domingo, 22 de noviembre de 2009

Hallazgo de la vida

Existe una derrota cotidiana que hace suya la expresión de la muchedumbre.
La humanidad derrotada por la inacabable violencia interior que provoca en todos el deseo consciente o subconsciente no puede sino manifestarse en síntomas de insatisfacción en casi todos los actos humildes que configuran el oficio de lo cotidiano.
La tristeza como manifestación pasiva del odio y el odio como manifestación activa de la tristeza pueden perfectamente ser identificados, en este contexto, para la percepción de un espíritu sensible como un auténtico presagio de los sufrimientos del Purgatorio, como cuotas diarias de pago que nos garanticen una permanencia inmarcesible por alguno de los círculos dantescos, o cual torturas generosamente aplicadas por uno mismo en la trama de un macabro ritual.
De unos pocos es, en realidad, el privilegio de haber “hallado la vida”. Porque hallar la vida es precisamente el mismo reencuentro con todo lo aparentemente gris de la sustancia cotidiana, pero revestida ya con la luz que presupone una mirada nueva que ha nacido de la esperanza. Y este renacer a la esperanza es también el rescate mismo de la inocencia. César Vallejo dice en uno de sus poemas en prosa: “Hoy es la primera vez que me doy cuenta de la presencia de la vida. ¡Señores! Ruego a ustedes dejarme libre un momento, para saborear esta emoción formidable, espontánea y reciente de la vida, por la primera vez, me extasía y me hace dichoso hasta las lágrimas…Mi gozo viene de lo inédito de mi emoción. Mi exultación viene de que antes no sentí la presencia de la vida. No la he sentido nunca…Ahora yo no conozco a nadie ni nada. Me advierto en un país extraño, en el que todo cobra relieve de nacimiento, luz de epifanía inmarcesible…¡Cuán poco tiempo he vivido! Mi nacimiento es tan reciente que no hay unidad de medida para contar mi edad ¡Si acabo de nacer! ¡Si aún no he vivido todavía! Señores: soy tan pequeñito, que el día apenas cabe en mí”.
Impecable ejemplo de hallazgo vital en Vallejo, ese entrañable místico de los purgatorios.
Porque la muerte cotidiana de las masas tiene su origen en la manía inútil de recoger cada amanecer el pesado trasto de los cachivaches del pasado, para salir luego a la calle, luego de tomar un desayuno sin ganas, con todo ese bulto mugriento a cuestas. Cual esquizofrénicos nos empeñamos en permanecer cual odres viejos, llenos de vinagre, y sin permitir que la fragancia nueva del “afán de cada día” nos embargue, ni mucho menos que la Esperanza de Dios vierta su miel en nuestra redoma.
Aquella locura de aferrarse a la gabela de lo contingente es, sin lugar a dudas, una patología de los sentidos, una debilidad de la carne demasiado embelesada por las apetencias de este mundo, sueño de un espíritu poco adiestrado en la Fe. La poesía sánscrita reflexiona en este sentido: “matra-sparshas tu kaunteya sitoshna-sukha-duhkha-dáh ágamápáyino ´nitás táms titikshasva bhárata: La aparición temporal del frío y del calor, de la felicidad y la aflicción, y su desaparición a su debido tiempo, son como la aparición y desaparición de las estaciones del invierno y del verano: Éstas surgen de la percepción proveniente de los sentidos. Uno debe aprender a tolerarlas sin disturbarse”.
Con mayor precisión lo expresó Jesucristo: “No os preocupéis por el día de mañana. Puesto que a cada día le basta su afán”. Y es ciertamente el entrenamiento esta disciplina de los sentidos y del propio ánimo cotidiano lo que, en definitiva, permitirá fortalecer nuestra Fe, prodigándola de mayor conciencia y de continuidad de propósitos. Es en ella donde, como el poema de Vallejo, hallamos la vida y la inefable dicha de saborearla, siempre nueva, siempre fresca, siempre dulce, siempre didáctica. Un escalón saludable hacia la Morada Eterna.
Pero es indispensable alimentar el descubrimiento de esta magia y ciencia cotidiana con la Esperanza de nuestra Resurrección en Dios, para que entonces verdaderamente, aquel dulce periplo se convierta, además, en una aventura santificante, y podemos proclamar de corazón aquello de "Nam et si ambulavero in medio umbrae mortis non timebo mala quoniam tu mecum es virga tua et baculus tuus ipsa me consolata sunt".

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