“La muerte viene a descubrir lo
que valen las almas” (Rondet)
Occidente ha trasplantado su legendario
temor a la llama eterna por el espanto que produce la intrascendencia
estrictamente material; naturalmente, radica en este episodio el preámbulo de
su condena. Y no porque la materia sea ajena a los afanes y potestades del
alma; sino todo lo contrario: el rechazo de Dios, la denegación de la
contemplación perfecta del Alma en el No Tiempo –según lo ya explicado-, nos
separa también del mundo. Dios concede, a través del sendero perfectible del
alma, la única y total armonía posible con el Cosmos. Por ello el rechazo a la
alternativa redentora del Ser nos desarmoniza también con la humanidad entera y
con el cosmos.
La neurosis que produce la
trascendencia estrictamente material es, en último plazo, absurda: es la pesada
travesía que nos conduce al “ningún lado”. Es allí donde debemos encontrar la
“causa causorum” de la crisis multidimensional contemporánea.
A este proemio, reviso por estos
días una noticia de tinte naranjada que recicla cierto medio escrito: el
aparente hallazgo de los pórticos del infierno en las inmediaciones siberianas;
hecho supuestamente acontecido a mediados de la década pasada.
Que el infierno queda en Siberia
es algo que ya lo pudieron suponer Tolstoy y nuestro recientemente fallecido
Solzhenitsin Pero los avernos siberianos de nuestros admirados amigos rusos
probablemente se parecían bastante poco a lo narrado por el Sr. Azzakov. lìder
de la redundante misión, y que tiene mas bien tintes medievales: con hombre
murciélago, gemidos aterradores y un calor insoportable como para sazonar el
asunto y hacer menos apetecible la estancia en tan lúgubre morada.
Mas allá de la probabilidad de
este suceso, he aprovechado la impresión para revisar algunas visiones
infernales que signaron en algún momento mi itinerario vital- que es también el
espiritual- a fin de deliberar sobre tan lúgubre antro, materia indispensable
en toda teología que se precie de tal ; y que en nuestra tradición
judeo-cristiana-occidental se remonta a los conceptos del Seol, de la Gehena,
al castigo de Sodoma y Gomorra, a la sanción de Coré, Datán y Abiró y al
reiterado “rechinar de dientes”; pero también a la roca de Sísifo y el barril
de las Danaides; o al griego “Chton” que era –o es-, a la vez, la tierra y el
infierno.
1.- Francisco de Quevedo: el infierno como recurso didáctico y
humorístico
En las cavilaciones referentes al
humorismo descubrimos que pocas cosas nos mueven tanto a la risa como el
defecto ajeno. Los pecados capitales, en ese sentido, son de las cosas de las
que más material pudiéramos sacar para un portal tipo “Risas y más risas”.
Revísese los principales chistes y encontraremos en ellos una referencia, al
menos vaga, sobre los pecados capitales (incluyendo al miedo, que es casi uno
de ellos). Quevedo lo sabía bien mucho antes de Bergson, seguramente porque los
griegos habían explorado ese asunto con particular entusiasmo, y habían
descubierto en sus meandros las eficaces propiedades didácticas del buen reír.
Así, en el infierno de Quevedo en
"Los Sueños" pueden encontrarse muy útiles episodios, como aquel del
avaro que se dedicaba a juntar posesiones materiales, olvidando por completo
los afanes espirituales; y esto, según el cicatero, muy de acuerdo al
mandamiento divino de “amar a Dios sobre todas las cosas”, de modo tal que le
era preciso, antes que todo, poseer “todas las cosas del mundo” para recién
entonces amar a Dios.
La risa de este doble truco (el
doble sentido de la expresión y la sorna que promueve el vicio ajeno) no es
óbice para alumbrarnos con un plausible fin didáctico, el mismo que se vuelve
múltiple en la medida que Quevedo circula por ese sueño infernal sobre diversos
vicios.
