Estos días estoy leyendo el libro
" La Contaminación Ambiental como delito: aspectos sustantivos y
procesales" -nada menos que de James Reátegui Sánchez, uno de los jóvenes
abogados huancaínos de la UPLA en esa prodigiosa generación 95-2005 que, contra
todo pronostico, consiguieron hacerse de un nombre propio dentro del exclusivo
mundo de la doctrina jurídica peruana
Es posible sí que, como indican
reputados expertos en la materia como James Lovelock, el mundo (y todo su
paquete académico) hayan acudido demasiado tarde a esta urgente convocatoria,
al punto de que, a estas alturas, muchos de los discursos en la materia lucen
mas bien como protocolos de necropsia . Con todo, resulta claro que todos estos
razonamientos sesudos nos conducen a algo que ya nuestros antepasados conocían:
"que el ser humano existe porque la Tierra vive". Los llamados
entonces vienen de todos lados, incluso de quienes parecen tener una voz propia
en el espectro contemporáneo como Joseph Stiglitz , Sin y Sen , pero también
del rescatado Lewis Mumford.
En este contexto cultural, textos
como los de Reátegui son de agradecer bastante; pero, con todo, nos remiten al
problema principal sin solución: la ineficacia del sistema mundial para
establecer una política capaz de manejar la los asuntos ecológicos,
garantizando además la plena vigencia de la universalidad de los derechos
humanos -particularmente del derecho a la vida y la salud como el más
importante-. Y esto porque el derecho a lo sumo puede elaborar un modelo
estrictamente disciplinario para sancionar o proteger su bien jurídico ecológico,
mas o menos como lo expone el mismo autor, ya desde una política jurídico penal
o ya desde el modelo administrativo sancionador, como se debate en la escuela
de Fráncfort; pero nada más. Como sabemos el derecho es simplemente el
"discurso del poder" o la mera manifestación de un "contrato
social" que ya explicaban los enciclopédicos; pero que resulta
sencillamente incapaz de transformar por sí mismo el fondo de sus propias
cuestiones, ya que estas deben responder, mas bien, al terreno de la ética, la
filosofía, la pedagogía y aún de la teología. Vale decir, "a un modelo más
perfecto, un derecho más perfecto".
Por eso Santo Tomás Moro tenía
para su Utopía unas cuantas pocas leyes que todos los habitantes manejaban,
asumiendo además que todos estos habían interiorizado ya una relación perfecta
con el universo -porque en ellos el respeto a la Naturaleza era casi innato, y
la misma existiencia se justificaba espiritualmente en función a esta relación:
la agricultura "sostenible" era la principal actividad a la que
estaban obligados todos ; y en los casos raos de guerra se respetaban siempre
los bosques y los campos de cultivo- en un modelo armónico que ciertamente
puede resultar quimérico, pero no pueril.
Por eso más que una ecojurídica o
un eco-contrato social -que son necesarios, pero a la transmutación positiva de
aquello a lo que son subsidiarios- se requiere de una eficaz ecofilosofía. Para
ello no es preciso edificar otro esquema intelectual cuadriculado; basta con
redefinir las luces alcanzadas por otros estudios filosóficos que, como ya
dije, pueden ser rastreadas fácilmente aún en las cosmogonías
"primitivas".
El marxismo, por ejemplo, en su
estructura económica privilegió sobretodo el asunto del obrador, del operador
del engranaje económico; dejando a un lado el asunto de la tierra. Si bien
esbozó algunos conceptos precisos que otros han dado en llamar el pensamiento
ecosocialista, que con todo lo útil que posee resulta también insuficiente,
particularmente porque asume la naturaleza como un elemento secundario frente a
un mecanismo cuyo fin último es la productividad. En suma el modelo marxista
hace depender todo lo útil de sus descubrimientos a un fin vulgar: el egoísmo y
la codicia (que quita a unos para otorgar a otros). Y ya sabemos que precisamente
han sido estos dos "súper egos" (según el modelo philokáliko de
Gurdjieff y del sufismo) los que han conducido a la debacle ecológica moderna.
Esto se agrava con la asunción de cierto materialismo-epicúreo que, en última
instancia, al decretar la ley de muerte para todo lo viviente (incluyendo la
naturaleza y la humanidad en su conjunto) reduciría la finalidad de la
existencia al aprovechamiento máximo de los beneficios materiales, asumiendo
que tarde o temprano todos estos se extinguirán ya por acción humana o ya por
ley natural. ¿Y acaso también no es esto lo que no ha estrangulado
ecológicamente? ¿Acaso no parece ser éste el pensamiento de los que quieren
explorar petróleo en los polos y las placas oceánicas?
La ecofilosofía tiene mejor
asidero en las doctrinas que corresponden a la existencia humana una finalidad
suprema: desde el humanismo al espiritualismo. Así en la perspectiva cristiana,
la doctrina social de la iglesia significa un acierto luminoso. Y esto porque
la naturaleza históricamente ha sido degrada por el concepto falaz de que el
ser humano puede hacer con ella cuanto desee, ignorando o despreciando la
naturaleza sagrada que impl´´icitamente posee la vida (humana, pero también la
animal y la vegetal; y aún diríase teosóficamente, la mineral).
La visión franciscana de la
ecología, por ejemplo, propuso una fraternidad cósmica donde el interés común
no gira en función de la codicia o la ambición (como se deduce de otros modelos
filosóficos) sino de la realización de la plena experiencia humana y
espiritual. Esta experiencia es análoga a la filosofía de las culturas
antiguas, como el de los pueblos oriundos de América, donde el modelo económico
partía de un profundo respeto y aún veneración por el ecosistema, al comprender
que sin el correcto "funcionamiento" de este, resultaría no solo
imposible toda actividad económica, sino la realización íntima del Ser Humano.
La diferencia es que mientras los modelos primitivos podían caer en el
panteísmo -no de la jerarquía, sino de la grey- el modelo cristiano propone la
fraternidad, un modelo que además resulta más amigable.
Retornando a Lovelock, el insigne
científico autor de la teoría (y verdad) de Gaia, nos dice pues que el gran
error de la humanidad fue dejar de adorar a la naturaleza para adorar conceptos
y cosas cada vez más lejanas: Un Dios que se parece al tenebroso Demiurgo de
las comunidades gnósticas, pero también al ego: la codicia por un puesto, por
la belleza, por la gloria terrena, por el dinero que no se limita en enfermar
al prójimo para saciar su ambición -como ocurre en las contaminantes mineras-;
etc.
Pues bien, es cierto: hemos
olvidado que Dios está con nosotros y en nosotros, se le encuentra en el
corazón y en el rostro del prójimo como dice Frei Betto; pero también debimos
cambiar la adoración de la Tierra y sus recursos por una fraternidad, por una
familiaridad con todo ello. Entonces tendríamos más claro aquello de la
"Casa en Común".
Solo entonces será más eficiente
nuestra ecojurídica y nuestro eco-contrato social.Aunque el tema da para mucho
más.
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