Por ello, todos sabemos que no
faltaran en su tránsito hacia ese lugar que el Dante le hubiera reservado
–entre el Purgatorio y ese lugar donde se pierde toda esperanza-, rimbombantes
epitafios, letárgicos discursos y, tal vez, hasta una lágrima estructuralista.
Recuerdo haber disfrutado una
conversación con algunos discípulos suyos. Tan suyos que terminaron atacándose
entre ellos y dejándome de lado con mi “rosa de Alejandría”. De tal modo que
siempre me ha parecido que los antropofilósofos cuando pretenden olisquear
entre la religión a fin de definirla en sus cuadernos cuadriculados de la
teoría no llegan sino a aproximarse a las formas más inmaduras de la fe: el
fariseísmo nominal, el fanatismo totémico y, a lo sumo, el dogmatismo puramente
racional. Lo cual demuestra que la “idolatría” intelectual de los modernos
“Maestros de la Ley” alcanza a lo sumo estas formas de religiosidad.
Sí, porque a esos estados más
elevados de la experiencia mística no pueden acceder los cabecillas
intelectuales con esa forma de vandalismo que supone ese autoritarismo
conceptual que pretenden para la Academia (la catedral de su fanatismo). Les
haría mucho bien a los discípulos de Levi Strauss (y de Durkheim y de
Malinowski) aplicar sus razonamientos con respecto al fanatismo trivial sobre
ellos mismos y sus adeptos.
Para Levi Strauss, a diferencia
de los otros mencionados, las emociones configuran meros efectos de las
creencias y de los ritos. Y, en ese sentido, era muy oportuna la apreciación
realizada en su obra La pensée sauvage, fundamento de una teoría de las
superestructuras (Lévi- Strauss; 1998: 192- 193), en la que determina la
relación entre el espectáculo deportivo y la religión. Cualquier observador
bien versado en la experiencia religiosa podría suponer muy bien que semejante
analogía solo es posible entre un estado inferior de manifestación de fe;
porque, en efecto, el fanatismo deportivo es más apropiado para estudiar a un
adepto de los “avivamientos de la risa pentecostales” o al talibanismo, pero
mas no para un Pío de Petralcina, digamos. El fundamentalismo levistraussiano
consideraba que ambos patrones –de fanatismo, ya lo dijimos- reproducen
estructuras simétricamente inversas. La inversión de la simetría justifica la
inserción de los elementos sincrónicos en determinada diacronía. Vale decir,
que para el intelectual ateo de marras, la sociedad industrial protege el predominio
de las competencias deportivas sobre el ritual religioso a partir de la más
idónea inserción de su simetría por encima de la religiosa. Veamos:
“Entonces, el juego se nos
manifiesta como disyuntivo: culmina en la creación de una separación
diferencial entre jugadores individuales o entre bandos, que al principio nada
designaba como desiguales. Sin embargo, al fin de la partida, se distinguirán
en ganadores y perdedores. De manera simétrica e inversa, el ritual es
conjuntivo, pues instituye una unión (podríamos decir aquí que una comunión) o,
en todo caso, una relación orgánica, entre dos grupos (que se funden, en el
límite, uno con el personaje del oficiante, y el otro con la colectividad de
los fieles), y que estaban disociados al comienzo... En el caso del ritual...
se establece una asimetría preconcebida y postulada entre profano y sagrado,
fieles y oficiante, muertos y vivos, iniciados y no iniciados, etc., y el
“juego” consiste en hacer pasar a todos los participantes al lado del bando
ganador, por medio de acontecimientos cuya naturaleza y ordenamiento tienen un
carácter verdaderamente estructural (...) se comprende, entonces, que los
juegos de competencia prosperen en nuestras sociedades industriales...” (Lévi-
Strauss; 1998: 58- 59).
Levi Strauss no fue ateo, como no
lo es Noam Chomsky. Nuestro antropofilósofo era un talibán del dogma
intelectualoide. En tal sentido no es raro que se sintiera alertado –como buen
fanático- de otras formas de fundamentalismo más agresivas como pudiera ser los
estados más inmaduros del islam. Sostenía por ello: “Hemos sido contaminados
por la intolerancia islámica. Hablan de reintroducir la enseñanza de la
historia de las religiones en la escuela. Es una nueva concesión hecha al
islam, a la idea de que la religión debe penetrar en dominios que no son los
suyos. Me parece que la laicidad pura y dura había dado buenos resultados.”
¿Laicidad pura y dura? ¿No es ese el grito de batalla del talibanismo
agnóstico? ¿No es esa la intolerancia agresiva de los liberaloides, de los
derechohumanistas con minúsculas, de los relativistas morales que huyen de la
cruz y el ajo?
Solo un fanático ateo podría
meter en un mismo saco a un kamikaze del Corán mal leído y a un venerable santo
sufí.
Con todo, el redundante, percibía
en el budismo y el ecologismo primitivo un atisbo de sociedad idónea y pura.
Pero nunca pudo percibir en sus conceptos que estas “estructuras” no provienen
de formas menores de la “razón”, sino más bien en formas más evolucionadas de
la fe consciente. Como no tuvo el valor de emprender ese itinerario del que San
Buenaventura nos habla, se nos murió el pobrecito con la nostalgia en el
corazón.
El intelectual puede conocer al
fanático, al fariseo, al teórico de las escrituras; pero jamás se aproximará
objetivamente al místico. Solo los místicos pueden comprender esto y esto no es
segregacionismo esotérico, es rigor científico. Me explico con palabras de otro
autor: Por ejemplo, las matemáticas son del mundo subjetivo. Nadie ha visto una
ecuación matemática nunca. Los que determinan lo que es verdadero de lo falso,
son los entendidos en ese campo, los maestros matemáticos, “por apreciación
consensuada intersubjetiva”. Para saber si un iniciado ha realizado avances
significativos en el campo espiritual, son los maestros de la tradición
espiritual que sea quienes certifican si los ha realizado, de la misma manera
que los maestros en matemáticas.
¿Y quiénes son estos místicos
matemáticos a quienes se les ha revelado percibir la verdad? Pues precisamente
los humildes y sencillos a los que se refiere el evangelio, y con ellos, todo
lo que el mundo tiene por despreciable…Pero es preciso renunciar a la vanidad
intelectual para comprenderlo. Digamos como Pablo a los corintios, luego del
estrepitoso fracaso "intelectual" en Atenas.
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