Fue Francis Bacon el primero en
cifrar las esperanzas de la humanidad en el desarrollo de la ciencia. Así, éste
filósofo que nos ha dado tantas luces sobre diversos aspectos del conocimiento
humano –y fundamentalmente sobre el método científico-, cayó en la fácil
tentación de adorar a la “vaca sagrada de la ciencia” concediéndole demasiadas
atribuciones; las mismas que la historia se ha encargado de desbaratar, dicho
sea de paso. Porque, como bien dijo Theodor Adorno, la historia de la ciencia
sin conciencia puede resumirse perfectamente en “el paso de la honda hacia la
bomba de hidrógeno”.
Lo que quiero decir es que
resulta vano considerar que nuestros pueblos avanzarán resueltamente hacia los
privilegios de la paz social con programas simplificados de desarrollo
tecnológico o con la tentadora apariencia de la “modernidad”. Sabemos bien que
un desastre natural o económico, un accidente de la contingencia universal o un
mero apagón –como se demostró alguna vez en Nueva York, y más recientemente en
Brasil- pueden tirar por la borda argumentos tan simplones. Las innegables
virtudes de un modelo de vida de vanguardia nos pueden simplificar también
hasta conducirnos a la vulnerabilidad extrema: una simple falla en los sistemas
de internet podría echar a perder todo un día de trabajo.
Pero en donde verdaderamente
queda expuesta con absoluto vértigo toda la magnitud de nuestra perplejidad
como sociedad, es precisamente en el crimen. Porque ni todo el progreso, ni
todos los edulcorantes que ofrece la vida actual a los actos cotidianos han
conseguido liberarnos del miedo y de la inseguridad.
En la “riqueza” subjetiva de del
acto criminal hay también un contenido metatextual que interroga a la sociedad
en su conjunto para desgarrar el velo que cubre su hipocresía. El personaje que
decide cobrarse una venganza y que para ella tortura, viola y/o asesina a otro
individuo, no solo comete un hecho delictivo y una afrenta casi metafísica en
contra de uno (considerando el sentido multiforme de esa existencia humana, su
origen y su trascendencia final), sino que lo hace también en contra de todo el
entorno social, restregándole una miseria evidente: puesto que “nada es ya
seguro, y el sistema solo se encarga de maquillar y hacer tolerante la
pesadilla”.
Por esto siempre la atenta
observación de este fenómeno nos conducirá a la teología, cuando no a la
metafísica. Porque, ocurra lo que ocurra, el entorno material y sus sistemas
jamás podrán garantizar pos sí mismos una auténtica redención al individuo. El
sistema puede, a lo sumo, instituir un sistema jurídico, organizar una ciencia
criminal o implantar un régimen determinado para remediar los síntomas; pero
finalmente nada de esto satisface la sensación de contingencia y vulnerabilidad
de individuo como enorme interrogante frente al universo.
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