Inconsciente sí. Porque es lo
propio de la Conciencia, la facultad del entendimiento divino que nos faculta a
comprender en uno mismo todos aquellos apetitos desordenados que nos conducen a
la ingobernabilidad de la existencia, al crimen y al pecado. Y si bien es
cierto que algunas patologías de índole psicológica devastan esa capacidad de
discernimiento; ocurre la gran mayoría de veces que es la simple mecanicidad de
los acontecimientos íntimos –en cuantas ramificaciones del egoísmo, en cuanto
pecado capital- la que desencadena un hecho criminal.
Santo Tomás de Aquino señalaba en
ese sentido: “Muchos creen excusarse por
la ignorancia, si no observan esa ley. Pero en contra de ellos dice el Profeta
en el Salmo IV, 6: "Son muchos los que dicen: ¿Quién nos mostrará lo que
es el bien?", como si ignorasen qué es lo que se debe hacer, pero él mismo
responde (ibídem, 7): "Marcada está en nosotros la luz de tu rostro,
Señor", o sea, la luz del entendimiento, por la que se nos hace evidente
qué debemos hacer. En efecto, nadie ignora que aquello que no quiere que se le
haga a él no debe hacérselo a otro, y otras cosas semejantes”.
Nadie pues puede decir que se
halla sustraído de hacer uso de esa iluminación que es la Conciencia. “Signatum est super nos lumen vultus tui
Domine dedisti laetitiam in corde meo”. Esta es la luz que nos conduce a la
verdad. No solo a la verdad entendida como atributo externo de nuestra
realidad, de nuestro entorno, de nuestras circunstancias. Sino a esa realidad
cognoscible que habita en lo profundo de nosotros mismos y sobre la cual gravita
todo lo anterior. Para conectar con esta “lumen” se precisa de una absoluta
sinceridad. El filósofo gnosticista hindú Krishnamurti nos refiere el camino a
conectar con ella con este emplazamiento: “Si
realmente queréis hallar la verdad, debéis ser extremadamente sinceros, no solo
a nivel verbal, sino a todos los niveles; tenéis que tener las ideas muy
claras, y no las podéis tener si no estáis dispuestos a enfrentaros con los
hechos”. Tentación y discernimiento: Allí la perfecta ocasión de
transcendencia espiritual y revelación profunda que ya nos refería Kempis.
Los apetitos de la carne son pues
todos los instintos nefandos, caóticos y aún criminales que constituyen ese
conjunto de sombras de la Conciencia, las nubosidades que opacan lo radiante
del Lumen Christi. De esas tinieblas íntimas refiere el propio San Pablo de
Tarso: “Video autem aliam legem in
membris meis repugnantem legi mentis meae et captivantem me in lege peccati
quae est in membris meis, infelix ego homo quis me liberabit de corpore mortis
huius” (Rom VII, 23-24). Ante ellos la sinceridad, y la negación. Nadie
puede decirse libre de ellas hasta el momento de la muerte.
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