viernes, 6 de noviembre de 2009

Remate de Levi Strauss fuera de temporada

Claude Levi Strauss no solo tuvo nombre de jeans, sino también la popularidad de quienes usan esta prenda con particular desenfado.
Por ello, todos sabemos que no faltaran en su tránsito hacia ese lugar que el Dante le hubiera reservado –entre el Purgatorio y ese lugar donde se pierde toda esperanza-, rimbombantes epitafios, letárgicos discursos y, tal vez, hasta una lágrima estructuralista.
Recuerdo haber disfrutado una conversación con algunos discípulos suyos. Tan suyos que terminaron atacándose entre ellos y dejándome de lado con mi “rosa de Alejandría”. De tal modo que siempre me ha parecido que los antropofilósofos cuando pretenden olisquear entre la religión a fin de definirla en sus cuadernos cuadriculados de la teoría no llegan sino a aproximarse a las formas más inmaduras de la fe: el fariseísmo nominal, el fanatismo totémico y, a lo sumo, el dogmatismo puramente racional. Lo cual demuestra que la “idolatría” intelectual de los modernos “Maestros de la Ley” alcanza a lo sumo estas formas de religiosidad.
Sí, porque a esos estados más elevados de la experiencia mística no pueden acceder los cabecillas intelectuales con esa forma de vandalismo que supone ese autoritarismo conceptual que pretenden para la Academia (la catedral de su fanatismo). Les haría mucho bien a los discípulos de Levi Strauss (y de Durkheim y de Malinowski) aplicar sus razonamientos con respecto al fanatismo trivial sobre ellos mismos y sus adeptos.
Para Levi Strauss, a diferencia de los otros mencionados, las emociones configuran meros efectos de las creencias y de los ritos. Y, en ese sentido, era muy oportuna la apreciación realizada en su obra La pensée sauvage, fundamento de una teoría de las superestructuras (Lévi- Strauss; 1998: 192- 193), en la que determina la relación entre el espectáculo deportivo y la religión. Cualquier observador bien versado en la experiencia religiosa podría suponer muy bien que semejante analogía solo es posible entre un estado inferior de manifestación de fe; porque, en efecto, el fanatismo deportivo es más apropiado para estudiar a un adepto de los “avivamientos de la risa pentecostales” o al talibanismo, pero mas no para un Pío de Petralcina, digamos. El fundamentalismo levistraussiano consideraba que ambos patrones –de fanatismo, ya lo dijimos- reproducen estructuras simétricamente inversas. La inversión de la simetría justifica la inserción de los elementos sincrónicos en determinada diacronía. Vale decir, que para el intelectual ateo de marras, la sociedad industrial protege el predominio de las competencias deportivas sobre el ritual religioso a partir de la más idónea inserción de su simetría por encima de la religiosa. Veamos:
Entonces, el juego se nos manifiesta como disyuntivo: culmina en la creación de una separación diferencial entre jugadores individuales o entre bandos, que al principio nada designaba como desiguales. Sin embargo, al fin de la partida, se distinguirán en ganadores y perdedores. De manera simétrica e inversa, el ritual es conjuntivo, pues instituye una unión (podríamos decir aquí que una comunión) o, en todo caso, una relación orgánica, entre dos grupos (que se funden, en el límite, uno con el personaje del oficiante, y el otro con la colectividad de los fieles), y que estaban disociados al comienzo... En el caso del ritual... se establece una asimetría preconcebida y postulada entre profano y sagrado, fieles y oficiante, muertos y vivos, iniciados y no iniciados, etc., y el “juego” consiste en hacer pasar a todos los participantes al lado del bando ganador, por medio de acontecimientos cuya naturaleza y ordenamiento tienen un carácter verdaderamente estructural (...) se comprende, entonces, que los juegos de competencia prosperen en nuestras sociedades industriales...” (Lévi- Strauss; 1998: 58- 59).
Levi Strauss no fue ateo, como no lo es Noam Chomsky. Nuestro antropofilósofo era un talibán del dogma intelectualoide. En tal sentido no es raro que se sintiera alertado –como buen fanático- de otras formas de fundamentalismo más agresivas como pudiera ser los estados más inmaduros del islam. Sostenía por ello: “Hemos sido contaminados por la intolerancia islámica. Hablan de reintroducir la enseñanza de la historia de las religiones en la escuela. Es una nueva concesión hecha al islam, a la idea de que la religión debe penetrar en dominios que no son los suyos. Me parece que la laicidad pura y dura había dado buenos resultados.” ¿Laicidad pura y dura? ¿No es ese el grito de batalla del talibanismo agnóstico? ¿No es esa la intolerancia agresiva de los liberaloides, de los derechohumanistas con minúsculas, de los relativistas morales que huyen de la cruz y el ajo?
Solo un fanático ateo podría meter en un mismo saco a un kamikaze del Corán mal leído y a un venerable santo sufí.
Con todo, el redundante, percibía en el budismo y el ecologismo primitivo un atisbo de sociedad idónea y pura. Pero nunca pudo percibir en sus conceptos que estas “estructuras” no provienen de formas menores de la “razón”, sino más bien en formas más evolucionadas de la fe consciente. Como no tuvo el valor de emprender ese itinerario del que San Buenaventura nos habla, se nos murió el pobrecito con la nostalgia en el corazón.
El intelectual puede conocer al fanático, al fariseo, al teórico de las escrituras; pero jamás se aproximará objetivamente al místico. Solo los místicos pueden comprender esto y esto no es segregacionismo esotérico, es rigor científico. Me explico con palabras de otro autor: Por ejemplo, las matemáticas son del mundo subjetivo. Nadie ha visto una ecuación matemática nunca. Los que determinan lo que es verdadero de lo falso, son los entendidos en ese campo, los maestros matemáticos, “por apreciación consensuada intersubjetiva”. Para saber si un iniciado ha realizado avances significativos en el campo espiritual, son los maestros de la tradición espiritual que sea quienes certifican si los ha realizado, de la misma manera que los maestros en matemáticas.
¿Y quiénes son estos místicos matemáticos a quienes se les ha revelado percibir la verdad? Pues precisamente los humildes y sencillos a los que se refiere el evangelio, y con ellos, todo lo que el mundo tiene por despreciable…Pero es preciso renunciar a la vanidad intelectual para comprenderlo. Digamos como Pablo a los corintios, luego del estrepitoso fracaso "intelectual" en Atenas.

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