Pero uno de los pasajes más
sobrecogedores, a la vez que chocarreros, del sueño quevediano constituye la
visión del sendero estrecho: el caballero de Santiago vislumbra un camino lleno
de pesares, privaciones y angustias junto a otro sazonado de placeres,
hedonismo y liviandad de espíritu. El autor sospecha con justa razón que el
primero debe conducir al cielo y el otro al abismo; pero se sorprende al
comprobar que ambos tienen como destino “la paila”.
Y con esto regresamos a cavilar
sobre los afanes infructuosos del denuedo estrictamente material; pero también
de ese afán espiritual desordenado, fútil o tomado a la ligera por una sincera
equivocación (y resulta solo de una deliberada desidia, si somos conscientes de
que la opción redentora se ofrece a todos por igual).
2.- Santa Teresa de Ávila: el infierno como inspiración de la
misericordia
Uno de los privilegios de la vía
mística es la posibilidad de conocer lugares a los que uno solo estaría
destinado lejos de nuestra larva material (ósea, el cuerpo físico esclavizado a
todas sus pasiones, contradicciones mentales y mala-voluntades). Así, muchos
bienaventurados hombres han tenido la exótica dicha de contemplar ese mundo al
que Homero describió como “donde las sombras vuelan como los sueños”. Estos
santos consiguen así esbozarnos una perfecta metáfora del hecho de que antes de
pretender penetrar a la Gloria nos resulta preciso transitar por los recovecos
de lo infame: antes de ser testigos de Dios, hemos sido testigos del Infierno.
La finalidad de algunos elegidos
al narrar estas visitas son pues didácticas; aunque menos ágiles que las que
pudieran resultar desde el humorismo o del episodio de aventuras. Sus relatos,
a estas alturas del kali yuga no impresionarían a nadie. A cambio, los santos
nos proponen la caridad. Y esto parece honesto, ya que de otro modo su
testimonio sería solo un eco desde el abominable vicio del orgullo (del orgullo
del privilegiado testigo, digo) que es incompatible con el anhelo de santidad.
Las almas del infierno merecen nuestra caridad. Y también por caridad hacia
nuestra propia alma es que el hombre precisará apartarse de la senda que nos
lleva derechito a la brasa.
Solo entonces no podría perderse
de vista lo esencial que es el Amor.
Santa Teresa, desde esta óptica,
ve en los carbones infames a todos los equivocados, los que sufren la doble
pena (la de sentido y de daño), conmoviéndose profundamente con las pavorosas
torturas a las que se han visto sometidos a causa de su propio error.
Siempre me ha llamado la atenciòn
en las visiones infernales de los santos la presencia de curas y monjas, que
sospecho que todavía deben haber allí bastantes de ellos; pero también me llamó
la atención -en la visión de Teresa- la abundancia de luteranos en ese eterno
suplicio, Me llamó la atención porque me pareció que una santa doctora como
Teresa, imparcial como se ha visto, no hace esta observación desde el prejuicio
dogmático. Y es que hay pocos dogmas tan siniestros como la “sola fide” y pocos
vicios tan sancionadores como el de la libre interpretación teológica, los
mismos que conducen al relativismo teológico, y que conducen al relativismo
moral, y que conducen al caos. Por esto, no me sorprende nada que ciertos
luteranos sean huéspedes ilustres del Tántalo. Incluyendo a muchos obispos y
líderes contemporáneos.
3.- Rimbaud: la estética del caos y la nostalgia del primer hosanna
Los egipcios ya sabían que en el
principio fue el caos; el “tehom” sobre el cual los elohim pronunciaron el
“fiat” inaugural. Ahora ¿el caos es el infierno? La lógica nos dice que no;
aunque el caos está presente también en el tártaro, aunque de manera irrevocable.
El Caos presenta, ante todo, la
propiedad de organizarse a partir de su propia naturaleza dispersada. El caos
es la selva oscura en el principio de la Divina Comedia; el caos es también la
áspera condena que pesa sobre Rama en el principio del “Ramayana”, y que el
héroe de Valmiki acepta con estoica osadía.
A partir de allí, el divino
itinerante puede ser capaz de alcanzar la beatitud o extraviarse en la condena.
