martes, 10 de junio de 2008

Tránsito del Alma a su Morada

La experiencia de Dios en el ser humano ha de ser directa, o no será. Tal es el razonamiento excluyente que nace de las diversas manifestaciones del misticismo oriental u occidental. La misma definición filosófica de misticismo engloba la referida militancia en los terrenos de un empirismo metafísico y espiritual. Metafísico, porque es en esa disciplina, extremadamente audaz, donde resulta evidente aquello que es más real que lo “real” y el universo entero más vasto que las expectativas que tenemos de lo aparentemente creado. La ciencia se acerca cada vez más a ella, sobretodo desde las disciplinas cuánticas; al punto que tal vez, dentro de poco, hallaremos fundidos los conceptos de física y de metafísica en un solo corpus, y al que nuestra mente y “puertas del alma”(citando a Blake) recién deben acondicionarse, con mayor o menor método. Semejante conjunción pudiera acontecer, entonces, con lo que ahora llamamos ciencia y religión. La apuesta por esta perspectiva inefable, que es el encuentro contemplativo supremo, se rastrea ya desde el origen mismo de las teologías propiamente dichas. 
Se percibe en los presocráticos y pitagóricos, sobretodo a la lumbre de poetas perfectos y ascendidos como Parménides de Elea; de los que Agustín parece decir “ya antes del cristianismo, hubo muchos que ejercieron una fe análoga a la de Cristo”, y no dudando en llamar santo al buen Sócrates. Ya ulteriormente el misticismo se hizo dogma con Buda Sakyamuni; disciplina ritual con el gnosticismo de las cruces y las estrellas. Versos con sabor a dátiles y especias en la copa del vino sufista. 
El “Masvaní”, largo y bello poema de Jalal Al Din Rumi, que no es sino la nostalgia de un alma que espera su reintegración perfecta con El Absoluto. nos describe un bello diálogo: “-¿Quién está a la puerta?, -le gritó el amigo/ -¡Oh, ladrón de corazones! ¡Tu mismo!, - respondió/ -Puesto que eres yo mismo, entonces puedes entrar. Dos “yo” no podrían habitar en la misma casa”. La experiencia mística es pues “Dios con nosotros y nosotros con él”; aquí y ahora. Ya Pablo de Tarso nos decía en la epístola: “No soy yo el que vivo, sino Cristo el que habita en mí”. Retornarán a ello, desde el puro cristianismo, Eckhart, Hildegarda, Francisco; los versos de Juan de la Cruz o de Teresa; etc. Raimundo Lulio, misionero, filósofo y místico sin par, nos cifraba, por ejemplo en su “Libro del Amigo y del Amado”, viva representación de un figurado contrapunto entre el alma del creyente (el Amigo) y Dios mismo (El Amado), certidumbres tan indulgentes como esta: “Llamaba el Amigo a la puerta del Amado con golpes de amor y de esperanza. Oía el Amado los golpes de su Amigo con humildad, piedad, paciencia y caridad. Abrieron las puertas Divinidad y Humanidad; y entraba el Amigo a ver a su Amado.” Roger Bacon, por su lado, eminente franciscano del siglo XIII, pasará esa praxis mística de la que hicieron carne los patriarcas de su orden, a una formulación teórica que es, también, una invitación a esa fiesta de voluptuosidad ascética: “Podemos conocer las cosas por autoridad, razonamiento o experiencia. 
Mas, la voz autorizada de quienes nos instruyen no nos resultará suficiente; debemos razonar por nuestra cuenta y obtener, por nuestros medios mentales, conclusiones valederas; pero será solo aprendiendo, por medio de nuestra propia experiencia, todo aquello que nos dijeron o razonamos, cuando resultaremos verdaderamente convencidos de esa Verdad”. Así, ya no basta oír sobre el budín, leer la receta, o imaginar su sabor; ¡se necesita probar! Así de sencilla es la fórmula baconiana que, aplicada a nuestro tema, no es sino una invitación a la experiencia mística para todos aquellos “cansados, que necesitan ir en pos de Él; porque solo allí encontrarán el Consuelo.”

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