La humanidad derrotada por la
inacabable violencia interior que provoca en todos el deseo consciente o
subconsciente no puede sino manifestarse en síntomas de insatisfacción en casi
todos los actos humildes que configuran el oficio de lo cotidiano.
La tristeza como manifestación
pasiva del odio y el odio como manifestación activa de la tristeza pueden
perfectamente ser identificados, en este contexto, para la percepción de un
espíritu sensible como un auténtico presagio de los sufrimientos del
Purgatorio, como cuotas diarias de pago que nos garanticen una permanencia
inmarcesible por alguno de los círculos dantescos, o cual torturas generosamente
aplicadas por uno mismo en la trama de un macabro ritual.
De unos pocos es, en realidad, el
privilegio de haber “hallado la vida”. Porque hallar la vida es precisamente el
mismo reencuentro con todo lo aparentemente gris de la sustancia cotidiana,
pero revestida ya con la luz que presupone una mirada nueva que ha nacido de la
esperanza. Y este renacer a la esperanza es también el rescate mismo de la
inocencia. César Vallejo dice en uno de sus poemas en prosa: “Hoy es la primera
vez que me doy cuenta de la presencia de la vida. ¡Señores! Ruego a ustedes
dejarme libre un momento, para saborear esta emoción formidable, espontánea y
reciente de la vida, por la primera vez, me extasía y me hace dichoso hasta las
lágrimas…Mi gozo viene de lo inédito de mi emoción. Mi exultación viene de que
antes no sentí la presencia de la vida. No la he sentido nunca…Ahora yo no
conozco a nadie ni nada. Me advierto en un país extraño, en el que todo cobra
relieve de nacimiento, luz de epifanía inmarcesible…¡Cuán poco tiempo he
vivido! Mi nacimiento es tan reciente que no hay unidad de medida para contar
mi edad ¡Si acabo de nacer! ¡Si aún no he vivido todavía! Señores: soy tan
pequeñito, que el día apenas cabe en mí”.
Impecable ejemplo de hallazgo
vital en Vallejo, ese entrañable místico de los purgatorios.
Porque la muerte cotidiana de las
masas tiene su origen en la manía inútil de recoger cada amanecer el pesado
trasto de los cachivaches del pasado, para salir luego a la calle, luego de
tomar un desayuno sin ganas, con todo ese bulto mugriento a cuestas. Cual
esquizofrénicos nos empeñamos en permanecer cual odres viejos, llenos de
vinagre, y sin permitir que la fragancia nueva del “afán de cada día” nos
embargue, ni mucho menos que la Esperanza de Dios vierta su miel en nuestra
redoma.
Aquella locura de aferrarse a la
gabela de lo contingente es, sin lugar a dudas, una patología de los sentidos,
una debilidad de la carne demasiado embelesada por las apetencias de este
mundo, sueño de un espíritu poco adiestrado en la Fe. La poesía sánscrita
reflexiona en este sentido: “matra-sparshas
tu kaunteya sitoshna-sukha-duhkha-dáh ágamápáyino ´nitás táms titikshasva
bhárata: La aparición temporal del frío y del calor, de la felicidad y la
aflicción, y su desaparición a su debido tiempo, son como la aparición y
desaparición de las estaciones del invierno y del verano: Éstas surgen de la
percepción proveniente de los sentidos. Uno debe aprender a tolerarlas sin
disturbarse”.
Con mayor precisión lo expresó
Jesucristo: “No os preocupéis por el día de mañana. Puesto que a cada día le
basta su afán”. Y es ciertamente el entrenamiento esta disciplina de los
sentidos y del propio ánimo cotidiano lo que, en definitiva, permitirá
fortalecer nuestra Fe, prodigándola de mayor conciencia y de continuidad de
propósitos. Es en ella donde, como el poema de Vallejo, hallamos la vida y la
inefable dicha de saborearla, siempre nueva, siempre fresca, siempre dulce,
siempre didáctica. Un escalón saludable hacia la Morada Eterna.
Pero es indispensable alimentar
el descubrimiento de esta magia y ciencia cotidiana con la Esperanza de nuestra
Resurrección en Dios, para que entonces verdaderamente, aquel dulce periplo se
convierta, además, en una aventura santificante, y podemos proclamar de corazón
aquello de "Nam et si ambulavero in
medio umbrae mortis non timebo mala quoniam tu mecum es virga tua et baculus
tuus ipsa me consolata sunt".
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