martes, 24 de noviembre de 2009

Qua hora fur venturus esset

Tal como acontece en los homicidios; en el robo, la falsedad genérica y el embuste existen inconmensurables causas que se extravían en lo recóndito del plano mental, emocional o instintivo del individuo potencialmente infractor antes de estos poder manifestarse como delitos consumados propiamente dichos. Si bien todos ellos han existido en grado latente, y por lo general, constituyen un ejercicio libre del egoísmo en la esfera subconsciente.
Inconsciente sí. Porque es lo propio de la Conciencia, la facultad del entendimiento divino que nos faculta a comprender en uno mismo todos aquellos apetitos desordenados que nos conducen a la ingobernabilidad de la existencia, al crimen y al pecado. Y si bien es cierto que algunas patologías de índole psicológica devastan esa capacidad de discernimiento; ocurre la gran mayoría de veces que es la simple mecanicidad de los acontecimientos íntimos –en cuantas ramificaciones del egoísmo, en cuanto pecado capital- la que desencadena un hecho criminal.
Santo Tomás de Aquino señalaba en ese sentido: “Muchos creen excusarse por la ignorancia, si no observan esa ley. Pero en contra de ellos dice el Profeta en el Salmo IV, 6: "Son muchos los que dicen: ¿Quién nos mostrará lo que es el bien?", como si ignorasen qué es lo que se debe hacer, pero él mismo responde (ibídem, 7): "Marcada está en nosotros la luz de tu rostro, Señor", o sea, la luz del entendimiento, por la que se nos hace evidente qué debemos hacer. En efecto, nadie ignora que aquello que no quiere que se le haga a él no debe hacérselo a otro, y otras cosas semejantes”.
Nadie pues puede decir que se halla sustraído de hacer uso de esa iluminación que es la Conciencia. “Signatum est super nos lumen vultus tui Domine dedisti laetitiam in corde meo”. Esta es la luz que nos conduce a la verdad. No solo a la verdad entendida como atributo externo de nuestra realidad, de nuestro entorno, de nuestras circunstancias. Sino a esa realidad cognoscible que habita en lo profundo de nosotros mismos y sobre la cual gravita todo lo anterior. Para conectar con esta “lumen” se precisa de una absoluta sinceridad. El filósofo gnosticista hindú Krishnamurti nos refiere el camino a conectar con ella con este emplazamiento: “Si realmente queréis hallar la verdad, debéis ser extremadamente sinceros, no solo a nivel verbal, sino a todos los niveles; tenéis que tener las ideas muy claras, y no las podéis tener si no estáis dispuestos a enfrentaros con los hechos”. Tentación y discernimiento: Allí la perfecta ocasión de transcendencia espiritual y revelación profunda que ya nos refería Kempis.
Los apetitos de la carne son pues todos los instintos nefandos, caóticos y aún criminales que constituyen ese conjunto de sombras de la Conciencia, las nubosidades que opacan lo radiante del Lumen Christi. De esas tinieblas íntimas refiere el propio San Pablo de Tarso: “Video autem aliam legem in membris meis repugnantem legi mentis meae et captivantem me in lege peccati quae est in membris meis, infelix ego homo quis me liberabit de corpore mortis huius” (Rom VII, 23-24). Ante ellos la sinceridad, y la negación. Nadie puede decirse libre de ellas hasta el momento de la muerte.

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Nota: solo los miembros de este blog pueden publicar comentarios.