Sabemos que “Cristo vino por los
enfermos”; y acaso ¿no pudiera definirse a la enfermedad como el caos
orgánico”? Pues precisamente el caos es el espacio múltiple de la conciencia y
de la voluntad que se obvia al referir sobre la parábola del sembrador.
Por esto, el “infierno” célebre
de Rimbaud en la “Saison…” no es tal: es solo una visión particular del caos.
Una visión, además, a la que cualquiera puede acceder por los sublimes senderos
de la imaginación, la inspiración y la intuición; pero, muy especialmente, con
el coraje que exige la necropsia.
Un auténtico infierno no
consiente la presencia de la armonía. Por eso, en los artistas del caos no
existe un infierno posible; hay, a lo sumo, una “anti-armonía”. Y ocurre que la
“anti-armonía” es lo más semejante a la propia armonía, puesto que aquella está
sometido a leyes análogas. Desde ese punto (la anti-armonía; el caos) es
posible tomar el rumbo preferente.
Rimbaud pues, como intuyó
Claudel, es un místico en estado salvaje, un alquimista del verbo en la
anarquía primitiva y exuda una sobrecogedora nostalgia por su primer “hosanna”
(nuestra genésica inocencia, todo lo anterior a nuestra caída en el Edén); pero
su morriña es pueril; el precoz vate francés considera que su condena radica en
el conocimiento de su posibilidad redentora –y ciertamente, este discernimiento
implica también su antítesis en el caso de ser objetada y rechazada- llegando a
confundir ese primer hosanna por el que clama con el soberbio placer de la
caída; embrolla el gozo con el goce. No es capaz de distinguir la inocencia, de
la que dice presumir, con los embelecos estrictamente sensuales.
La experiencia mística de Rimbaud
adoleció de la sagrada voluntad, y de esta desidia es de la que emerge su
condena.
Solo William Blake saldría airoso
de un ejercicio similar; porque a diferencia de Rimbaud, no presumía de
clarividencia, sino que la poseía.
4.- Tolkien: Nuestra deuda con el Abismo es el egoísmo.
“El Señor de los Anillos” es,
como se sabe, la gran epopeya católica de nuestro tiempo; o mejor dicho, del
tiempo anterior a Vaticano II.
Si las antiguas epopeyas del
paganismo trascendental consistieron en la “obtención” de un “algo” simbólico;
la epopeya católica de Tolkien es la de la prescindencia. En “The Lord of the
Rings” se debe requiere prescindir de ese anillo que es el símbolo del “poder”
que puede traducirse “condena” (el poder estrictamente material, el parasitario
de los pecados capitales). Porque el cristianismo, aunque coincide en el
paganismo épico en la obtención de una Gloria Imperecedera, somete ese afán a
la virtud del perpetuo desprendimiento; y aquello nos queda muy claro en el
episodio del joven rico y en el de “negarse a si mismo”.
El hombre habitó una vez su
Hobbiton; pero la tentación serpentina lo condujo a las sutilezas del deseo. Y
el sucede que ese deseo es el anillo; motor secreto de todos nuestros errores y
miserias.
Si el sendero del cristianismo
halla su perfección por la caridad, la caridad consigo mismo se materializa con
la progresiva abolición del Deseo. Una vez conseguido esto, y solo allí,
podremos volver a Hobbiton con el bagaje de todo lo aprendido en el camino.
Mientras aquello, el Deseo de
Sauron, la Serpiente Antigua, siempre nos observa desde Mordor.
Ahora, si el anillo es algo así
como “la última tentación de Cristo”, es obvio que seres como Nietzche –que
veía en este desprendimiento la suprema tara del cristianismo- no habrían
vacilado en sucumbir ante su brillo, para luego extraviarse con sus prodigios.
El pobre loco ignoraba que en
esta sublime negación habitaba el más noble de los orgullos: La Primogenitura,
que es nuestra victoria épica.
5.- El Bosco: el apocalipsis de
los monstruos
El sublime alquimista holandés
fue también un espectador del infierno que no se regodeaba en aquellas torturas
–como los expresionistas-, antes bien asume el apostolado de la docencia.
