jueves, 5 de noviembre de 2009

Violencia de las horas

Durante el tiempo en el que mi servicio a la seguridad ciudadana era, por así decirlo, constante y laboriosa, fui “privilegiado” testigo de la progresiva ola de crueldad que se ha cernido sobre Huancayo a medida que esta ciudad ha prosperado en sus aspectos económico, tecnólogico y cultural. No hay instrumentos precisos para medir el incremento de la sevicia en una urbe, es cierto; así como es cierto que no existe tampoco un consenso que nos de luces irrefutables sobre el origen de la crueldad y la pandemia que significa su cotidiana presencia en nuestra sociedad contemporánea. Pero, ¿acaso la creciente frecuencia de actos delictivos y el hecho de que estos sean paulatinamente cada vez más sañudos en su ejecución, no nos han dado la voz de alerta a quienes aquí moramos? ¿No resulta suficiente hacer un balance estadístico de las primeras planas de los diarios locales durante los últimos meses para concluir que caminamos decididamente a una sociedad de “permanente riesgo y alerta”?
Fue Francis Bacon el primero en cifrar las esperanzas de la humanidad en el desarrollo de la ciencia. Así, éste filósofo que nos ha dado tantas luces sobre diversos aspectos del conocimiento humano –y fundamentalmente sobre el método científico-, cayó en la fácil tentación de adorar a la “vaca sagrada de la ciencia” concediéndole demasiadas atribuciones; las mismas que la historia se ha encargado de desbaratar, dicho sea de paso. Porque, como bien dijo Theodor Adorno, la historia de la ciencia sin conciencia puede resumirse perfectamente en “el paso de la honda hacia la bomba de hidrógeno”.
Lo que quiero decir es que resulta vano considerar que nuestros pueblos avanzarán resueltamente hacia los privilegios de la paz social con programas simplificados de desarrollo tecnológico o con la tentadora apariencia de la “modernidad”. Sabemos bien que un desastre natural o económico, un accidente de la contingencia universal o un mero apagón –como se demostró alguna vez en Nueva York, y más recientemente en Brasil- pueden tirar por la borda argumentos tan simplones. Las innegables virtudes de un modelo de vida de vanguardia nos pueden simplificar también hasta conducirnos a la vulnerabilidad extrema: una simple falla en los sistemas de internet podría echar a perder todo un día de trabajo.
Pero en donde verdaderamente queda expuesta con absoluto vértigo toda la magnitud de nuestra perplejidad como sociedad, es precisamente en el crimen. Porque ni todo el progreso, ni todos los edulcorantes que ofrece la vida actual a los actos cotidianos han conseguido liberarnos del miedo y de la inseguridad.
En la “riqueza” subjetiva de del acto criminal hay también un contenido metatextual que interroga a la sociedad en su conjunto para desgarrar el velo que cubre su hipocresía. El personaje que decide cobrarse una venganza y que para ella tortura, viola y/o asesina a otro individuo, no solo comete un hecho delictivo y una afrenta casi metafísica en contra de uno (considerando el sentido multiforme de esa existencia humana, su origen y su trascendencia final), sino que lo hace también en contra de todo el entorno social, restregándole una miseria evidente: puesto que “nada es ya seguro, y el sistema solo se encarga de maquillar y hacer tolerante la pesadilla”.
Por esto siempre la atenta observación de este fenómeno nos conducirá a la teología, cuando no a la metafísica. Porque, ocurra lo que ocurra, el entorno material y sus sistemas jamás podrán garantizar pos sí mismos una auténtica redención al individuo. El sistema puede, a lo sumo, instituir un sistema jurídico, organizar una ciencia criminal o implantar un régimen determinado para remediar los síntomas; pero finalmente nada de esto satisface la sensación de contingencia y vulnerabilidad de individuo como enorme interrogante frente al universo.

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