jueves, 10 de diciembre de 2009

Los heraldos negros que nos manda la muerte

De conformidad a la doctrina criminológica vigente, el asesino masivo se clasifica en dos tipos cardinales: el asesino grupal (el Reverendo Jim Jones sería uno de los casos más conocidos) y el asesino serial (el más difundido por los medios a causa de la trascendencia psicosocial que suele tener su itinerario criminal). Estos dos tipos esenciales se subdividen a su vez en diferentes categorizaciones de toda índole; siendo uno de las más sugestivas la categoría de asesino grupal confrontada a una víctima grupal, vale decir, la organización de carácter criminal que ejecuta exterminios selectivos como respuesta a intereses determinado.
En realidad, esa es una jerarquía bastante próxima al concepto de genocidio, y de hecho es el denominador común en el accionar de grupos terroristas, regímenes draconianos y no pocos fundamentalismos culturalmente condicionados.
Muy cercana de esta categoría encontramos a los tristemente célebres “Escuadrones de la Muerte”; bastante mencionados en los últimos días, a causa de las denuncias que en ese sentido se han presentado en el norte del Perú y a las impactantes cifras que ha exhibido “Human Right Watch ” sobre el particular modelo criminal de masas en Brasil.
A diferencia de casos significativos como “Las mujeres de Ciudad Juárez”, los asesinos masivos de esta categoría suelen ser agentes de las propias fuerzas del orden. Esto torna sumamente compleja la investigación y, peor aún, la esperanza de una sanción en conformidad al esquema democrático de derecho que han asumido la mayoría de los países contemporáneos en los que estos homicidas masivos. Salvo en casos de auténticas dictaduras no suelen ser grupales (La masacre de Barrios Altos, por ejemplo); sino mas bien seriales (se ejecutan a las víctimas selectivamente y con intervalos de tiempo y espacio muchas veces planificados hasta en el mínimo detalle, como parece ser en efecto, lo acontecido en Brasil y Trujillo).
Es curioso que mientras en el patrón psíquico del asesino en serie exista, muchas veces, la bruma de un particular sentido de justicia que es capaz de transgredir no solo los límites del “Contrato Social”, sino también los de la propia conciencia, como detonante (posteriormente, como ya se sabe, se torna en un “pasatiempo” altamente ingobernable) del homicidio masivo; en los Escuadrones de la Muerte se hace presente también una justificación análoga (un “querer hacer verdadera justicia” por encima de un aparente sistema mediocre o corrupto, la presencia del famoso “síndrome de Batman”, etc). Naturalmente, esta percepción es delimitada por la propia psicopatología íntima, casi siempre se trata de una proyección de la personal ingobernabilidad de sus agentes; y -a menos que el agente sea un verdadero psicópata- desembocará en un grave derrumbe emocional de mediano plazo.
No voy a caer en la candidez de negar la existencia de estos escuadrones como parte de una política muchas veces auspiciadas desde las jerarquías de la seguridad ciudadana, ni tampoco voy a justificar las consecuencias de una formación policial mal monitoreada psicológicamente. Lo real es que la existencia de semejantes aparatos genocidas son síntoma concretos de la ingobernabilidad social, como reflejo, a su vez, de la propia ingobernabilidad de los individuos que la conforman. Ontológicamente son tan delincuentes las víctimas (malhechores, cacos y faites de todo jaez) como los agentes homicidas (personal del cuerpo policial, como se sabe). Y lo son no solo por el hecho de que en ambos casos se han saltado con garrocha lo “típico, antíjurídco y culpable” que prescribe la ciencia penal; sino porque en ambos casos poseen la compulsiva obsesión de haber obrado “en justicia y virtud”, frente a una sensación de la realidad fuera del alcance de su control; vale decir, la enfermedad moral que distingue un criminal de un ciudadano honorable. A esto añadimos el fervoroso apoyo social que no pocos miembros de la sociedad han mostrado a favor de los Escuadrones en cuestión. ¿Evolución del mono con cuchillo al mono con metralleta? Todo un tema para los expertos, sobretodo si tenemos en cuenta que genocidios asolapados son también las acciones internacionales emprendidas sobre Irak y Afganistán. Eso es el llano en llamas, el apocalipsis maya y la hecatombe universal en vivo y en directo.
Lamentablemente existe el criterio de que el agente del orden está eximido de responsabilidad penal por aniquilar delincuentes. Me ha tocado debatir inclusive con cierto teólogo criminalista que me esgrimió a favor de de semejantes escuadrones el texto de Rom 13, 4: "Si haces el mal, teme, que no en vano lleva la espada, pues ministro de Dios es". Y a Moisés también se le dijo, Exod 22, 18: "No dejarás con vida a los malvados".
Ahora bien, es cierto que yo he usado estos versículos en propio desempeño alguna vez; pero es irresponsable cobijarse bajo estas sentencias olvidando que las mismas están sujetas al respeto de la Ley. Todo agente sabe en qué circunstancias puede hacer uso efectivo de su arma de reglamento, y la ciencia penal es lo suficientemente atinada en ese sentido como para permitirse deslices lamentables. Bíblicamente, el ejercicio de la fuerza no está desligado a la sujeción a la Ley Terrena (Prov 8, 15:"Por mí reinan los reyes y los legisladores ordenan lo que es justo").
Olvidan pues los pro escuadrones de la muerte que el adagio crístico “el que ha espada mata, a espada muere” no solo es aplicable a los delincuentes; sino también a los que, arbitrariamente, se toman atribución sobre aquellas vidas, saltando la barrera de la legitimidad y el propio plan de salvación. ¿No es un principio del derecho penitenciario la rehabilitación del reo? ¿Acaso un delincuente convertido no puede llegar inclusive a la santidad?
Ahora, que exista una estrategia antidelictiva mediocre, que el sistema penitenciario deje mucho que desear o que no se posea un suficiente contingente, es otro tema de estudio. Pero lo que quiero decir, en síntesis, es que bajo ninguna circunstancia es dispensable la presencia de los escuadrones de la muerte como mecanismo de control que garantice la paz social. Sino que todo lo contrario.

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