En realidad, esa es una jerarquía
bastante próxima al concepto de genocidio, y de hecho es el denominador común
en el accionar de grupos terroristas, regímenes draconianos y no pocos
fundamentalismos culturalmente condicionados.
Muy cercana de esta categoría
encontramos a los tristemente célebres “Escuadrones de la Muerte”; bastante
mencionados en los últimos días, a causa de las denuncias que en ese sentido se
han presentado en el norte del Perú y a las impactantes cifras que ha exhibido
“Human Right Watch ” sobre el particular modelo criminal de masas en Brasil.
A diferencia de casos
significativos como “Las mujeres de Ciudad Juárez”, los asesinos masivos de
esta categoría suelen ser agentes de las propias fuerzas del orden. Esto torna
sumamente compleja la investigación y, peor aún, la esperanza de una sanción en
conformidad al esquema democrático de derecho que han asumido la mayoría de los
países contemporáneos en los que estos homicidas masivos. Salvo en casos de
auténticas dictaduras no suelen ser grupales (La masacre de Barrios Altos, por
ejemplo); sino mas bien seriales (se ejecutan a las víctimas selectivamente y
con intervalos de tiempo y espacio muchas veces planificados hasta en el mínimo
detalle, como parece ser en efecto, lo acontecido en Brasil y Trujillo).
Es curioso que mientras en el
patrón psíquico del asesino en serie exista, muchas veces, la bruma de un
particular sentido de justicia que es capaz de transgredir no solo los límites
del “Contrato Social”, sino también los de la propia conciencia, como detonante
(posteriormente, como ya se sabe, se torna en un “pasatiempo” altamente
ingobernable) del homicidio masivo; en los Escuadrones de la Muerte se hace
presente también una justificación análoga (un “querer hacer verdadera
justicia” por encima de un aparente sistema mediocre o corrupto, la presencia
del famoso “síndrome de Batman”, etc). Naturalmente, esta percepción es
delimitada por la propia psicopatología íntima, casi siempre se trata de una
proyección de la personal ingobernabilidad de sus agentes; y -a menos que el
agente sea un verdadero psicópata- desembocará en un grave derrumbe emocional
de mediano plazo.
No voy a caer en la candidez de
negar la existencia de estos escuadrones como parte de una política muchas
veces auspiciadas desde las jerarquías de la seguridad ciudadana, ni tampoco
voy a justificar las consecuencias de una formación policial mal monitoreada
psicológicamente. Lo real es que la existencia de semejantes aparatos genocidas
son síntoma concretos de la ingobernabilidad social, como reflejo, a su vez, de
la propia ingobernabilidad de los individuos que la conforman. Ontológicamente
son tan delincuentes las víctimas (malhechores, cacos y faites de todo jaez)
como los agentes homicidas (personal del cuerpo policial, como se sabe). Y lo
son no solo por el hecho de que en ambos casos se han saltado con garrocha lo
“típico, antíjurídco y culpable” que prescribe la ciencia penal; sino porque en
ambos casos poseen la compulsiva obsesión de haber obrado “en justicia y
virtud”, frente a una sensación de la realidad fuera del alcance de su control;
vale decir, la enfermedad moral que distingue un criminal de un ciudadano
honorable. A esto añadimos el fervoroso apoyo social que no pocos miembros de
la sociedad han mostrado a favor de los Escuadrones en cuestión. ¿Evolución del
mono con cuchillo al mono con metralleta? Todo un tema para los expertos,
sobretodo si tenemos en cuenta que genocidios asolapados son también las
acciones internacionales emprendidas sobre Irak y Afganistán. Eso es el llano
en llamas, el apocalipsis maya y la hecatombe universal en vivo y en directo.
Lamentablemente existe el
criterio de que el agente del orden está eximido de responsabilidad penal por
aniquilar delincuentes. Me ha tocado debatir inclusive con cierto teólogo
criminalista que me esgrimió a favor de de semejantes escuadrones el texto de
Rom 13, 4: "Si haces el mal, teme, que no en vano lleva la espada, pues
ministro de Dios es". Y a Moisés también se le dijo, Exod 22, 18: "No
dejarás con vida a los malvados".
Ahora bien, es cierto que yo he
usado estos versículos en propio desempeño alguna vez; pero es irresponsable
cobijarse bajo estas sentencias olvidando que las mismas están sujetas al
respeto de la Ley. Todo agente sabe en qué circunstancias puede hacer uso
efectivo de su arma de reglamento, y la ciencia penal es lo suficientemente
atinada en ese sentido como para permitirse deslices lamentables. Bíblicamente,
el ejercicio de la fuerza no está desligado a la sujeción a la Ley Terrena
(Prov 8, 15:"Por mí reinan los reyes y los legisladores ordenan lo que es
justo").
Olvidan pues los pro escuadrones
de la muerte que el adagio crístico “el que ha espada mata, a espada muere” no
solo es aplicable a los delincuentes; sino también a los que, arbitrariamente,
se toman atribución sobre aquellas vidas, saltando la barrera de la legitimidad
y el propio plan de salvación. ¿No es un principio del derecho penitenciario la
rehabilitación del reo? ¿Acaso un delincuente convertido no puede llegar
inclusive a la santidad?
Ahora, que exista una estrategia
antidelictiva mediocre, que el sistema penitenciario deje mucho que desear o
que no se posea un suficiente contingente, es otro tema de estudio. Pero lo que
quiero decir, en síntesis, es que bajo ninguna circunstancia es dispensable la
presencia de los escuadrones de la muerte como mecanismo de control que
garantice la paz social. Sino que todo lo contrario.
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