Buda ya había contemplado su
propio infierno (es decir, sus pasiones, sus deseos, sus agregados
psicológicos) materializados en figurillas execrables, zoomorfas, dotadas de
una propia animosidad camorrista y vocinglera. Con el tiempo ese apocalipsis se
convirtió en el atributo más inquietante del arte oriental; y aunque el arte
occidental siempre tuvo sus propias representaciones infernales, solo fue con
El Bosco que encontró un punto en común con las revelaciones búdicas; tal vez
porque El Bosco fue también un buda.
El infierno del holandés más que
el tártaro ecuménico es el tártaro cósmico; es decir, la sombra que guarda el
mundo, tal como lo concebimos, pero también el mundo particular que constituye
cada ser humano.
El Bosco sabía que cada individuo
posee también su propio tríptico. Cada individuo está a su vez poblado por
miríadas de figurillas monstruosas, que componen el infierno particular de cada
quien: allí está lo que aceptamos y no aceptamos, lo que nos gusta y lo que nos
disgusta de los demás, lo que alabamos y lo que criticamos.
El descubrimiento y el descenso a
este tipo de averno no volverían a occidente sino con Gurdjieff –otro buda
itinerante de los orientes-quien nos revelaría los intríngulis de cada
país-infierno psicológico. Con Gurdjieff y con los psicoanalistas
post-jungianos.
Por esto, el cristianismo urge de
volver a ser introspectivo y psicológico para reconocer las “causa causorum” de
sus errores y pecados. Solo así perfeccionaría su philokalia, pero sobretodo su
metanoia. El cristianismo necesita retomar su coraje marcial.
Pero se recordará, con justicia,
aquí eso de que “quien lucha con los monstruos debe cuidarse mucho de no
terminar pareciéndose a ellos”. Pues si; pero para eso tenemos la caridad y
nuestro sometimiento al Absoluto como único liberador de ese y todos los infiernos.
Dicho sea de paso, este tipo de
infierno parece ser que más aceptaba nuestro querido Juan Pablo II, el Magno.
6.- Sartre: El infierno son los otros (yo les mando allí)
Si los agregados psicológicos
(los pecados capitales con su infinitud de derivaciones) nos alejan de la
Suprema Perfección y nos torna en “horripilantes criaturas”; es con el orgullo
–el trastorno del orgullo, digo- que este alejamiento se hace aún más fatal. El
trastorno de la fantasiosa suficiencia es la perturbación que hace posible
ocupar al “ego” ese lugar que le corresponde por legitimidad solo al Ser, a la
Mónada; a Dios. Y con ello nos aleja del mundo, puesto que nos hace relegar
nuestra condición de homogéneos ante la Última Instancia Cósmica. Desde ese
Egoísmo, falazmente omnipotente, el hombre pierde su fraternidad, se considera
a sí mismo por encima de los deberes y derechos de la tierra y del cielo.
Y es el trastorno del orgullo
que, asociado a los demás trastornos capitales derivados, el que hace naufragar
aún más ya esta luctuosa condición de la infructuosa búsqueda humana en las
artimañas de la apariencia.
Es en este desencanto donde debe
contemplarse la observación sartreana de que “el infierno son los otros”;
porque solo un homo sapiens lacrado por el orgullo considera a los demás como
infierno (para sí y para el universo quimérico que este triste fatuo se
inventa, asumiéndose cosmocrator y juez supremo). Lo cierto es que su propia
desarmonía es la que hace ver la desarmonía en los demás. Por ello, cierto
existencialismo (incluyendo el de Kierkegaard, evidentemente) es el discurso de
un odio convenientemente asociado al orgullo; cierto existencialismo es una
mera majadería. Considera como única salida de su caos al “compromiso”, pero al
compromiso con el “ego” (es decir, con el propio caos); de modo que no hay
salida posible, ya que la única alianza redentora es con la Armonía.
El sendero cristiano es distinto.
