el eterno drama del que hablan los poemas y las canciones de payasos. Ya se sabe, nadie se pregunta que hay debajo de la nariz roja- y ni debería, si es que no quiere malograrse el chiste-. Pero, al menos las efigies dejarán de ser cuando la gente se pregunte algo tan simple cómo “¿de qué diablos me estaré riendo?”. Pero en serio; y eso es demasiado pedir.
Los humoristas han reducido la risa a unas cuantas fórmulas clásicas ( la exageración, el cambio de contexto, la paradoja cruel; etc) A todas estas el redundante Bergson le agregaba otras igualmente interesantes como la famosa “repetición mecánica para seres animados de circunstancias propias de los seres desprovistos de conciencia” – y que Chespirito fue uno de los últimos en aplicar, mas no sé si por ser un comediante nato o por esa afición a las matemáticas que se le conoce (verbigracia, las chiripiolcas o los eternos “¿Y cómo dije? ¿Y cómo es’”); y claro, “la puesta en evidencia de los defectos, en cuanto antónimos de la virtud” (algo que viene desde Moliere).
Cuando se entienden estas leyes que mueven a la risa lo verdaderamente cómico para un bufo es darse cuenta que la gente se sigue riendo hasta ahora con las mismas fórmulas de siempre: las cosquillas cerebrales.
Pero nos reímos. Y eso es muy bueno, considerando los innegables beneficios salutíferos de la hilaridad. Aprendida la lección, aprendí a disfrutar de mi nueva condición chocarrera, medicinal y sociológica.
Sociológica porque en Latinoamérica, particularmente, yo creo que nos reímos para no morirnos más rápido; y esta actitud nos acerca a cierta sabiduría cotidiana.
Sofocleto dijo aquello de que la risa es el camino de vuelta de todos aquellos que transitan llorando, quejándose y lamentándose: “el cómico se ríe porque sabe que es lo más sensato, considerando que al final del camino no hay nada “(así era el existencialismo feliz de don Sofo). Y eso parece válido; no tanto porque no haya nada al final del camino, sino porque esencialmente mientras estamos acá ( y ojo que se supone que no sabemos por qué, ni para qué estamos) por lo menos deberíamos disfrutar de la estancia. O, como decía Cantinflas, “seamos felices, porque si hemos venido aquí para ser infelices, pos mejor nos regresamos”. Punto.
Por eso, ahora considero que el destino me puso la risa para liberarme del tenebroso sino de un existencialismo que pendía sobre mí con la lobreguez de su atmósfera vital. Para eso, supongo, vino Bergson, luego el “Elogio de la Locura” y también Rabelais: para enseñarme que el camino a la sabiduría comienza con una simple y gratuita sonrisa.
Y claro, la comedia, como todo arte que refleja su tiempo, hoy es violenta, procaz y hortera.

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