En principio reconoce la naturaleza inclinada al pecado del prójimo y por lo
tanto es incapaz de juzgarlo, ya que este juicio solo le corresponde a la
Suprema Armonía que es Dios. Todo acto contrario resultaría “fariseísmo”. A
cambio de esto corrige; pero no desde el atrio del “orgullo”, sino desde el
servicio de la “caridad”. Así el hombre se reintegra con su homogeneidad y con
su implícita fraternidad universal, dejando de llamar “discípulos” para llamar
“amigos”, o mejor aún, “hermanos”.
Solo el caos ve el caos a su
alrededor. El sendero cristiano debe acostumbrarse a ver mas bien “la
perfección en los otros”. Y lo hace de un modo tal que aunque no ha eliminado
los agregados psicológicos se acostumbra a ver la imagen perfecta en el
prójimo: así Cristo dice “lo que hiciereis por el más pequeño, lo hicisteis
conmigo”. El cristiano educa así sus sentido; y se acerca a la Perfección
acostumbrándose a ver la perfección en lo que para otros es el infierno (me
refiero al mundo tangible del aquí y ahora), lo cual muchas veces es doloroso
(doloroso para el ego, se entiende).
Todo lo demás (incluyendo el
fariseísmo de ayer y de hoy- la ausencia de la “hesed”-) es el infierno
naturalmente.
7.-Stevenson: lo positivo mas lo negativa es sumamente negativo
Ya creo haber dicho que la
diferencia entre caos e infierno es que este segundo constituye el “caos
irreversible”. Del mismo modo que pecado y enfermedad son caos, pero muerte es
un “caos irreversible”. Pero aún con esto, la muerte y el infierno presentan
una evidencia matemática de su propia felicidad: al ser estos radicalmente
opuestos a los criterios de vida y de gloria; resulta obvio que consienten una
lógica alternativa y radicalmente opuesta a ella, y que puede constituir, en
última instancia, una suerte de “anti-vida” y “anti-gloria” tan plausible como
aquellas. ¿Acaso el Apocalipsis no dice “ojalá hubieras sido frío o caliente;
porque a los tibios los vomitaré de mi boca?” Y me refiero a eso: hay una
suerte de “anti-virtud” en el “demonio constituido” que no es igual a la del
“alma condenada”.
Paracelso consideraba a quien
opera de acuerdo a las órdenes de la Suprema Armonía el “mago cristiano”. Mucho
tiempo después, Aleister Crowley vendría a iniciarnos en su lógica de la “magia
del caos”, el tenebroso oficio con las fuerzas infernales. Entre una y otra vía
está el sendero de la indecisión, de la doble naturaleza; de lo incompleto y
por tanto imperfecto en una u otra senda.
Matemáticamente esta vía es más
terrible que cualquiera de las otras dos. Ambos senderos opuestos (la magia
blanca o negra) son arduos, porque implican una opción totalizante del ser: o
se es santo o se es demonio; pero no se admite la hipocresía, ni las medias
tintas, porque en esa “media tinta” hay más condena, más error y, por lo tanto,
más dolor. Esa ambigüedad, matemática y físicamente, constituye un fracaso
cósmico.
Stevenson en “El Dr. Jekyll y Mr.
Hyde”, la suprema obra gótica, describe con meritoria ambición la derrota
implícita de esta alternativa. Más, lamentablemente esa resulta ser, siendo
objetivos, la condición casi unánime del ser humano: esclavo del pecado y
deseoso de la beatitud.
Pues bien, al recordar a los
existencialistas volvimos a aquello del “compromiso”; debemos decir ahora que
ese “compromiso” necesita ser además “radical”. No se puede ser santo con
atisbos de monstruo; porque la condena del cuento de Stevenson no sería tal si
solo hubiera un Dr.Jekyll y si solo hubiera un Mr. Hyde.
El santo se justifica en su
perfecta santidad y un demonio en su perfecta “maldad” (y como digo, allí hay
una “anti-perfección” que es análoga a la perfección). Pero lo ambiguo, lo
mezclado, lo impreciso, lo vago; eso es lo verdaderamente aterrador, monstruoso
y fatal.
Es entonces que este caos, al no
pretender una solución aparente, se torna en un infierno aún más pavoroso que
el que se asume por un acto volitivo.
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